A veces la vida le pone a uno gente extraña, muy extraña en el camino. Y precisamente la entrada de hoy proviene de una de estas personas medio disfuncionales pero encantadoras que uno se encuentra por ahí. Mantengámosla anónima por ahora, lo único que les voy a decir es que su pseudónimo es Gina Simmons y la encuentran como @ForceMajeure_ en twitter. Gina estuvo en París y yo le pedí que participara como blogger invitada aquí en el Blog de Banderas. El resultado, en mi concepto, no pudo ser mejor… y además no saben lo que me reí leyendo su entrada. Pero sin más preámbulos, los dejo con Gina y sus 11 tips para vivir (o más bien sobrevivir) en París:

Nunca soñé con ir a París. No me gustan ni el francés ni los cafecitos minúsculos. Edith Piaf me inspira más risa que respeto y no sé montar en bicicleta. Las francesas no me parecen particularmente bonitas, no creo que los galos sean especialmente románticos o sexies, ni suspiro cuando alguien menciona a Versalles. Aún así, terminé haciendo una pasantía con una empresa multinacional en París.

Llegué a París el 14 de junio con una llave en mi bolsillo, dos maletas y una impresión Google Maps que tenía la dirección y una foto del edificio en el que viviría por los siguientes tres meses. El taxista, muy amable, descargó mis maletas, me cobró un montón de dinero y se fue. Era domingo y no se veía un alma…  Y eso me lleva a mi primera lección parisina:

1. La mayoría de los supermercados (y del comercio en general) cierra los domingos

En los últimos años, almacenes y restaurantes de cadena como Monoprix y Paul, han empezado a operar los domingos. Sn embargo, esto no sucede en todos los arrondissements (localidades) y puede suceder que los horarios de atención varíen de un local a otro.

El costo de la comida y de los elementos de aseo es bastante alto y la oferta es muy limitada. Puede suceder que al ir a un supermercado grande, se encuentre que hay seis desodorantes. No seis tipos de desodorante, sino seis unidades. No pasa lo mismo con los extractos de manzana. Aparentemente los franceses son catadores expertos de estos jugos, porque se encuentran muchas, demasiadas variedades. Los envases identifican claramente la clase de manzana utilizada y la posición de una mariquita sobre una barra, indica el nivel de acidez o dulzor del producto.

Lo importante es siempre tener la precaución de comprar poco. Muy probablemente tendrá que subir varios pisos con las bolsas del mercado a cuestas, por escaleras que pueden ser desniveladas.

El famosísimo jugo de manzana francés

2. Las mudanzas son otra cosa

Las escaleras de los edificios antiguos no sólo son desniveladas sino angostas. Esto hace que en las mudanzas, la mayoría de los muebles entren por las ventanas. Los camiones tienen escaleras y plataformas incorporadas, que ayudan a cumplir ese propósito. Naturalmente, existen otros inconvenientes como que los muebles no quepan por las ventanas y haya que devolverlos al almacén, como le pasó a uno de mis colegas con una silla de diseñador que le costó varios cientos de euros.

Mudanza en París

Un problema adicional con los edificios son las plagas. Las palomas pueden invadir apartamentos que están (o estuvieron) desocupados y volverse una tortura para los inquilinos. Adicionalmente, las termitas pueden infestar la madera de las construcciones y ponerlas en grave peligro. Existen incluso mapas que identifican las zonas amenazadas por los insectos. Las aseguradoras locales usan esta información para evitar suscribir pérdidas ciertas.

Mapa de los Departamentos Franceses según el nivel de afectación de presencia de termitas (Fuente)

3.  Se viven experiencias únicas con los vecinos

Pero no hay que olvidar a los vecinos. Los vecinos franceses disfrutan mucho de su espacio y de su cuerpo. No es extraño verlos sacando jugo o leche de la nevera como Dios los mandó al mundo, a cualquier hora del día o de la noche. Hombres y mujeres por igual, desfilan con sus encantos descubiertos frente a las ventanas de sus casas, para delicia, escándalo o indiferencia de los moradores de la zona.

Lo único que puedo recomendarle en este respecto es que trate de mantener la compostura y que cuando se los encuentre en los pasillos, los salude mirándolos a los ojos, evitando enfocarse en otras partes.

La ventana del vecino

4. Es importante alejarse del Steak Tartare

Así como hay viviendas (y vecinos) para todos los gustos y presupuestos, también hay restaurantes para atender a los locales y a los 42 millones de visitantes anuales que tiene la ciudad. Comer en París puede ser maravilloso: La gastronomía local es fenomenal y tal vez lo único que podría criticarle, sería la poca variedad en la oferta. El croque monsieur (sánduche de jamón y queso) siempre es rico. Súmele a esta delicia un huevo encima y se convierte en un croque madame. Los escargots son generalmente buenos y muy baratos. Pero eso sí, ¡Aléjese del Steak Tartare! No importa la elegancia del restaurante (y por ende el precio que le cobren), permítame insistirle: ¡Aléjese del Steak Tartare! Los franceses recomiendan comerlo sólo en la casa de algún Parisino. Yo pagué con cinco días de incapacidad y con mucho malestar no haber hecho caso a tan sabias palabras.

Pizza con huevo al mejor estilo francés

5. Vaya al médico (preferiblemente) acompañado

Lo primero que quiero recordarle es que SIEMPRE, SIEMPRE, SIEMPRE, compre un seguro médico cuando vaya a viajar. No todos los sistemas de salud son baratos y después de un tratamiento de urgencia puede ser posible que le toque dejar un riñón en parte de pago. Yo tenía el seguro médico que me daba la empresa con la que trabajaba, pero el deducible era lo suficientemente alto como para que fuera una mejor decisión ir a un médico particular para determinar las causas de mi maluquera post-Steak Tartare.

El médico era un viejito que parecía haber presenciado la revolución francesa. El techo de su consultorio tenía una variedad significativa de frisos en mejor estado que los juguetes viejos y sucios con los que -me imagino- se entretenían sus pequeños pacientes. Tuve que ir con una de mis colegas para que me ayudara a traducir tanto los síntomas (aunque los habría podido explicar muy gráficamente), como las instrucciones del galeno. Pero lo más importante no es eso, sino que el maldito viejo me hizo empelotar para revisar un mal de estómago. Sí, queridos señores. ¡Así fue el asunto! Vaya uno a saber si esa es la práctica usual en ese país o si el viejo ese quería ver a una latina en bola. El caso es: Al final me mandó tres tipos de pepas y una incapacidad de cinco días. Brutal, porque la televisión por cable en ese apartamento era desastrosa.

(Nota de Blog de Banderas: Por más que le insistí de que mandara foto en bola para ilustrar el punto anterior, Gina se negó… así no podemos).

6. No crea que la televisión por cable lo va a sacar del aburrimiento

En París hubo algo que me quedó claro: Al Jazeera TV viene en tantas variedades como el jugo de manzana. Casi esperaría encontrarme un “Al Jazeera Novelas” algún día. Lo grave no es eso, sino que la gran mayoría de canales están en francés. En mi apartamento no había señal de ningún canal en inglés y la programación de los canales extranjeros era terrible: Un gran énfasis en dramonones de inmigrantes en España y tragedias familiares que involucraban personajes con los dientes podridos. Mal.

Lo fantástico del cable en mi apartamento es que fomentó mi imaginación durante tres meses: Podía ver Lobo del Aire, Automan y otra buena cantidad de enlatados viejos, todos en francés. Esto me obligaba a imaginarme los diálogos y después de un tiempo aprendí que las versiones creativas en que Arcángel le declaraba su amor eterno a Dominic Santini eran mucho más divertidas.

7. El sistema de limpieza de las calles es único

El sistema de aseo de las calles es un tema que no puede dejarse de lado, no sólo por sus deficientes resultados, sino por los métodos poco ortodoxos que utilizan los parisinos para, digamos, limpiar el espacio público.

Si se fija, verá que en las calles hay unos rollos de tela al lado de los andenes y cerca a los desagües de las vías. Pues bien, esos rollos de tela tienen unos ganchos a los que se une un palo, formando una especie de trapero, con el que “limpian” las calles. El agua sale de los desagües, arrastrando algo de la suciedad consigo. Desafortunadamente, el resultado no es el mejor. Las calles de París apestan.

Sistema de limpieza en las calles parisinas.

8. ¿Baños públicos? ¿Qué es eso?

Una de las principales causas del hedor es por la falta de baños públicos. En París hay que pagar para utilizarlos y usualmente no son limpios y no hay papel higiénico. La gente termina usando los andenes como sus orinales y si a eso le sumamos lo poco populares que resultan los desodorantes, las calles parisinas tienen un olor… Inolvidable.

9. Los parisinos parecieran amar “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi

El hedor de las calles disminuye sustancialmente durante el mes de agosto. Buena parte de los parisinos aprovechan este mes para irse de vacaciones y convertir en orinales otros lugares de Europa. Las calles se ven solas, las panaderías y almacenes cierran por la temporada y París se convierte en un lugar mucho más vivible. Ese, probablemente, es uno de los secretos a voces mejor guardados de la capital francesa.

Así como baja la cantidad de parisinos, también cae la oferta de entretenimiento en la ciudad. Desde julio hasta comienzos de septiembre, parecía que el único concierto disponible era Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Creo que la única versión que me faltó por escuchar fue Las Cuatro Estaciones Hard Core. Eso sí, museos y parques seguían abiertos para la felicidad de los visitantes.

“Las Cuatro Estaciones” en la Sainte Chapelle

10. Coma chouquettes, ¡todos los días si es posible!

Para mí no fue tan grave oír cuatrocientas veces Las Cuatro Estaciones. Lo que si me dolió fue que durante casi todo agosto estuviera cerrada la panadería que quedaba al lado de mi trabajo. Era un lugar fenomenal por el que pasaba dos veces todos los días: una vez por la mañana, para pedir “un jus d’orange et un pain au chocolat” y por la noche, para pedir “un quiche aux épinards“. Muchas veces pedía otras cosas, como galletas, torticas y chouquettes.

Los chouquettes son el camino a la felicidad. Nunca los había probado y Dominic (un gran amigo suizo) me recomendó probarlas. Fue amor a primera degustación. Los chouquettes son pequeños bizcochitos redondos, cubiertos de azúcar y como los M&M’s, “se derriten en tu boca y no en tu mano”. ¡Realmente son una delicia! Mi único problema es que como no hablo ni papa de francés, usualmente tenía que indicar cuántos quería llevar usando los dedos. Afortunadamente, los señores de la boulangerie eran absolutamente encantadores y siempre se portaron muy bien conmigo.

Los famosos Chouquettes, es decir, el camino a la felicidad.

11. ¡Existen parisinos adorables!

La fama de los franceses es espantosa. Muchos en algún momento los hemos tildado de racistas, petulantes, antipáticos y egocéntricos. Sin embargo, durante mis meses en París conocí muchos franceses (varios de ellos parisinos) absolutamente gentiles y simpáticos. Dos de mis mejores amigos para toda la vida son galos y son personas maravillosas. De ellos sólo puedo decir cosas buenas, así como de las muchas personas que me tendieron la mano (como la colega que me acompañó al médico y la familia de la panadería), durante un largo tiempo en el que estuve muy lejos de casa y de mi familia.

“Una historia de familia” en la panadería de al lado

En todo caso, es un milagro que París exista. Durante la Segunda Guerra Mundial, Adolfo Hitler dio la orden de destruirla. Afortunadamente, el general Von Choltitz se rehusó y con ella, se guardaron los miles de tesoros que la ciudad tiene para ofrecer. Son muchos los enamorados de París y aunque no soy una de ellos, debo reconocer que todas sus peculiaridades la hacen un lugar muy especial.