Y ustedes creyeron que me había olvidado del blog… pues no. Las últimas semanas aquí en África han estado bastante ocupadas. Muchas cosas que hacer, muchas cosas que conocer y sobre todo, muchas fotos que tomar para el blog. Les tengo material bastante interesante para futuras entradas. Eso sí, las haré tan pronto vuelva a Bogotá porque desde acá – y sobre todo con Internet africano versión del año 1942 – la vida se me complica un poco.

Pero bueno, vamos al grano. Resulta que ahora estoy en Kigali, Rwanda… una de esas ciudades que siempre había querido conocer. Es más, no es que quisiera conocerla, simplemente MORÍA por conocerla. ¿Por qué? La respuesta es fácil. Ésta es tal vez la ciudad que más experimentó los peores horrores que puede llegar a cometer un ser humano – o muchos seres humanos para el caso del genocidio rwandés – durante las últimas décadas. Y es que a mí, un simple mortal con algo de valores, me parece absolutamente increíble que tanta gente haya permitido que se crearan las condiciones necesarias para que en 4 meses se matara a machete – sí señores, a machete, ¿hay derecho? – a más de un millón de personas. ¿Por qué? Simplemente alguien, algunas décadas atrás, había decidido que la gente ya no era sólo gente, ahora tenía un “apellido”.  Dependiendo del número de vacas que una persona tuviera, a partir de ese momento la iban a denominar Hutu o Tutsi.  Y aquí, entonces, hay que aclararlo: NO son etnias. El genocidio rwandés no fue uno de esos llamados “conflictos étnicos”. Los Hutu y los Tutsi no eran más que clases sociales sometidas a procesos políticos de reafirmación de identidades tan fuertes que terminaron por dividir por completo a esta pequeña nación de África central.

En todo caso, no es morbo, definitivamente no es morbo. Mi interés por las relaciones internacionales y, sobre todo, por los procesos de resolución de conflictos me llevaron a Kigali y hoy, al museo del genocidio rwandés. Tenía que ver cómo los rwandeses habían entendido su genocidio y cómo habían manejado el tema de la memoria histórica… algo que para un colombiano que trabaja con temas de paz es simplemente fundamental. Tenía que ver cómo lo habían percibido, qué habían sentido, cómo lo habían vivido y sufrido, y sobre todo, cómo lo están recordando para poder dar un paso adelante y dejar el genocidio atrás. Mi visita a Kigali tenía un único objetivo: visitar el museo del genocidio – aunque estando acá me di cuenta de lo maravillosa y sobre todo, hermosa que es esta ciudad… ya les contaré en otra entrada -.

Ahora, tengo que confesarles que antes de llegar al lugar tenía mucha angustia. Básicamente porque en el lugar no sólo está el museo sino que las instalaciones también albergan los restos de 250.000 víctimas del genocidio. Y es que yo suelo ser bastante sensible a estas cosas. La primera vez que visité el museo del Apartheid en Johannesburgo duré transtornado 15 días. Se me escurrieron las lágrimas, se me cortó la voz y simplemente no lograba entender la maldad asociada al ser humano. Si 60 años de violencia estructural contra los negros en Sudáfrica me habían descompuesto, ahora imagínense cómo iba a terminar después de ver el museo que recuerda a más de un millón de personas asesinadas a machete en menos de 4 meses. La situación era grave.

Pero llegué al museo y la cosa cambió. Por alguna extraña razón no sentí la tristeza que pensé que iba a sentir. No había desesperanza, no había oscuridad. Había mucha solemnidad y un aire de esperanza que estaba asociado con la nueva bandera rwandesa que ondeaba en la colina donde está el museo al lado de la llama eterna que conmemora a las víctimas. Había también flores por todas partes, árboles, fuentes y una vista del centro de Kigali increíble. Íbamos bien.

Entré al memorial y las cosas tuvieron un giro repentino. Me encontré una historia extremadamente completa pero sencilla. Un lugar que le explicaba a propios y extraños cómo habían sucedido los hechos que llevaron a la peor tragedia de la historia del país pero de una forma tan humana, tan conmovedora, tan simple, tan sencilla que lo único que me generó fue admiración por quién diseñó el lugar y un odio infinito por lo que el ser humano es capaz de hacer. A medida que avanzaba en la exposición me encontraba los machetes con los que cometieron el genocidio, las fotos de los niños asesinados frente a sus padres, testimonios de sobrevivientes, declaraciones deplorables desde la ONU… todo, absolutamente todo me iba indignando más y más. Cuando menos pensé, el lugar me había conmovido tanto que estaba sentado en el piso con lágrimas en los ojos. Y no era el único, una pareja belga y un rwandés que estaban a mi lado también estaban llorando. Y no era para menos, el lugar te desgarra el corazón, te hace sentir impotente y te cuestiona sobre nuestro papel como seres humanos en el mundo. Fue una de las peores tragedias de la humanidad y el mundo simplemente cerró los ojos y se fue. Francia fue cómplice y entrenó a los genocidas, Bélgica fue cómplice y financió el genocidio, la ONU fue cómplice y no detuvo los asesinatos, el antiguo Zaire fue cómplice y refugió a los asesinos… Y la lista sigue. La clase dirigente rwandesa ideó, planeó, organizó, realizó las listas negras, ejecutó el genocidio y a pocos en el mundo les importó. Esa era la historia que estaba leyendo, la historia que me desgarró el alma.

Pero bueno, ya me puse sentimental. Lo que hice en el museo fue simplemente tomar todas las fotos que pude para compartirlas con ustedes. Les cuento para que se ubiquen un poco. El museo tiene 4 partes: 1. Rwanda antes del genocidio, 2. Planeación y ejecución del genocidio, 3. Consecuencias del genocidio y 4. Las tumbas de las 250.000 personas. Los dejo con las fotos de cada una de estas partes y espero que las historias que van a leer les sirvan para entender un poco qué ocurrió en Rwanda en 1994 y, sobre todo, por qué tenemos que hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que la historia no se repita… en ningún lugar. Ah, una última cosa, si después de ver las fotos tienen alguna pregunta, háganla sin pena al final en la sección de comentarios que con gusto se las contestaré. Un abrazo y nos vemos en una próxima oportunidad. Saludos desde Kigali y, como siempre, ¡Adiós pues!

Museo del Genocidio Rwandés
Kigali, Rwanda