Últimamente muchos de mis amigos decidieron que Colombia era un mierdero y que no les ofrecía las oportunidades que ellos merecen – o al menos creen merecer. El futuro ya ni siquiera es gris, el futuro es negro y la posibilidad de convertirnos en un país medianamente decente se fueron – como las posibilidades de un proceso de paz con las FARC, o LAFAR como les dice el asesino de Uribe – a la mierda.

Fue ahí cuando decidí hacer una investigación exhaustiva al respecto. Leí periódicos y revistas, espié innumerables blogs, seguí gente en twitter, leí muros de facebook. Varios días de documentación que me llevaron a mi gran descubrimiento: el emigrante colombiano malaleche.

Y sí, lo encontré. Este personaje que por alguna razón fue dotado de poderes sobrenaturales que le permiten convertirse en el profeta de un futuro nefasto y apocalíptico para Colombia y lo repite en cuanta reunión social, evento, ágape, aquelarre o tarde de chismes con los amigos. Aquel engendro del demonio secreto y anónimo que entra a blogs y redes sociales para afirmar que este país va por el mismo camino de Haití y que la única opción verdaderamente sensata es el famoso y conocido dicho: empaque y vámonos.

Pues ésta es mi carta abierta para ese personaje. Ahora, no quiero empezar sin antes hacer una aclaración: Yo no tengo ningún problema con aquellos que decidieron emigrar. Vivimos por estos días en la famosa aldea global en la que la libertad de decisión y la libertad de movimiento son – prácticamente – derechos universales y el intercambio de habilidades y talentos humanos, o simplemente la expresión de la preferencia humana, significa que millones de personas cruzan las fronteras todos los años en busca de una existencia mejor, más feliz y más satisfactoria. Algunas veces la obtienen, otras no; pero de cualquier manera, yo lo considero un comportamiento normal.

Ahora, en contraposición al emigrante que sale de Colombia sin bombos ni platillos, se instala en otro país y se dedica a organizar su nueva vida – y la mejor de las suertes para él -, para el migrante malaleche pocas cosas producen tanto placer como presentar a su nueva tierra adoptiva como una especie de utopía moderna mientras se convierte en el profeta de la inminente implosión política, social y económica del país que ha dejado atrás… El barco que se hunde, la bestia agonizante, el próximo Haití o peor aún, el próximo Zimbabwe . “Ya viene y está sólo a la vuelta de la esquina… ¡lo prometo!”. En todo caso, no importa que la economía de Estados Unidos haya entrado en recesión, ni que Gran Bretaña sea gris, deprimente y llueva todo el día. No importa que en Nueva Zelanda no pase nada, ni que Australia sea víctima del peor de sus problemas: estar llena de australianos – y tengo grandes amigos australianos, pero es la verdad -. Peor aún, no importa que Canadá sea aburrida y gélida como ella sola… todos nosotros que somos lo suficientemente dementes para quedarnos en Colombia estamos destinados a ser asesinados mientras dormimos una plácida noche en nuestras camas… eso es seguro.

Los profetas de la tragedia han hecho su proselitismo durante años, aún desde el fin del frente nacional. Con el neoliberalismo de Gaviria que nos iba a llevar a la quiebra… la salida del gran dios Uribe que en su momento fue lo mejor que le pudo pasar a esta tierra moribunda, las crisis económicas, el partido de la U en el poder por 12 años – aunque Juanma se le haya volteado al gran jefe pluma blanca – y su mayoría en el congreso, el desempleo… Con cada momento histórico, el fuego asociado con la llegada de los jinetes del apocalipsis se hace más claro e inminente… pero de alguna forma, maravillosamente, soprendentemente y peor aún para ellos, indignanentemente, Colombia no se ha destrozado en pedazos. Aún con la llegada de Juan Manuel Santos al poder, la señal más inequívoca de que el fin estaba cerca y que el país iba inevitablemente a resbalar hasta el fondo del peor de los abismos, nada cambió realmente.

De hecho, casi nada ha cambiado en los últimos 40 años. Aún sobrevivimos, aún insultamos sin cesar a los políticos idiotas y corruptos que nos gobiernan… y aún tenemos la alegría que nos caracteriza acá en el tercer mundo… Y claro, esto es particularmente irritante para los migrantes amargados que viven allá afuera en la mediocridad del primer mundo porque aunque secretamente extrañan el país que los vio nacer, una parte de ellos aún desea que Colombia se destroce en pedacitos para poder justificar su presencia en Miami, Nueva York, Sydney, Londres, Madrid, Toronto o cualquier otro lugar donde quiera que se encuentren. No importa si pasa ahora o después… lo cierto es que aún a pesar de sus predicciones, el fin no ha llegado.

Ahora, lo que sí está claro es que en el año 2147 cuando Colombia finalmente se vuelva mierda y quede hecha pedacitos, cuando la inflación llegue a los millones por ciento que ellos vaticinan y cuando Álvaro Uribe, hasta ahora conservado criogénicamente – en un recipiente de vidrio irrompible al mejor estilo de futurama – vuelva del pasado a instalarse como dictador vitalicio – y que Dios nos salve -, aún ahí, el migrante malaleche estará sentado en una mecedora mirando desde la distancia con su bala de oxígeno listo para la frase que había estado esperando decirnos a los perdedores que nos quedamos aquí durante toda su vida: ¿Vieron? ¡Se les dijo!

Pues nada, yo decidí ser uno de esos perdedores, ilusos e imbéciles que optaron por quedarse y trabajar por este país. Uno de los que se levanta a diario y cree que no estamos destinados al apocalipsis y que el futuro depende de las acciones de todos y cada uno de nosotros. Usted se puede ir si quiere, pero si se va, conviértase en un buen migrante.  No olvide que todo lo que ha tenido se queda acá. Hable bien de Colombia y trabaje por ella, aún si está por fuera porque aún en la distancia, su pasaporte o al menos su corazón siempre dirá “Hecho en Colombia”. Ahora, si decide convertirse en un migrante malaleche de los que abundan por ahí, sepa que a partir de este momento, al menos yo, lo declaro persona non-grata y le pido a los pingüinos sagrados de la Antártida que nos bendigan eternamente con su ausencia. Amén.