La entrada de hoy nos llega desde la Siempre Heróica Ciudad de Zaragoza en España y nos la envía Sherlock, un viejo conocido no sólo en este blog sino también en el blog del lado (el de Diego, obviamente). Pues resulta que ahora Sherlock decidió cruzar la frontera que separa la isla de Chipre en 2 y nos envió esta crónica que amé desde la primera letra. Así que, sin más preámbulos, los dejo con Sherlock y su entrada titulada:

Un viaje a un país que no existe: República Turca del Norte de Chipre
Por: Sherlock

Hay imágenes que quedan grabadas en tu cabeza y no sabes por qué. Un día llegan, se clavan ahí y no puedes desprenderte de ellas: con el tiempo acaban convirtiéndose en mitos u obsesiones, teñidas de esa pátina de romanticismo que sólo quienes saben de qué hablo conocen.

Muchas de ellas, como la caída del muro de Berlín, el nacimiento de decenas de países nuevos, el desastre de Chernobyl, el del Challenger, diversos atentados de la banda terrorista vasca ETA (y también la nochevieja con Sabrina y su “boys, boys, boys”, los lectores españoles saben de qué hablo) sucedieron en una edad (entre los 6 y los 13 años) en que algunas imágenes se graban a fuego y por mucho que vuelvas a ellas tiempo después, no te causan en absoluto la sensación que produjeron en su día.

A esa tierna edad, mis padres tenían un atlas en casa que yo consultaba durante horas (quizá eran minutos, pero el tiempo pasaba muy despacio) y en el que veía tantos países que quedaba fascinado, hasta por datos tan poco atractivos para un niño de 10 años como “forma de gobierno: monarquía parlamentaria” o “producción de azúcar: 6,2 millones de toneladas métricas”, y que me hicieron conocer países que ya no existen desde hace mucho tiempo: República Democrática Alemana, Yemen del Sur, Checoslovaquia, Unión Soviética… Y ahí había dos imágenes icónicas que, por alguna razón, quedaron en mi subconsciente y perduran hoy, 25 años después: la forma de célula de la isla de Nauru y unos bidones oxidados en medio de una calle de Nicosia.

Esperando que un día el dueño, editor, factótum y señor feudal de este blog organice una expedición a la diminuta isla fetiche de algunos de sus más acérrimos seguidores, decidí explorar esa otra isla mucho más al alcance de un español, con objeto de recorrer esa frontera llamada verde, pero que yo recordaba gris, oxidada y horrible: la isla de Chipre.

Como todos los lectores de este blog saben, Chipre está dividida entre la parte sur (aunque yo diría parte oeste) y la parte norte (o parte este). Los conflictos geopolíticos y religiosos entre las comunidades griega y turca de la isla tras la independencia de los británicos en 1960 condujeron a la invasión de los turcos en 1974 y a la proclamación por parte de estos de la República Turca del Norte de Chipre, cuya frontera con la parte sur sigue el trazado que marcó el General Young en un mapa en 1963, cuando ya las revueltas eran habituales. Esta línea, aún hoy muy poco permeable, es la frontera de facto entre los dos Chipres. Más información histórica, en el blog de al lado (Las Fronteras de Chipre (1), Las Fronteras de Chipre (2), y Las Fronteras de Chipre (3)).

Para llegar a Chipre hay dos opciones: o volar al norte o al sur. La guía que adquirí para conseguir información y diversas páginas de internet desaconsejan viajar al norte y después pasar al sur. Además de que para llegar al norte sólo se puede volar desde Turquía, la entrada al sur a los viajeros que llegan desde esa parte está vetada. Decidí volar desde Zaragoza hasta Bérgamo, en el norte de Italia, y de ahí, tras una escala de un día visitando esta hermosa, tranquila, ordenada y limpia ciudad lombarda, acometer el asalto a Chipre a través de Páfos, uno de sus dos aeropuertos junto con el de Larnaca (sin contar el abandonado aeropuerto de Nicosia que el nunca suficientemente bien ponderado Diego González nos describió en su blog en la entrada titulada: Nicosia, el aeropuerto congelado en el tiempo).

Avión de Cyprus Airways abandonado en el Aeropuerto Internacional de Nicosia (Fuente)

Hay varias visitas a Chipre que todo el mundo debe realizar: la playa del lugar de nacimiento de Afrodita, la poza donde se bañaba esta diosa, unas playas vírgenes y desiertas en pleno agosto hasta donde un par de veces al año acuden tortugas marinas a desovar, museos, pueblos pintorescos… Todo esto lo vi. Y también Nicosia. Y la línea verde.

Nicosia, también llamada en griego Lefkhosia o ciudad blanca, tiene poco menos de 250.000 habitantes y desde que se accede a ella se ve que no es una ciudad grande. La carretera por la que llegué tenía dos carriles y así se mantiene durante los primeros kilómetros dentro de la capital. Sin GPS que nos guiara, me dejé llevar por la intuición para llegar al centro. Hace falta intuición, lo aseguro, porque Nicosia no es una ciudad de avenidas anchas y planificación urbanística sencilla para el conductor: más bien calles de anchura variable que zigzaguean y se cruzan con otras de manera casi laberíntica.

Aparco en una plaza destartalada, bajo un árbol y al lado de la muralla, símbolo de la ciudad. El sol de agosto no perdona: no hay mucha gente por la calle y no se ve la otra parte de la ciudad. Lo único que se escucha, con un volumen que, créanme, excede lo que jamás había oído, es el canto de cientos de cigarras. Llega a ser obsesivo, hipnótico y sobrecogedor. Mi objetivo era llegar a la calle Ledra, centro de Nicosia, que, además de ser la calle comercial por excelencia, se encuentra dividida por la línea verde. No puedo pedir más.

Muralla que sirve de frontera entre las partes griega y turca de la ciudad (Fuente: Sherlock)
Muralla que sirve de frontera entre las partes griega y turca de la ciudad (Fuente: Sherlock)
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Entrada a la zona desmilitarizada en Nicosia (Fuente: Sherlock)
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Edificios abandonados en la Línea Verde (Fuente: Sherlock)
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Edificio en la Línea Verde ocupado por la ONU (Fuente: Sherlock)
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Descampado en la Línea Verde (Fuente: Sherlock)
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Descampado en la Línea Verde… nótense las banderas turca y turcochipriota (Fuente: Sherlock)
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Calles abandonadas en la Línea Verde (Fuente: Sherlock)

Mientras la busco, observo un puesto de vigilancia bunkerizado, con alambrada de espino y abandonado. Ciertamente, estoy desubicado, puesto que en lo alto de la muralla veo una bandera de la República Turca del Norte de Chipre, resultando que la muralla hace las veces de frontera entre los dos “países”. Definitivamente, tenía que haber consultado el mapa de la línea verde por Nicosia antes de venir.

Pregunto a un transeúnte de unos 55 años, en inglés, cómo llegar a Ledra Street. Muy amable, aunque con un inglés algo macarrónico, me acompaña y me lleva. Serpenteamos por unas callejuelas estrechas, sucias, con edificios de 2 ó 3 plantas viejos y decrépitos, en una típica disposición de ciudad desordenada y poco planificada.

Llego a la calle Ledra y la recorro desde el principio. Lo que se supone que es la avenida más comercial y animada de la ciudad no es sino una calle no muy ancha, peatonal y llena de cadenas de comida rápida: McDonald’s, Starbucks y locales de kebab junto con tiendas de ropa. Unos grandes almacenes que pasan por ser el edificio más alto de la calle disponen de una terraza en la 6ª planta con un mirador y un centro de interpretación de la ciudad, así que me falta tiempo para encaminar mis pasos allí y subir. La perspectiva desde ahí arriba es peor de lo que me esperaba: no hay una vista clara de por dónde pasa la frontera. Tan sólo una ciudad bastante fea a mis pies, destartalada, y, eso sí que impresiona, la mezquita del otro lado de la ciudad erigida imponente como símbolo de la religión profesada en esa parte y las montañas peladas al fondo con una enorme bandera pintada en ellas de la República Turca del Norte de Chipre (y esa bandera la pueden ver en la entrada titulada Banderas desde el aire: imágenes de banderas nacionales en Google Earth que publicamos hace años en este Blog).

Calle Ledra desde el lado chipriota (Fuente: Sherlock)
Calle Ledra desde el lado chipriota, al fondo el paso fronterizo (Fuente: Sherlock)

Aprovecho para comer algo, puesto que esa planta también dispone de restaurante, y me preparo para el asalto a la parte musulmana, ocupada y misteriosa de la ciudad: la otra Nicosia.

Antes de proceder al cruce de la frontera, doy un garbeo por las calles adyacentes a Ledra. Veo edificios abandonados que forman parte de la línea verde y descampados cuyo acceso está prohibido y en los que una alambrada de espino te disuade de cualquier cruce no autorizado. La sensación, con ese ensordecedor sonido de las cigarras, es de desolación absoluta. Girando una de las calles veo unos bidones oxidados y la imagen que desde hace más de 20 años tenía grabada en mi cabeza viene a mí y me invade un sentimiento de alegría embriagador: ese que sólo se obtiene cuando cumples un pequeño sueño aletargado durante años. Pero, al lado de ellos, un puesto de soldados de las Naciones Unidas tomando un refresco acapara mi atención. Evidentemente, no era cuestión de hablar con ellos, pero me sorprende que mantengan sus uniformes militares a pesar del extenuante calor que reina. No están tensos, la situación no da pie a ello: charlan tranquilamente en inglés sobre sus respectivas parejas a las puertas de un edificio que la línea verde engulló, ajenos a las fotografías que tomo de las calles de Nicosia… o más bien de las calles de la primera tierra de nadie que veo en toda mi vida.

Bidones oxidados pintados con los colores griegos (Fuente: Sherlock)
Bidones oxidados pintados con los colores griegos (Fuente: Sherlock)

Desciendo la calle Ledra. Poco a poco se va estrechando y se llega a un paso angosto con unos maceteros que dividen el tráfico de personas: los que van hacia la República Turca del Norte de Chipre y los que vuelven de ella. Junto a la frontera, lo que parece ser un triste reclamo turístico: en inglés, francés y alemán, una placa dice que entramos en “Lefkosia: la última capital dividida”.

Nicosia, la última capital dividida (Fuente: Sherlock)
Nicosia, la última capital dividida (Fuente: Sherlock)

Grabo con mi cámara, justo en la línea verde, una pancarta que reza “We want to live together”, una declaración de intenciones que me temo que tendrán que transcurrir muchísimos años para que se lleve a cabo. Avanzo unos pocos metros más y ahí están, a la izquierda, las tristes garitas de unos oficiales turcos. El aire acondicionado es inexistente en esas precarias construcciones: tan sólo unos miniventiladores de los que los taxistas llevaban allá por los años 80 en sus coches “alivian” a esos policías de los 40 grados que reinan en la frontera. Menos de 10 metros más allá, otros dos policías turcos sentados en sillas de terraza me gritan “my friend! My friend!”, acompañado por gestos que indican, no muy “friendly”, que baje la cámara y deje de grabar. No en vano, la prohibición de tomar fotos o grabar está bien clara varios metros atrás, pero yo me la salto a la torera. Me preguntan si quiero que mi visado sea expedido en el mismo pasaporte o en una hoja aparte. Teniendo en cuenta que había leído que con el pasaporte sellado por los oficiales del otro lado podría tener problemas, le pido que me lo dé en una hoja aparte. Y paso.

Frontera desde el lado turcochipriota (Fuente)
Frontera desde el lado turcochipriota (Fuente)

De repente, lo que antes me había parecido una ciudad un tanto sucia y destartalada, se me antoja el paradigma del orden y la perfección. El contraste entre las dos Nicosias es muy impactante. La Nicosia turca es una ciudad de tintes árabes: calles sinuosas, laberínticas, llenas de tiendas con tenderetes en las calles, de comercios insalubres, de gente que vaga y con la que te tropiezas a cada paso. Incluso el olor es absolutamente distinto: a los pocos metros de entrar en esta parte, invade las calles ese olor acre a orín de gato.

Calle Ledra desde el lado turcochipriota (Fuente: Sherlock)
Calle Ledra desde el lado turcochipriota (Fuente: Sherlock)

Los precios de los artículos son evidentemente más baratos que en la Nicosia “oficial” y, para más diversión, se puede regatear. Podemos pagar en euros o en liras turcas, lo cual habría supuesto un ahorro muy considerable, pero no es cuestión de cambiar moneda por unas horas en la ciudad. Compro una taza de café, souvenir obligado en cada país (o no-país) que visito y algunos regalos sin importancia, obviando las sempiternas alfombras que cada país musulmán exhibe e intenta endiñarte en cada rincón de cada comercio. Vagabundeo por esas calles con una extraña sensación de inseguridad y encanto que no me abandona en ningún momento, y me dirijo a la mezquita de Arab Ahmet, la más imponente de la ciudad. Una enorme bandera turca cuelga de uno de sus minaretes, por si acaso no nos hemos dado cuenta de dónde estamos.

Mezquita de Arab Ahmet con la bandera de la República Turca del Norte de Chipre (Fuente: Sherlock)

Casualmente, la llamada a la oración islámica empieza a sonar justo cuando me encontraba a las puertas de la misma. He de reconocer que me cogió por sorpresa y por un momento perdí la noción de dónde me encontraba. El contraste con la otra parte de la isla, en la que estaba pasando unos días de vacaciones de sol y playa, con alguna que otra escapada nocturna a los pubs y discotecas llenas de ingleses borrachos, era inmenso. No tenía la cabeza para almuédanos, ciertamente, y rechazo la idea de entrar en la mezquita.

Quizá para sacudirme el impacto del adhan, o quizá simplemente porque me apetecía, unos cientos de metros después veo un casino y entro. A esas horas del mediodía estaba vacío, pero aún me animo a perder unos euros en el Black Jack. Juro por lo más sagrado que nunca jamás he salido de un casino con mayor sensación de haber sido estafado. Y aseguro que me gusta visitar y jugar aunque sea un rato en los casinos de las ciudades que recorro. Además de que en cada una de las mesas había un crupier y no menos de 5 esbirros junto a él y la cara de pocos amigos de los empleados era para echarse a temblar.

Poco después de salir de la plaza donde se encontraba este sitio, callejeo un poco más hasta que el olor a pis de gato desaparece, o se apacigua, o mi olfato se acostumbra a él (nunca lo sabré) y veo un típico sitio de kebab turco que tiene una pinta lamentable. Es decir, que me vi impelido por la necesidad de comerme un plato de sabrosa carne de… bueno, de carne. Bueno, de comer. El nivel de inglés que hablaba el dueño del bar era prácticamente el mismo que el mío de turco, así que nos atiende el hijo pequeño, cuyo nivel de inglés era el mismo que el mío de turco, pero al menos tenía más ganas de trabajar.

Le pido un plato de kebab y una coca-cola. Veinte minutos después (no es una exageración, fueron 20 minutos), me trae una ensalada, unos pinchos morunos y una botella de agua. Es decir, me trae lo que le viene en gana. Y me cobra también lo que le viene en gana, porque la bromita me salió por 15€. Según me quiso dar a entender, era el primer cliente español que había pisado ese tugurio (y me timó de mala manera). El café me lo regala (¿¿??), pero me tomo un sorbo y me voy. Si el ilustre amante del café que rige los designios de este Blog hubiese visto el brebaje que había en esa taza, se habría desmayado al instante. Aparte de que tenía una consistencia más sólida que líquida a causa de los innumerables grumos que había y de que los posos que se veían en los bordes deben ser calificados como asquerosos, el sabor… bueno, dejémoslo aquí.

Continúo mi exploración por la Nicosia turca intentando entablar conversación con alguno de los lugareños que pueblan este olvidado rincón del mundo… pero totalmente en vano. Nadie quiere hablar, nadie sonríe, nadie te mira… o, mejor, todos te miran, pero nadie te aguanta la mirada cuando vas hacia ellos con la mejor de tus sonrisas. Me inquietaba saber qué sentían al vivir allí, de dónde venían, qué hacían, dónde iban de vacaciones, si se sienten apátridas… La gente del Chipre europeo con la que había hablado me contaba que ellos no sentían ningún rencor hacia los turcos que ya vivían en el país antes de la invasión, la comunidad realmente turcochipriota. A quienes tenían realmente aversión es a los turcos venidos tras la toma de la parte norte de la ciudad para repoblarla, a esa verdadera legión de habitantes que habían venido a ocupar la isla impelidos por las autoridades turcas, que les habían prometido casa y trabajo. Pero no pude hablar con ninguno. Siento mucho defraudar a los lectores de esta crónica, pero no pude recoger ningún testimonio de primera mano.

Recorro más callejuelas, más tiendas, más zocos y más mercados de productos no ya perecederos o no perecederos, sino más bien… ya perecidos. Cualquiera que haya visitado uno de estos zocos ya me entiende.

Calle de la Nicosia turcochipriota
Calle en la Nicosia turcochipriota (Fuente)
Calles de Nicosia turcochipriota
Calle en la Nicosia turcochipriota (Fuente)
La mezquita de Selimiye
Mezquita de Selimiye en la Nicosia turcochipriota (Fuente)
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Mezquita de Selimiye en la Nicosia turcochipriota (Fuente: Oita)
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Mezquita de Selimiye en la Nicosia turcochipriota (Fuente: Oita)
Señal de stop en turco
Señal de “Pare” en turco (Fuente)

No escucho risas, no veo sonrisas, sino más bien una ciudad triste y habitada por personas que están ahí porque tienen que estar, sin arraigo y sin ilusión, sin amistades y sin ilusiones.

Me dirijo de nuevo hacia la frontera con esa mezcla de sensaciones que volvería a sentir en Tijuana un año después: tristeza por abandonar un territorio que no sé cuándo volveré a visitar, alivio por volver a territorio conocido y peligro por no saber qué va a ocurrir en la frontera.

Llego al puesto chipriota y enseño el visado turco junto con el pasaporte. “This is useless”, me dice la funcionaria y con un gesto una voz de desprecio que no esperaba me devuelve el papel y observa mi pasaporte: las cosas están aún lejos de normalizarse.

Vuelvo a la calle Ledra y avanzo unos metros. Miro hacia atrás y observo a los funcionarios turcos, frente a frente con los grecochipriotas, separados por una línea de macetas que ninguno de ellos probablemente atravesará nunca. Cada uno con sus costumbres, su burocracia, su religión y  su moneda. Cada uno con sus rencores. Cada uno de ellos con su visión de la vida. Pero todos ocupando el mismo espacio, en la misma isla, en el mismo rincón del Mediterráneo. Una isla privilegiada en un mar privilegiado que la estupidez humana se encarga de enturbiar con sus absurdas diferencias supuestamente irreconciliables.

Pero… si no fuera por ellas, no existirían estos contrastes. Ni este placer por palparlos. Ni esos bidones cuya imagen quedó grabada en el subconsciente de aquel niño. Ni, por supuesto, existiría este blog.

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