Cuando el tamaño (de un imperio) sí importa

Yo cada vez me convenzo más de que ni el autor ni los lectores del Blog de Banderas somos gente normal. Tal vez por eso es que tanto ustedes como yo disfrutamos las horas que le dedicamos a este espacio. Y como no somos normales, pues hoy tenemos una entrada – anormal para el mundo exterior pero nada rara para este espacio – que nos llega desde las manos de Dan Gamboa, un colombiano residente en Ciudad de Panamá. Yo a Dan lo conozco hace casi una década… mucho antes de que se convirtiera en una celebridad en Tuíter Colombia. Lo que sí les puedo decir es que si antes tenía problemas mentales, ahora ya está de manicomio y camisa de fuerza… Pero como aquí no juzgamos a nadie, no vamos a censurarlo por su completa ausencia de sanidad mental.

En cualquier caso, Dan sigue el Blog de Banderas hace años y, después de pedirle que escribiera para nosotros unas 498.382 veces, finalmente accedió. El resultado no podía ser otro: Una historia altamente pornográfica de cómo España perdió sus colonias en América.

Entonces, antes de darle la palabra a Dan, por favor lean lo siguiente:

ADVERTENCIA: 

El siguiente texto contiene narraciones histórico-erótico-pornográfico-sexuales. Hay referencias explícitas a genitales tanto masculinos como femeninos, actos sexuales y palabras que pueden ser consideradas vulgares o irrespetuosas en algunos lugares del mundo hispanoparlante.

Después de un análisis exhaustivo por parte del comité asesor del Blog de Banderas compuesto por Diego González del Blog del lado, Javier Sevil y Coke González (colaboradores históricos de este Blog), decidimos darle una calificación de dos equis y media (XX½) en la escala pornográfica.

Por todo lo anterior, si ustedes son sensibles a los contenidos histórico-erótico-pornográfico-sexuales, por favor abandonen esta página inmediatamente. Están advertidos… Y si deciden leerla, después no se quejen en los comentarios diciendo que estaba muy porno  😛

Y luego de haber dado las advertencias del caso, los dejo con Dan y su texto. Traigan café y acomódense que empezamos. Disfruten.


CUANDO EL TAMAÑO (DE UN IMPERIO) SÍ IMPORTA

Una reina corre por el cuarto, gritando en alemán, asustada. Un rey panzón, de movimientos lentos, la persigue tropezándose con todo lo que se topaba alrededor. Los dos desnudos, sudados, como una escena de una suite de un rockstar cuando se acaban las drogas. La puerta se abre, entran los cortesanos y logran calmar a la germana para que se dejara manosear del rey. Ella, nerviosa, accede. Entonces, el panzón sube dichoso el bandullo a su lecho y en lugar de abrir una puerta… termina abriendo dos. La asustada consorte deja caer con naturalidad una gran mancha de café sobre la sábana real.

En este punto se preguntarán: ¿y esto qué tiene que ver con las independencias de las colonias españolas? La respuesta es: mucho. Para contarles cómo llegamos a este glorioso momento, debemos ir 18 años atrás. Ésta es la historia de cómo el tamaño (de un imperio) sí importa.


Europa, 1800. En Francia paseaba un enanito con cojones de suave textura llamado Napoleón Bonaparte, ese mismo que sale mucho en cuadros y burlas a las personas bajitas pero con gran ego. Entre tanto, Carlos IV (de ahora en adelante, Carlos) era el rey de España… un rey con poca capacidad de maniobra después de haber quedado solo en el poder, tras la destitución de Manuel Godoy, su Secretario de Estado y que, según el Interviú de la época, no hacía sino follarse a la reina.

El enano francés quería expandir su imperio y tenía como propósito dos territorios: Inglaterra, a quien quería ahorcar comercialmente cerrándole todos los puertos y Portugal que bueno, era linda siendo Portugal. Era como el muffin que uno quiere comer después de cenar.

Napoleón sabía de la astucia de Godoy y convenció a Carlos que dejara entrar al mozo a la casa y logró convertirlo en el Generalísimo de España. Napo tenía así a su aliado en el centro de la política de la península y empezaron a hacerse cariniñitos, tentándolo con poesía barata: “marica, vamos a cerrarle los puertos a Inglaterra”, “que te parece si nos partimos a Portugal”, “si quieres agárrate Louisiana que eso no tiene futuro”, “pues tío, que si le he hacemos el feo al heredero Fernando”, etc. Una relación de amigos de reality show. Godoy estaba feliz porque con Napoleón era cuestión de cederle bobadas para luego sacar al heredero y ser él el futuro rey de alguna verga. Napoleón, en cambio, no era bobo y tenia a su ejército en los Pirineos listo a ir por Portugal.

Ahí llega Fernando VII, heredero al trono y protagonista de esta historia. Un muchacho panzón, seductor, acosador de doncellas, un iguazo de nariz como media embutida de naftalina y alguna verruga en su cara. Fernando odiaba a Godoy y Godoy a Fernando. Mientras este drama aumentaba, Carlos estaba comiendo tapas y morboseando viejas aburridas en un sillón. Fernando, viendo que Godoy estaba de cariñitos peligrosos, quiso acercarse a Napoleón casándose con María Antonia de Nápoles, una prima de esas que tanto le sobran a los ricos para decirle “mira tío, que esto de la guerra quede en familia”. Dicha prima le duró cuatro años después de dos abortos y varias peleas.

Finalmente Fernando le acarició el oído al enano francés y planearon dejar entrar a España al ejército francés no solo para llegar a Portugal, sino para hacer caer al Rey Carlos. Godoy se dio cuenta, lo delató en el Twitter de la época y viéndose arrinconado, Fernando comenzó a desprestigiar a Godoy señalándolo de haber dejado entrar a Napoleón.

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El pobre Godoy era objeto de burla de los amigos fieles a Fernando. Bueno, ni tan pobre (Fuente)

Aquí viene lo bueno:

España de la noche a la mañana estaba militarizada y con olor a croissant. En la Plaza Mayor de Madrid se habían montado tres locales de La Dureé y ya no vendían un relaxing cup de café con leche. Los españoles estaban emputados con sus dos (o tres) líderes de mierda que la habían liado parda. Carlos estaba asustado en un castillo porque su hijo Pacho lo quería destronar. Godoy había sido capturado por el populacho enfurecido en el motín de Aranjuez. Napoleón se echaba una paja con los cuadros de Goya. Carlos abdica y le pasa la corona a Fernando por la derecha. Fernando le hace un toque toque a Napo y éste, antes de quedar fuera de lugar, los llama a un encuentro privado en la ciudad de Bayona. En un arranque de frenesí, Fernando le devuelve la corona a su papi, con la mala fortuna de enterarse que Carlos le había cedido los derechos a Napoléon un día antes. Entonces, Francia se volvió dueña de España ese 6 de mayo de 1808.

El mierdero:

Al otro lado del océano estaban las colonias latinoamericanas. Los rumores del “mal gobierno” habían llegado después de diecisiete e-mails en botellas y catorce naufragios. De repente, entre los chismes de nuestras preciadas tataratatarabuelas, había un nuevo rey llamado José I Bonaparte, hermano de Napoleón, un bobazo al que despectivamente le llamaron Pepe Botellas por su habilidad en la bebida y el karaoke de paso doble, aunque en realidad era pura mierda porque era abstemio.

“España estaba en guerra”, decían las chismosas.

Nacieron entonces diferentes Juntas de Gobierno en los virreinatos para desconocer a Francia, juntas de gobierno que, fieles a la cultura latinoamericana, empezaron a gritar. Primero Hidalgo, un cura mexicano cuyo programa en Telemundo le auguraba muchos fieles, se armó en Dolores un grito seco y herido de “abajo el mal gobierno, viva Fernando VII”. En Bogotá, también pasó lo mismo alentados por un florero horroroso y roto que no tenía garantía. Gritos de “independencia” en todos lados, porque para eso somos buenos, para gritar. En su origen no eran para liberarse del yugo español sino todo lo contrario, para decirle a Pepe Botellas que él no era el verdadero rey, que Francia era una metiche y que Fernando era el legítimo. Si ven y uno pensando que nos independizamos de España.

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Con el mono sosteniendo la carta del rey de copas bastaba. No sé a qué viene el pepino gigante debajo de Pepe (Fuente)

Al final Pepe no era tan malo como lo pintan, pero era un metiche. Fernando, en el exilio y matándose a punta de pajas (llevaba cinco años sin sexo ni esposa), enviaba cartas a Napoleón pidiéndole que lo dejara ir a la corte en París a ver qué culo pescaba. Pero como una cosa piensa el burro y otra el que se lo está enjalmando, los españoles de piso y pueblo querían recuperar su honor y nombrando a Fernando “el deseado” lo decretan en las Cortes de Cádiz como rey legítimo. Para darle fuerza a esta declaración, hacen una constitución de lo más de hermosa donde todos los nacidos en la colonia eran españoles, el poder recaía en la Nación y no en el Rey y de ñapa, tres mercados semanales del Mercadona con la muestra de la cédula peninsular.

Sin embargo, en Latinoamérica la vaina se había puesto color de hormiga: no sólo las Juntas de Gobierno habían cobrado protagonismo sino que se habían dividido entre los que querían que Fernando fuera el rey sino que también, estaban los que ya estaban mamados de tanto correo que llegaba tarde y querían irse por el camino de la Independencia definitiva de España.

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Realmente España apreciaba el trabajo de Napoleón en sus tierras dejándole lindos regalos (Fuente)

Finalmente se acaba la guerra de España. Pepe Botellas fue obligado a irse del trono llevándose diez botellas de Campari y a Napoleón no le quedó de otra que aceptar al pajizo de Fernando en el poder que, viendo finalmente cumplido su sueño de ser rey, decide hacer lo que se le viene en gana. Le da las gracias a las Cortes de Cádiz, palmada en el hombro y constitución a la basura. Cerró universidades, persiguió a liberales y chuzó medios de comunicación: el tipo estaba desbocado y en gran parte frustrado, porque había muerto su primera hija de cuatro meses y también su segunda esposa, una sobrina en estado de embarazo. Este tipo algo les hacía, habían muerto dos esposas. Quedaba una peladita germana llamada María Amalia de Sajonia, hermana de su difunta esposa que se le hacía gracia coger. Si bien España finalmente tenía rey, la frustración más grande era que aún no existía, tras 18 años, un infante que pudiera suceder a la corona.

Eso nos trae al comienzo de la historia, a 1819. Ahí estaba Fernando en la cama, desnudo y a la reina María de Sajonia de los Mil Nombres, pálida y cagada, literalmente, del susto. ¿La razón? En alguna ocasión un medico que trató al rey escribió que éste tenía el miembro viril “tan fino como una barra de lacre en la base, y tan gordo como el puño en su extremidad”. Lindo lindo, no era. No se hagan sorpresa de por qué su tercera esposa le manchó de Nutella la cama.

Ya en 1820, las colonias americanas estaban agarradas de los pelos y Fernando decide mandar al Ejército para calmar los ánimos. Sin embargo, a pesar de la Reconquista, varias tropas se le sublevaron para decirle al Rey que se calmara un poco, que la vaina ya no era como ayer y que, la Revolución Francesa sucedida décadas atrás había dejado suficientes lecciones como para que llegara y creyera que todo era tan campal como antes. El rey acepta entonces una nueva Constitución donde todo volvía a ser liberal como lo pensado en Cádiz, se elimina la Inquisición (finalmente, ya no daban “abasto”), los señoríos y mayorazgos. Pero recuerden que hablamos de Fernando, un rey más falso que beso de suegra: tres años después vuelve a mandar todo al carajo y los españoles quedaron pokerfeis.

Inicia la Reconquista como queriendo apagar un incendio con cucharadas de agua pero las nuevas repúblicas independientes de Latinoamérica le dan por el culo a los españoles, aún débiles de la guerra contra Francia llevada años atrás. Mientras el rey se martillaba la cabeza por tener un hijo como sea, se acababa el Imperio Español. El mismo Papa Pío VII le escribió una carta a doña María de Sajonia para que se dejara tocar del rey, desconociendo, creo, el tamaño descomunal de la verga real. Doña María muere, -virgen, espero- a los 25 años de edad, dejando en su féretro la vagina más digna de la historia.

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Lamentablemente no hay caricaturas fieles a Fernando VII. Sin embargo, aquí está Mercurius-Priapus, exhibida en el Museo Antropológico de Nápoles (Fuente)

Para 1829, Fernando VII se dio cuenta que había perdido las colonias definitivamente, distraído en dar un heredero mientras se mataba a pajas. Finalmente conoció a alguien flexible, su sobrina María Cristina de las Dos Sicilias, campeona mundial de yoga que, con la ayuda de un cojín perforado, logró que fuera penetrada sin causarle heridas internas, dándole al rey nada más y nada menos que dos hijas. Fernando entonces desempolvó la Pragmática Sanción de 1789 hecha por su padre que “derogaba” la Ley Sálica de Felipe V, sacando de taquito a su hermano Carlos María Isidro y sus partidiarios. Después de la muerte del rey, se armaron tres guerras entre isabelinos y carlistas e incluso hasta el son de hoy, hay quienes creen que Sixto Enrique de Borbón es el legitimo Rey de España.

Así amigos, hemos llegado al final. Cuenta su primera esposa, María Antonia de Nápoles que, sintiéndose engañada, estuvo a punto de desmayarse la primera vez que vio a Fernando, al comprobar con espanto que el “mozo” más bien feo del retrato, porque a las futuras consortes les mandaban el retrato de perfil de Facebook a ver si se animaban. Le nombró “adefesio” y creo que por decencia, no habló de su verga. Los médicos creen que tanto ella, como su segunda esposa, en realidad murieron por heridas internas productos de su colosal verga, que le produjo a Fernando una frustración tan grande que le costó nada más y nada menos que la pérdida de las colonias. No sé si Fernando llegó a dimensionar cuanto ayudó el gran tamaño de miembro viril al hecho de que, gran parte de Latinoamérica, hoy sea independiente.


* Dan Gamboa, más conocido en los bajos mundos de tuíter como @larepuvlica, ha viajado por medio planeta y suele escribir entradas disfuncionales como la que acaban de leer aquí… Entre ellas “El primer día sin Hugo Chávez” y “La meada más deliciosa” (¿y es que cómo no leer una entrada que tiene ese título?). Los invito a que visiten a Dan en su página web: www.larepuvlica.com.

PD: Si quedaron con ganas de un poquito más de porno, los invito a leer la historia paralela del origen de la bandera de Colombia aquí

PD2: Antes de irse, péguele una meneadita a la entrada en menéame haciendo click aquí

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10 comentarios

  1. Historias de una época en la cual tenerla grande era una maldición en lugar de una bendición. Fernando VII sería un gigoló en esta época, muy demandado por ambos sexos. También, se abona a la sordidez de la historia que pone a pensar en algo bien disfuncional: cómo se la hacían entonces? Qué tipo de material usaban como inspiración?

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  2. Aunque tiene poca importancia para la historia, es necesario dejar en claro que Napoleón, a pesar de todo lo que se ha escrito, no era especialmente bajo de estatura para su época. Medía exactamente 1.68 cm., talla normal para un hombre europeo de principio del XIX.

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