Un viaje por algunos pasos fronterizos del mundo

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28 de julio de 2016 por Blog de Banderas

Las fronteras son un lugar extraño. Son esa línea donde el “yo” deja de existir y aparece un “otro” diferente que puede ser nuestro mejor amigo o nuestro peor enemigo (sino pregúntenle a las dos Coreas). Las líneas fronterizas nos separan, pero a veces nos unen. Suelen estar abiertas, pero en ocasiones son infranqueables. Pueden significar el inicio de unas vacaciones magníficas o el comienzo de la peor de las pesadillas. En la mayoría de Europa las fronteras tienden a desaparecer e incluso los controles fronterizos dentro de la Unión son casi inexistentes (salvo situaciones excepcionales). América del Sur mantiene sus controles fronterizos pero, al menos en teoría, cruzar fronteras es bastante fácil para los nacionales de la región. Sin embargo, el mundo continúa dividido en países y, en consecuencia, las fronteras son una barrera necesaria para mantener por fuera a la gente que no deseamos. Suena horrible, pero es la realidad. Las fronteras son, sin duda, lugares extraños.

Yo soy un viajero consumado. Cada vez que puedo, armo mi maleta y me voy a algún lugar recóndito de este planeta para ver qué tienen esos lugares desconocidos para ofrecer. Sólo que en mi caso, ese viaje tiene un ingrediente adicional: un pasaporte que dice “República de Colombia”. Y claro, viajar al exterior para los colombianos se ha tornado bastante más fácil de lo que solía ser. Las épocas en las que todos éramos considerados narcotraficantes están pasando lentamente y una nueva imagen de Colombia se abre paso entre los gobiernos del mundo. Y por si quedan dudas de esto, en los últimos 10 años más de 55 países y territorios le han eliminado el requisito de visa a los ciudadanos colombianos, entre ellos la Unión Europea (y si quieren leer más del tema, aquí la guía práctica de visas para el viajero colombiano).

Pero no nos digamos mentiras. Ese pasaporte con la frase “República de Colombia” todavía puede generar problemas. Y de hecho esa es una de las primeras preguntas que me hacen cuando vuelvo de un viaje: “¿No te jodieron por ser colombiano?”. La respuesta generalmente es no, pero en ocasiones el mundo me tiene guardadas sopresitas. Desde situaciones divertidas hasta literalmente temer por mi vida, las fronteras del mundo, para mí, son una fuente permanente de historias. Y justamente eso vamos a revisar hoy… mis historias en las fronteras del mundo. Ya les he contado algunas (y se las voy a volver a poner para los que no las han leído), pero hay más, muchas más. Entonces, sin más preámbulos, traigan café y acomódense que empezamos:


Frontera de Carway: Estados Unidos (Montana) – Canadá (Alberta):
La frontera donde ven telenovelas colombianas

Empecemos por el principio. Para la entrada del aniversario número 2 del Blog de Banderas, la señorita Kaskabel me preguntó en tuíter: “Con lo disfuncional que eres, ¿no has tenido problemas al entrar en otros países? ¿Alguna anécdota reseñable?”. Y claro, la respuesta fue tan disfuncional como yo y se las pego a continuación por si no la han leído.

Corría el el 15 de septiembre de 2001… sí, 4 días después del famosísimo 11 de septiembre. En esa época yo estaba viviendo en Calgary, Canadá, y mi mejor amigo canadiense y yo decidimos ir al Parque Nacional de los Glaciares en Montana, Estados Unidos que estaba a unas 3 ó 4 horas de distancia al otro lado de la frontera. Todo estaba en orden… yo tenía visas canadiense y estadounidense, él no necesitaba visas, nos montamos en el carro y salimos. Al llegar a la frontera, la cosa funcionó así:

  • Oficial de Migración de EEUU: ¿Nacionalidad?
  • Mi amigo: Canadiense
  • Yo: Colombiano
  • *El oficial de migración abre los ojos y su mandíbula llega al piso*
  • Oficial de Migración de EEUU: Venga conmigo por favor.

La vida se nos había complicado… sobre todo cuando caímos en cuenta que mi amigo, que estudiaba arquitectura en la Universidad de Calgary, estaba haciendo su tesis de grado sobre el Aeropuerto de Calgary y tenía su carro lleno, absolutamente lleno de planos del aeropuerto. Claro, como se podrán imaginar, el colombiano disfuncional más los planos del aeropuerto no le causaron mucha gracia a los oficiales de migración de Estados Unidos el 15 de septiembre de 2001. Entonces, un oficial toma mi pasaporte y se lo lleva para investigarme hasta la bisabuela mientras me llevan a un cuarto y llegan 5 oficiales más de migración con un libro GRANDE con preguntas para cada nacionalidad… abren la página donde había una banderita amarilla, azul y roja y decía “Columbia” (no saben cuánto me pudre que los gringos escriban “Columbia” y no “Colombia”) y empezó el interrogatorio en inglés:

  • Oficial: ¿De dónde dijo que era?
  • Yo: Colombiano
  • Oficial: ¿Me puede decir por favor cuál es la moneda de Colombia?
  • Yo: El peso colombiano… tengo unos por acá, ¿se los muestro?
  • Oficial: No es necesario. ¿Cuál es la capital de Colombia?
  • Yo: Bogotá
  • Oficial: ¿Eso es todo? En mi libro dice un nombre más largo, ¿no se lo sabe?
  • Yo: Ah sí, Santafé de Bogotá, D.C.
  • Oficial: ¿Cómo se llama el himno nacional de Colombia?
  • *Y aquí el pobre mapache entró en pánico y pensó: “¿Cómo carajos se llama el himno nacional de Colombia?”… Yo no tenía ni idea que tenía nombre más allá de “Himno Nacional de Colombia”*
  • Yo: *Dije con voz tímida y una sonrisa en la boca* No sé cómo se llama el himno pero si quiere se lo canto.
  • Oficial: *Con cara de ametralladora* No, necesito el nombre.
  • *Pensé: ahora sí se me complicó la vida*
  • Yo: *Contesté tímidamente y en forma de pregunta* ¿Oh gloria inmarcesible?
  • Oficial: Muy bien *Y aquí yo respiré tranquilo*. Le tengo una última pregunta.
  • Yo: Sí, dígame.
  • Oficial: ¿Con quién se queda finalmente Betty, con don Armando o con el francés?

Y acto seguido soltó una carcajada mientras yo lo miraba con cara de “¿de qué putas está hablando?”. Después me explicaría que ya había confirmado que yo era quien decía ser y que no era una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos y que, como él estaba viendo la telenovela colombiana “Betty la Fea” por Telemundo, quería que yo le contara el final. Le conté el final (que afortunadamente mi mamá me había contado), nos invitaron a café, galletas óreo y seguimos nuestro camino hasta el Parque Nacional. De regreso, el mismo oficial de migración nos atendió y nos volvió a ofrecer café mientras se reía de mi cara durante el interrogatorio. Al día de hoy todavía me manda e-mails ocasionalmente preguntando cómo va mi vida.


Frontera de Ressano García: Sudáfrica – Mozambique:
La frontera donde el oficial de migración no quiere trabajar y te pone a tí a hacer tu propia visa

Entonces sale uno de Johannesburgo por la N4 raudo y veloz hacia la frontera con Mozambique. Pasa la ciudad de Nelspruit, luego recorre el corredor que forman el Parque Nacional Kruger al norte y Swazilandia (sí, con w para que a Diego de Fronteras le dé una embolia) al sur y finalmente llega a la frontera. El puesto fronterizo de Komatipoort en Sudáfrica no tiene problema alguno. Sellan el pasaporte y uno sigue al lado mozambiqueño de la frontera. Primero, el cerco más grande e intimidante que jamás haya visto y luego variado anuncio de compañías de telefonía celular y campañas de la OIM contra el tráfico de personas. Les muestro:

Publicidad de teléfonos móviles en Mozambique

Publicidad de teléfonos móviles en Mozambique

Mensaje contra la trata de personas en la frontera entre Sudáfrica y Mozambique

Mensaje contra la trata de personas en la frontera entre Sudáfrica y Mozambique

Herencias del Apartheid cuando la frontera con Mozambique era una de las mayores amenazas a la seguridad nacional de Sudáfrica... Tremendo cerco.

Herencias del Apartheid cuando la frontera con Mozambique era una de las mayores amenazas a la seguridad nacional de Sudáfrica… Tremendo cerco.

Puesto fronterizo de Ressano García, Mozambique

Puesto fronterizo de Ressano García, Mozambique

Puesto fronterizo de Ressano García, Mozambique

Puesto fronterizo de Ressano García, Mozambique

Puesto fronterizo de Ressano García, Mozambique

Puesto fronterizo de Ressano García, Mozambique

Puesto fronterizo de Ressano García, Mozambique

Puesto fronterizo de Ressano García, Mozambique

El problema empieza cuando uno entra a la oficina de control migratorio y ve el letrero que está arriba: “Entry requirements – Entry visa into Mozambique”. Y entonces uno piensa: no hay problema, en la página de cancillería mozambiqueña dicen que se la dan a uno en la entrada. Uno respira profundo, entra y se encuentra con una oficial de migración que está más preocupada por comerse las papas fritas que tiene al frente que por atender a los turistas colombianos que acaban de llegar. La saludo, le entrego mi pasaporte y le digo en mi portugués cortado: “Eu preciso de um visto de fronteira”. Ella me mira de arriba a abajo y se sigue comiendo sus papas fritas. El tiempo pasa… 2 minutos… 3 minutos… 4 minutos… y a mí se me empieza a brotar la vena en la frente de la ira. Después de unos 10 minutos, ella finalmente termina sus papas… Pero claro, eso no significa que haya decidido atendernos. La buena señora decide que es hora de su descanso, se para de su silla y se pierde en una oficina allá atrás. Yo estaba ad portas de entrar en cólera cuando, en esas, un señor emerge de la nada y me pregunta en inglés: “Have you been helped?”. Le contesto que no y me pregunta en qué me puede ayudar. Le digo que necesitamos visas de frontera porque somos colombianos y vamos de turismo a Maputo. 

Todo parecía ir bien. El señor era bastante amable y parecía ser eficiente. ¡Pero no! Ahí es cuando me dice lo que jamás pensé oír. Me señala un aparato electrónico extraño y me dice: “the machine is broken”. Sí señores, el aparatito ese que lee los datos de los pasaportes se había dañado. Me empieza a contar la historia y dice que llevan 3 días así y que las visas se demoran mucho porque hay que meter todos los datos en el computador a mano y que él no tiene tiempo (aparentemente él tenía que hacer todo porque los demás oficiales de migración estaban ocupados comiendo papas fritas o durmiendo en la oficina de atrás). Y termina diciendo mientras sonríe: “If you want, you can do it”. ¿Qué? ¿Yo? Pues sí. El buen señor me invita a entrar detrás del escritorio, me sienta en la silla de la señora que dedica su vida a comer papas fritas y me abre el programa para hacer visas. Vuelve a sonreír y me dice: “Let me know when you’re done”.

Ahí estaba yo, metiendo mis datos en el sistema de visas del gobierno de la República de Mozambique sin ningún tipo de control o supervisión. Me hubiera podido llamar Nelson Mandela y nadie se hubiera dado cuenta. Es más, podría haber sido un traficante internacional de armas al mejor estilo de Víktor Bout y esos fulanos ni se hubieran dado por enterados. Afortunadamente para los mozambiqueños yo no era una amenaza para la seguridad nacional y así, después de terminar de meter mis datos en el sistema, hago click donde decía “print”, la impresora me vomita mi visa, la pego en mi pasaporte y voy donde el oficial de migración para que la firmara. Él, que estaba ocupadísimo jugando solitario en el otro computador, la mira por encima, la firma y me dice “Enjoy”. Y con esto yo me había dado mi primera visa en toda mi vida y lo mejor de todo, ¡GRATIS! El oficial estaba tan ocupado jugando cartas que se le olvidó cobrarme. Problema de él… cogí mis cosas y seguí rumbo a Maputo, una de las ciudades que más me gustan en África (y aquí pueden leer 7 Particularidades que hacen de Maputo (Mozambique) uno de los Caos más Encantadores de África).


Frontera de Kazungula: Botswana – Zimbabwe:
La frontera donde no sólo te desinfectan sino que te hacen salir del país para orinar

Kazungula queda en uno de esos lugares que tanto nos gustan a los lectores del Bog de Banderas: el (posible) único quadripoint del planeta, el punto donde se unen Zambia, Namibia, Botswana y Zimbabwe en medio del Río Zambeze (y digo “posible” porque hay todo un debate en torno al tema que pueden encontrar aquí). Pero bueno, vamos al grano. Para llegar a Kazungula (Botswana) desde Zambia es necesario llegar al poblado de Kazungula (Zambia) y tomar un ferry a través del Río Zambeze. El trayecto no dura más de 10 minutos pero es, sin duda, un lugar interesantísimo. No sólo se ven los 4 países desde el barco (o lancha, o ferry, dependiendo del medio de transporte que hayan tomado) sino que el recorrido se hace entre cabezas de hipopótamos y cocodrilos que emergen de las aguas del río de vez en cuando. Conclusión: darse un chapuzón por esas tierras no es una buena idea.

Ferry de Kazungula

Ferry de Kazungula

Río Zambeze entre Zambia y Botswana

Río Zambeze entre Zambia y Botswana

Puesto fronterizo de Kazungula en Botswana

Puesto fronterizo de Kazungula en Botswana

Puesto fronterizo de Kazungula en Botswana

Puesto fronterizo de Kazungula en Botswana

Río Zambeze entre Zambia y Botswana

Río Zambeze entre Zambia y Botswana

Río Zambeze entre Zambia y Botswana

Río Zambeze entre Zambia y Botswana

Río Zambeze entre Zambia y Botswana

Río Zambeze entre Zambia y Botswana

A la izquierda: Botswana, a la derecha: Zimbabwe

A la izquierda: Botswana, a la derecha: Zimbabwe

Y entonces llega uno a Botswana. Los oficiales de migración lo dirigen hacia las oficinas para hacer el control migratorio pero antes le dicen a uno que tiene que quedarse parado un minuto en una alfombra con un líquido extraño que hay afuera del edificio (que por cierto es blanco, azul y negro como todo en el país… la misma variedad cromática de la que les hablé en esta entrada sobre Gaborone). ¿Para qué? Resulta que en Zambia hay fiebre aftosa y en Botswana no, y para evitar una epidemia, le desinfectan los zapatos a cada persona que entra al país. Y ahí está uno, parado como un idiota durante un minuto en esa alfombra que huele a m*erda mientras los oficiales de migración lo observan incesantemente como si uno fuera el portador del peor de los virus del planeta.

Pasa el minuto más largo de la historia y finalmente uno puede entrar al edificio. Entrega el pasaporte, le ponen el sello y luego hay que esperar el bus que lo lleve a uno hasta Kasane. Y como este buen mapache tiene problemas de vejiga, le pregunta al oficial dónde queda el baño. ¿Baño? No señores, no hay. Miro con desdén al fulano en cuestión y le pregunto: ¿Y entonces? ¿Dónde puedo orinar? Él se ríe y me señala los arbustos del fondo al tiempo que dice: Pues en Zimbabwe, ¿dónde más? Y sí, para colaborar con la desgracia de Zimbabwe, ahora los oficiales migratorios de Botswana lo publicitan como baño público en la frontera. Empiezo a caminar hacia los arbustos y el mismo oficial me grita: “¡Apúrate! A los zimbabwenses no les gusta que orinen en su territorio y si te ven, te arrestan”. ¡Perfecto! No podía orinar en Botswana porque me arrestaban y ahora, si orinaba en Zimbabwe, me arrestaban también. Jodido. En cualquier caso, lo único que diré es que fue la orinada más estresante de toda mi existencia… claro, eso sin contar que es la única vez en mi vida que he tenido que ir a otro país para poder orinar. ¡Gracias Botswana!


Frontera de Hani i Elezit: Macedonia – Kosovo:
La frontera donde te revisan hasta las toallas higiénicas (compresas)

Corría una mañana de invierno… de hecho era el 31 de diciembre y mis amigas y yo íbamos de camino entre Skopje en Macedonia y Podgorica en Montenegro. Todo parecía estar en orden pero el universo se encargaría de decirme que no todo es color de rosa y que ese día… ese día en particular, los Balcanes habían decidido hacerle la vida imposible a un trío de colombianos que sólo querían disfrutar de lo que Macedonia, Kosovo, Albania y Montenegro tenían para ofrecer. El caos empezó a las 6.30 a.m., media hora después de haber salido de Skopje, cuando llegamos a la frontera entre Macedonia y Kosovo y la oficial de migración macedonia nos pidió nuestros pasaportes. Aparentemente, esta buena señora no sólo no había visto un pasaporte colombiano en su vida sino que creyó que nosotros 3 éramos la reencarnación misma de Pablo Escobar. Nos hizo bajar del carro y mientras hacía el mismo gesto que hizo Cruela de Vil cuando consiguió los dálmatas para hacer su abrigo, nos gritó – sí, gritó – que sacáramos todas las maletas del baúl y las vaciáramos sobre unas mesas que estaban al lado de la carretera.

Y aquí otra aclaración: Si usted está casado(a) con un(a) oficial de migración, haga el grande favor y dele sexo regularmente… Todo el sexo que pueda darle para que sea una persona feliz y amable con el mundo. Una oficial de migración sexualmente insatisfecha es la PEOR carta de presentación para su país y es, además, la razón por la cual yo no volveré NUNCA a Macedonia. Pero bueno, por ahora retornemos a nuestra narración. Desocupamos la maleta y esta infeliz nos revisó todo, absolutamente todo, con la mayor dedicación que jamás haya visto. Calzoncillo por calzoncillo, toalla higiénica por toalla higiénica, camiseta por camiseta, media por media y regalo por regalo. Llegó al punto incluso de quitarles el plástico transparente a unas cajas de té que había comprado en Georgia y luego sacar bolsita por bolsita de té para inspeccionar que no hubiera cocaína en su interior. Claro, entre más cosas y revisaba, más se daba cuenta que cocaína NO HABÍA y eso aumentaba su ira con el mundo y con nosotros. Cuando terminó de revisar las 3 maletas, decidió que el siguiente paso era inspeccionarnos a nosotros físicamente y acto seguido gritó: follow me now! ¡Sí señora! Se le sigue si quiere. A mí me revisó un oficial de migración bastante decente que se demoró 5 segundos tocando mi ropa por encima y luego me dijo thank you. El problema fue cuando esta infeliz se llevó a mis 2 amigas a un cuarto allá adentro para revisarlas. No entremos en detalles para no inducir al vómito de los lectores… lo único que diré es que la susodicha, luego de no encontrar nada, hizo desnudar a mi amiga, bajó su cabeza hasta su entrepierna y procedió a olerle la toalla higiénica que tenía puesta. ¿QUE QUÉ? Sí señores, como lo leyeron. Lo peor de todo es lo que dijo mi amiga después: “Me sentí violada y ni el teléfono me pidió la infame esa”. Ya no hay temor de Dios.

Vía entre Skopje y la frontera entre Macedonia y Kosovo

Vía entre Skopje y la frontera entre Macedonia y Kosovo

Vía entre Skopje y la frontera entre Macedonia y Kosovo

Vía entre Skopje y la frontera entre Macedonia y Kosovo

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio) – A la derecha, la mesita donde tuvo lugar la esculcada

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio) – A la izquierda, la oficina de la pseudo violación

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado Macedonio)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado kosovar)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado kosovar)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado kosovar)

Frontera entre Macedonia y Kosovo (lado kosovar)


Frontera Sahara Occidental – Marruecos:
La frontera donde puedes volar en mil pedazos

Yo ya les hablé de mi experiencia en el Sahara Occidental en una de las primeras entradas del Blog de Banderas (y que pueden leer aquí por si les interesa). Y como les conté en esa ocasión, el viaje desde los campamentos de refugiados saharuis en la localidad de Tindouf en el sur de Argelia y el poblado de Tifariti en los territorios liberados del Sahara Occidental se hace en jeeps a través de la mismísima inmensidad del desierto. No hay carreteras y si no se conoce bien la zona, se puede terminar en una tragedia peor que la cuenta el Himno Nacional de Colombia cuando habla de Ricaurte en San Mateo: en átomos volando.

Resulta que uno sale de Tindouf, luego recorre (ilegalmente) el extremo norte de Mauritania (pero ahí no se ve un alma a kilómetros de distancia, así que a los mauritanos poco les importa) y finalmente entra en el territorio del Sahara Occidental… o al menos la parte liberada. El pequeño problemita es que Marruecos construyó un muro que separa los territorios liberados de los territorios ocupados del Sahara Occidental (que son administrados ilegalmente por Marruecos) y gran parte de la carretera va paralela a él. El muro se ve en la distancia. Es más, se ven algunos de los 100.0000 centinelas marroquíes que custodian la zona sobre el muro con unas ametralladoras 3 veces más grandes que ellos. Hay vigilancia satelital, una que otra cerca y, lo más importante, la nada despreciable suma de cerca de 4 millones de minas antipersona sembradas a lado y lado. Conclusión, uno puede ir conduciendo feliz de la vida, disfrutando el paisaje y, si no sabe a dónde ir, puede terminar pisando una de estas minas y hasta ahí llegó. Les dejo imágenes del lugar:

Minas antipersona cerca del muro de separación construido por Marruecos en el Sahara Occidental

Minas antipersona cerca del muro de separación construido por Marruecos en el Sahara Occidental

Muro de separación construido por Marruecos en el Sahara Occidental

Muro de separación construido por Marruecos en el Sahara Occidental

Muro de separación construido por Marruecos en el Sahara Occidental

Muro de separación construido por Marruecos en el Sahara Occidental

Muro de separación construido por Marruecos en el Sahara Occidental

Muro de separación construido por Marruecos en el Sahara Occidental

Muro de separación construido por Marruecos en el Sahara Occidental

Muro de separación construido por Marruecos en el Sahara Occidental

Piedras informando la presencia de minas antipersona cerca del muro de separación construido por Marruecos en el Sahara Occidental

Piedras informando la presencia de minas antipersona cerca del muro de separación construido por Marruecos en el Sahara Occidental

Piedras informando la presencia de minas antipersona cerca del muro de separación construido por Marruecos en el Sahara Occidental

Piedras informando la presencia de minas antipersona cerca del muro de separación construido por Marruecos en el Sahara Occidental


Frontera Uganda – República Democrática del Congo:
La frontera donde el paso ilegal vale USD 20, te acompaña el jefe de migración para que no te detengan y además te ofrecen vacas por tus amigas

Esta historia ya se las había contado aquí pero es que creo que vale la pena volverla a contar. Y es que, ¿en qué otra frontera le ofrecen a uno vacas por una amiga? Les dejo la historia a continuación:

La fijación por visitar la República Democrática del Congo comenzó cuando nos dirigíamos hacia el Parque Nacional Reina Isabel en el oriente de Uganda. Mientras andábamos pendientes de buscar animalitos – o en su defecto, elefantes 18 veces más grandes que yo -, apareció de repente una señal de tránsito que despertaría toda mi curiosidad. Mírenla:

Frontera del Congo 38 kms Parque Nacional Reina Isabel, Uganda

Frontera del Congo 38 kms
Parque Nacional Reina Isabel, Uganda

Ahora, ¿alguno de ustedes me puede decir cómo hace un aficionado a las fronteras como yo para estar a 38 kilómetros de un país como la República Democrática del Congo y no hacer lo posible por ir a ver cómo funciona eso al otro lado de la frontera? Yo me hice la misma pregunta y mi respuesta fue: es imposible. Entonces, como no hubo otra opción, decidimos analizar el terreno, los posibles escenarios y sobre todo, teníamos que solucionar el problema más importante de todos: no teníamos visa.

Lo primero que había que hacer era convencer a nuestros guías, básicamente porque ellos eran los que tenían los vehículos y es así de fácil: no vehículos, no Congo. Lo que pensé que iba a ser una tarea complicadísima resultó bastante simple: “Robert, can you take us to Congo?” A lo que él contestó: “Sure, we just have to be back by 3 before the safari“. Problema solucionado. Ahora, lo que Robert no sabía era que ninguno de nosotros – todos con pasaporte colombiano (y ese simple librito puede agravar cualquier situación) y sólo una entrada en la visa ugandesa – tenía visa. Y aquí habría que decir que en la gran mayoría de países si te encuentran intentando entrar – o salir – ilegalmente a su territorio, te detienen, te multan y en muchos casos te encarcelan y te deportan. Sin embargo, para Robert esta no era una gran preocupación. Cuando se enteró que no teníamos visa simplemente sonrió y me dijo: “That’s not a problem!“. Claro, eso no era un problema… al menos no en Uganda. La única condición era que tendríamos que pagarle la gasolina que usaríamos para nuestro acto ilegal. No había problema, éramos 17 y la gasolina costaba 120.000 chelines ugandeses (alrededor de USD 50)… nada grave.

Nos montamos en los buses emocionadísimos y empezamos a recorrer los 40 minutos que nos llevaría llegar hasta la RDC. El paisaje era como el resto de Uganda. Algunas montañas, cultivos de té, pequeñas poblaciones de casas de madera a lado y lado de una carretera perfectamente pavimentada y señalizada… Nada inusual hasta el momento. Sin embargo, a medida que nos acercábamos a la frontera, más y más personas aparecían caminando en la vía llevando productos sobre sus cabezas o en sus hombros. Caña de azúcar, recipientes amarillos – que después me enteraría que es donde transportan el aceite para cocinar -, plátanos, etc. Es como si fueran o vinieran de un mercado. Primero unos pocos, luego fueron aumentando y luego, cerca de la frontera, parecían simplemente hormigas por todas partes. Les dejo algunas fotos del trayecto:

Un niño ugandés en las localidades al lado de la carretera

Un niño ugandés en las localidades al lado de la carretera

Mujeres llevando sus productos hacia la frontera.

Mujeres llevando sus productos hacia la frontera.

Cultivos de maíz cerca de la fontera.

Niñas saliendo de la escuela en Mpondwe

Cerca de la fontera con la RDC

Poblaciones al lado de la carretera.

Y así, llegamos a la población fronteriza de Mpondwe en Uganda. Ahora venía la parte más complicada de la travesía: lograr que los ugandeses nos dejaran salir del país sin sellarnos el pasaporte y luego pasar a la RDC sin que las autoridades migratorias se enteraran que no teníamos visa. Es decir, la cosa era así de simple: en un lugar donde todos son negros, 17 blancos tenían que pasar desapercibidos. Fácil, ¿no? Pues sí, resultó bastante fácil. Robert, que como les dije visitaba el lugar con frecuencia, nos llevó a la oficina de migración ugandesa, habló con el jefe de los jefes y luego de unos 3 minutos de conversación en Swahili, el gran jefe pluma blanca salió atacado de la risa, se montó en nuestro bus y nos dijo: “let’s go!”. Yo no entendía  nada, nadie entendía nada. Finalmente nos enteramos que a él le habían parecido divertidísimas nuestras intenciones y le dijo a Robert que él mismo nos llevaría a la frontera, nos dejaría salir sin sellarnos el pasaporte y hablaría con las autoridades del Congo para que no nos pusieran problema. Podríamos caminar por la localidad de Kasindi – justo al otro lado del río y vecina de Mpondwe – durante unos 20 minutos y luego volveríamos. ¡Nos habíamos ganado la lotería! Eso sí, el boleto ganador nos costó USD 20… Y no, no fueron USD 20 por persona, fueron USD 20 en total. Bastante mejor que 5 años en una cárcel del Congo, ¿no creen?

Y así fue, primero recorrimos Mpondwe, luego fuimos hacia el puente internacional – que suena como algo gigantesco pero que en realidad es un pequeño, muy pequeño puente que une a los 2 países – y después pasamos a Kasindi. Era la felicidad absoluta. Ahora, que uno se emocione porque estuvo de ilegal en uno de los países más peligrosos del mundo es una cosa, pero otra muy distinta es lo que estábamos viendo. El orden que habíamos visto en Uganda, las carreteras pavimentadas y la limpieza habían desaparecido para dar lugar a miles y miles de personas que iban y venían, olores penetrantes, papeles y mugre en las calles, desorden por todas partes y, en términos generales, una sensación de caos generalizado. Los dejo con algunas fotos del lugar:

Entrada a la población de Mpondwe, Uganda

Panorámica de Mpondwe, Uganda

Actividades comerciales en la frontera.

Primer puesto de control migratorio del lado ugandés.

Y en la foto anterior tengo que contarles una historia… En esa pequeña caseta había por lo menos unos 5 hombres controlando el tráfico. Cuando pasamos, uno de ellos le dice al gran jefe pluma blanca que quiénes eran las mujeres que iban en nuestro grupo. En el primer bus iban conmigo 2 mujeres de aproximadamente 23 años bastante lindas… Acto seguido, uno de ellos ofreció 3 vacas por ellas 2 y nos pidió que se las dejáramos. Adivinen quiénes casi se infartan. En todo caso, la cosa estaba complicada, sobre todo porque en África en términos generales se pagan 17 vacas por una mujer virgen. Imagínense el insulto que les hicieron al ofrecer 1.5 vacas por cada una de ellas. Eso fue suficiente para burlarnos de ellas el resto del viaje.  Pero bueno, seguimos con las fotos:

Estación de Policía de Mpondwe

Oficina de migración de Mpondwe

De camino al puente internacional. Al fondo el Congo.

Segundo puesto de control ugandés. Pueden ver la campaña política del Presidente Museveni arriba en el muro azul.

Y ahora sí, el puente internacional. Ven como la carretera en Uganda es pavimentada y al otro lado, en el Congo, es simplemente tierra.

Puente internacional entre Uganda y la RDC

Puente internacional entre Uganda y la RDC

Puente internacional entre Uganda y la RDC

Puente internacional entre Uganda y la RDC

Mujeres lavando ropa en el riachuelo que separa a Uganda de la RDC.

Personas transportando contrabando entre los 2 países (lado congolés).

Puente internacional

Puente internacional

Bienvenidos a Uganda

Localidad de Kasindi en el lado congolés de la frontera

Kasindi, RDC

Kasindi, RDC

Kasindi, RDC

Kasindi, RDC

Kasindi, RDC

Kasindi, RDC

Kasindi, RDC

Amé esta foto. Niños en el riachuelo que separa a Uganda de la RDC

Para terminar, un comentario adicional: Una de las particularidades que tiene la frontera entre Uganda y la República Democrática del Congo es que en el primero se maneja a la izquierda y en el segundo a la derecha. Es decir, el puente internacional es uno de esos pocos, escasos lugares del mundo donde los conductores deben cambiar de lado de la calle cuando ingresan al otro país. Entre China y Hong-Kong, por ejemplo, construyeron un gran puente que se alterna en el aire y lleva a los conductores automáticamente al lado de la calle donde deben conducir. Aquí, entre Uganda y la RDC la cosa es bastante más rudimentaria, miren:

Del lado ugandés únicamente existe un letrero escrito a mano sobre el segundo puesto de control migratorio – donde ofrecieron vaca y media por cada una de mis amigas – que le informa a los conductores que deben ubicarse al lado izquierdo de la vía: KEEP LEFT.

Del lado congolés sólo hay una señal de tránsito con una flecha azul al lado izquierdo de la vía que señala el lado derecho. Eso significa simplemente: ¡cambie de carril!


Frontera Armenia – Georgia:
Porque del odio al amor hay un solo paso

Muy a pesar del conductor psicópata poseído por el mismísimo demonio que habíamos contratado para que nos llevara de Yereván a Tbilisi y que iba a 130 km/h en una carretera llena de curvas y huecos, llegamos mucho más tarde de lo pensado a la frontera entre Armenia y Georgia. Eran las 11 de la noche, la frontera estaba cerrada con una puerta de metal gigante pintada con la bandera de Armenia y sólo se veían camiones estacionados a lado y lado de la vía pero ni un alma por ningún lado. ¿Nos habíamos jodido? ¿Ya no se podía pasar?

El conductor se baja del carro, se acerca a la puerta y golpea suavemente. Luego de unos minutos, un oficial de migración de Georgia aparece, le dirige unas palabras y finalmente abre la puerta y nos deja entrar. Estacionamos el carro al lado del edificio de migración e ingresamos. Obviamente no hay nadie en la fila de migración y el oficial estaba leyendo el periódico. Suspende, levanta la cabeza, nos ve en la fila y nos dice que sigamos. Le entregamos los pasaportes y apenas vio “República de Colombia”, su cara se transformó. Metió nuestros datos en el computador mientras nos miraba a los ojos como buscando información. Era una mirada intimidante, nada amigable. Después de unos minutos, nos dice “Wait here” mientras entra a una oficina que estaba al fondo con nuestros pasaportes en la mano.

Pasan 5 minutos… 10 minutos… 15 minutos y el señor nada que aparecía y claro, nosotros pegados al techo. Después de unos 20 minutos, se abre la puerta y sale el señor con otras 3 personas. Se acercan y empieza el interrogatorio. Que por qué fuimos a Irán. Que qué estábamos haciendo en Armenia. Que qué íbamos a hacer en Georgia. Que a dónde íbamos después de Georgia. Que por qué habíamos ido a Nagorno-Karabakh. Que en qué trabajábamos. Que si llevábamos cocaína… Y ahí fue cuando a mí se me subió la mierda a la cabeza. En cuestión de segundos mi actitud frente al fulano cambió por completo. Lo miré a los ojos y le dije en inglés: No por ser colombiano tenemos que llevar cocaína. No hay cocaína ni ninguna otra droga en nuestro equipaje. Ahí le abrí mi maletín de mano y le dije: puede revisar éste y el resto del equipaje. No encontrará nada. Somos 3 turistas, nos han hablado muy bien de Tbilisi y por eso queremos ir a verla. Aparentemente eso no es suficiente.

A medida que yo iba hablando, el oficial iba cambiando la expresión de su cara… De la hostilidad de antes, ahora se veía algo de vergüenza. Se notaba que se sentía mal por lo que había hecho. Apenas terminé de hablar, el señor que estaba detrás lo miró y le dijo: I told you! Después, nos miró a nosotros y nos dijo: Wait! I’ll be back! Mientras el otro oficial entraba a la misma oficina de antes, el que estaba frente a nosotros nos sellaba el pasaporte y nos daba 365 días de estadía en Georgia. Sí señores, un año completo. Aparentemente después del discurso quería asegurarse de que viéramos no sólo Tbilisi sino cada milímetro cuadrado del país. En esas salió el otro oficial con una botella de vino en la mano. “¿Sabían que Georgia tiene uno de los mejores vinos del mundo?” dijo. “Éste es mi favorito” mientras servía vino a diestra y siniestra en unos vasos plásticos que había traído con él. Y con eso, empezó una conversación bastante amigable en la que nos dio folletos turísticos, nos dijo qué ver en Tbilisi y nos indicó cuáles eran los mejores viñedos del país.

Lo que había empezado como una experiencia similar a la de Macedonia, había terminado con una de las conversaciones más interesantes que tuve en toda Georgia. De la frontera salimos a la 1 am luego de botella y media de vino (que se tomaron ellos con mis amigas porque yo no tomo alcohol).

La única foto que tomé en la frontera a las 11 pm antes de los insucesos

La única foto que tomé en la frontera a las 11 pm antes de los insucesos


Y hasta aquí llegamos por hoy. Tengo un montón de fotos más de fronteras pero como no tengo historias curiosas en ellas, pues no se las pongo para no aburrirlos. Ahora, si quieren las fotos, me avisan y hago otra entrada con ellas, ¿les parece? Y otra cosa, déjenme abajo en la sección de comentarios sus historias curiosas en fronteras internacionales. Me gustaría saber cómo les va a mis compatriotas y a los lectores de otras nacionalidades. Debe haber más de una historia divertida, ¿o no? Las espero 🙂

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Espero que les haya gustado y nos vemos en una próxima oportunidad. ¡Adiós pues!

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44 pensamientos en “Un viaje por algunos pasos fronterizos del mundo

  1. Daniel dice:

    Muy buenas historias. Indicarte también que en la frontera entre Laos Y Tailandia, también existe una frontera donde hay que cambiar de sentido.

    También es curioso que desde Vientiane (la capital de Laos), el ancho del Mekong con la costa de enfrente tailandesa sea de unos 900 metros de media pero no hay ningún puente y se deba hacer por carreteras, llevando unos 60 kms. Aquí el link de la ruta a seguir.

    https://www.google.es/maps/dir/17.9604678,102.6109341/17.9474628,102.6050473/@17.9381659,102.5965999,13.5z/data=!4m2!4m1!3e0

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  2. Camila Barco dice:

    … La que se muere de envidia por tu fama era de viajar! Ando por España, desprogramada… Tú por dónde estás, en qué tareas trabajas ? Un abrazo y te deseo lo mejor!

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  3. Claudio dice:

    Legal!!

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  4. Mauro dice:

    La particular forma de narrar del buen Mapache hace que uno se divierta, aún más, con sus historias. Siempre aprendiendo de sus vivencias.

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  5. Josu dice:

    Bastante hiciste en la frontera de Ressano García haciéndote tu propio visado (sin ser supervisado), como para pagar servicio que no recibiste. Sería como ir a una notaría, y firmar tú tus propios documentos, y encima pagar por los trámites, mientras el notario está tomando el almuerzo.

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  6. anuro croador dice:

    Que lamentable estigma es ese de pertenecer a un país con algún problema social grave (permanente o pasajero en su historia), eso se debe a la reducción de la imagen de país que se hace un ciudadano extranjero al no tener o no querer tener mayor conocimiento respecto a dicho país.

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    • Eso siempre pasará don Anuro. Solemos reducir los países a una preconcepción o a un estereotipo. Así siempre hemos funcionado. Por eso es que hay que salir al mundo y verlo para que los lugares sean muchas historias y no sólo una.

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      • anuro croador dice:

        Esto me recuerda la lamentable imagen que mis compatriotas me hicieron ver de Argentina cuando niño, una vez que viajé de paseo por primera vez que fui allá, mi percepción cambió en 180 grados, es poco probable que los lectores argentinos de Banderas sean así, pero si viajan a Chile algunos prejuiciosos verán mucho más que un traidor o un enemigo malvado y hostil.

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  7. Juan dice:

    Excelente como siempre la entrada mapache, algo que me pareció curioso (aunque nada como lo que tu cuentas) es cuando fui el año pasado a París con mi hermano, el paso sin mas problemas (pasaporte comunitario), pero yo uso barba y zapatillas de cuero y no se que habrán pensado pero el guardia en el aeropuerto me hizo algunas preguntas y vio mi pasaporte (también comunitario) que a mi hermano ni siquiera lo miro.

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  8. Rodantero dice:

    Muy buena entrada te felicito divertido e increíble como siempre. Entre Argentina y Chile también hay una frontera en la que puedes volar en pedazos se trata del antiguo paso de Huaytiquina en la Provincia de Salta (ruta original del mítico Tren a las Nubes, después retrazado por Socompa), resulta que este paso de ser un paso relativamente usado a un paso clausurado cuando en 1978 Argentina y Chile se enfrentaron (diplomaticamente) por el Canal de Beagle y los Chilenos temiendo una invasión minaron el acceso por Huaytiquina, el tiempo paso el tema se resolvió pero las minas siguen ahí y el paso sigue inhabilitado.

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    • Anuro Croador dice:

      Tengo entendido que es tremendamente caro para el ejército sacar esas minas antipersonales, por eso por ahora sólo las encuerran en cercos donde ellas están hasta poder alguna vez ser removidas, las hay cerca de Punta Arenas también, pero están debidamente señalizadas para que ninguna persona se meta a esas zonas, sin embargo, al día de hoy son sólo el recuerdo de un antiguo conflicto.

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      • Rodantero dice:

        Si asi es, el costo es astronómico por eso no las saca, en el estrecho de Magallanes antes de embarcar en la balsa que lo cruza también se ve una zona alambrada marcada como “tierra minada”, lo que pasa es que en Huaytiquina estan por todo el camino sin chances de ser esquivadas o marcadas.

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    • pataliebre dice:

      Desde Europa, estos comentarios me hacen preguntarme (y preguntaros) si en estos tiempos de globalización y libre comercio, en los que en algunos lugares, como la Unión Europea, se han eliminado por completo las fronteras, en Sudamérica ¿los pasos fronterizos siguen siendo tan infranqueables como siempre o se está en camino de facilitar el tránsito por ellos, ahora que no parece haber peligro de guerra entre la mayoría de los países? es decir, si con el Mercosur y cosas por el estilo se está avanzando en la consecución de una cierta “Unión Americana” o los países siguen manteniendo el recelo de siempre hacia sus vecinos…

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      • Rodantero dice:

        Hola PataLibre, si bien las fronteras no son tan “abiertas” como las de la EU, en Sudamerica se ha evolucionado mucho en esa dirección en los ultimos 20 años, no es complicado cruzar a países limítrofes, recuerdo la primera vez que pase a Chile en 89′ y cuando lo hice 20 años después la cosa ya era mucho mas fluida. Desde hace unos meses se ha implementado la Chapa Patente del Mercosur para los Vehículos algo que calculo también agilisará las cosas.

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      • En términos generales son fáciles de pasar salvo situaciones excepcionales como el cierre de la frontera con Colombia por parte de Maduro. Yo nunca he tenido problema alguno en las fronteras sudamericanas. Sí es cierto que hay que sellar el pasaporte, pero no es más que un trámite.

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    • No conocía ese dato. Muchas gracias Rodantero, lo voy a buscar.

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  9. josemanuel gutierrez dice:

    Interesantísimo Enhorabuena, Yo el año pasado fui a Mozambique desde Sudáfrica (por el mismo paso, tanto de entrada como de salida). Lo recorrimos de arriba (archipiélago de las Quirimbas) a abajo (Maputo). Siempre en transporte público. Eso sí, la policía siempre busca algo para poder extorsionarte. Pese a ese inconveniente, gran país que disfrutamos mucho. Y Maputo, un placer caminar sin rumbo por sus calles. Espero con ansia más experiencias transfronterizas (impresionado con vuestra entrada al Congo, la verdad!!) Yo estuve a punto de hacer algo similar dede el Pamir (Tayikistan) a Afganistán, pero finalmente no cruce porque iba justo de tiempo (una pena, en otra ocasión será!) Saludos desde Barcelona, José Manuel

    Date: Thu, 28 Jul 2016 16:21:27 +0000 To: sakartvelian@hotmail.com

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  10. Ramon Puertas Campamà dice:

    La entrada es muy interesante, ilustrativa, pero lo mejor es el ritmo narratorio. Las mismas vivencias podrían dar lugar a un tedioso relato, en cambio con Don Mapache todo es agilidad en la lectura, Enhorabuena por sus experiencias y por su fluida prosa.
    Como anécdota personal le diré que no puedo pasar por los detectores de metal, el certificado que llevo está escrito en español y no tiene foto, pues en las fronteras los agentes (que seguramente no leen español) lo miran largamente, como si leyeran o entendieran, y finalmente me lo devuelven con signos de conformidad.
    Felicidades por el blog
    Ramon Puertas

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  11. Lucho dice:

    Tu amiga debería denunciar a esa p*** oficial de inmigración.Como europeo, me avergüenza ese comportamiento.

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  12. Aldemar Alonso dice:

    Muy buena entrada Señor Don Blog de Banderas especialmente por la cantidad de susesos que te pasan, a mi, solo me raquetean en busca de drogas, especialmente saliendo de Colombia.

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  13. Vunono dice:

    Señor Mapache, geniales las historias de fronteras. He rebuscado en mis diarios de viaje y he sacado varios extractos de los pasos fronterizos más complicados que he atravesado (fundamentalmente provienen del viaje a África Occidental y el de Asia Central, que hice hace varios años mochila al hombro y con muy poco dinero en el bolsillo). Los voy a pegar aquí como comentarios, pero si lo prefieres puedes hacer una entrada con ellos. Si te interesa te puedo mandar fotos también.

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  14. Vunono dice:

    Jordania-Cisjordania (25/6/2008)
    Tuve que coger un taxi compartido para llegar a la estación desde donde salían los autobuses a la frontera, y una vez allí descubrí que sólo hay un autobús al día, por la mañana temprano. La única opción era el taxi compartido, y me cabreé con los taxistas creyendo que los 5 dinares que me decían eran el precio inflado para extranjeros. Al final conseguí que me lo rebajaran a 4, y me pasé el trayecto refunfuñando. Recorrimos el mismo camino que el día que fui al Mar Muerto, sólo que en el último momento nos desviamos en dirección al puente del Rey Hussein. Una vez en la frontera descubrí, con algo de remordimiento, que también les pedían 5 dinares a los jordanos.
    La frontera jordana era algo confusa, pero tras preguntar, equivocarme de ventanilla y pagar 5 dinares como impuesto de salida pude montarme en el autobús transbordador (¿gratuito, o se olvidaron de cobrarme?) que lleva al lado israelí de la frontera. El paisaje era tórrido y desértico a ambos lados, con la excepción de la estrecha franja de vegetación que bordeaba el decepcionante río Jordán, que resultó ser poco más que un riachuelo.
    Lado israelí de la frontera, en torno a las 11:30. Comienza la odisea burocrática y paranoica. Las colinas resecas están completamente rodeadas de vallas, alambradas y torretas de vigilancia. En primer lugar nos hacen bajar del autobús para enseñar nuestros pasaportes; después volvemos a subir y esperamos un rato parados hasta que nos permiten avanzar hasta el edificio de aduanas. Bajamos definitivamente del autobús y nos apiñamos en torno a un punto donde unos parsimoniosos trabajadores palestinos recogen las maletas y las meten en una cinta transportadora después de pegar una etiqueta en el pasaporte. Me desespera la lentitud y el desorden de los empleados, que además no respeten el orden de llegada: pasan todos los de mi autobús menos yo, y además se me cuela una excursión compuesta por las veintitantas personas más tontas de Indonesia.
    Cuando por fin recogen mi equipaje paso a la lentísima cola del escáner y el detector de metales… con los indonesios delante, por supuesto. Después me hicieron pasar por una enigmática cabina que lanzaba aire comprimido, y llegué a la sala donde están las ventanillas para los pasaportes.
    Una vez en la sala de los pasaportes tuve que ponerme en otra cola, y ya estaba llegando a la ventanilla cuando decidieron reservarla para los indonesios (siempre los indonesios) y me mandaron a la de al lado. Una vez allí una morenita monísima (todo el personal de la aduana eran veinteañeras atractivas, ¿o será el efecto del uniforme y de tres semanas sin ver formas femeninas?) me dio un formulario y me interrogó sobre mi viaje y sobre mis contactos en Israel. Rellené el formulario y me senté a esperar que me llamaran; cuando lo hicieron me volvieron a interrogar y me dijeron que siguiera esperando.
    Llevaba ya cuatro horas en la frontera (podría ser peor: una española de origen palestino llevaba siete) cuando me devolvieron el pasaporte sellado y pude salir a recoger mi equipaje. Tuve que cambiar dinero y pelearme con el de la oficina, que no aceptaba cambiarme sólo cinco dinares, y salí al sol abrasador de Cisjordania a esperar que saliera el autobús a Jerusalén, que costó nada menos que 33 shekels.

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  15. Vunono dice:

    Senegal-Gambia (17-18/2/2009)
    Había dos formas de llegar a Vélingara: el sept-place, que costaba 2.000 francos, y el minibús, que costaba 1.500. No veía más diferencia que el precio, así que me decidí por el minibús. No tardaría mucho en percatarme de mi error… Eran las once de la mañana, y no podía ni imaginarme cuánto tiempo iba a pasar en el minibús. Estaba prácticamente vacío, y mientras esperaba que se llenara hojeé la guía y empecé a leer Ébano, de Kapuściński. Sus acertadas descripciones de la forma de pensar de los africanos me ayudaron a llevar con filosofía la tediosa espera. De vez en cuando subía alguna mujer con ropa ancha y colorida que amamantaba a su bebé, o algún adolescente con camiseta futbolera y gafas de sol, o algún anciano con turbante de tuareg. Uno de ellos no paraba de ofrecerme comida, desde bizcochos a un par de papeles de estraza con trozos de cordero. Y, mientras tanto, yo leía y trataba de mantener la calma mientras las horas pasaban y el sol me abrasaba a través de la ventanilla.
    Así pasaron nada menos que cuatro horas. Y, por supuesto, cuando el minibús se llenó por completo (lo cual quiere decir que no se puede cambiar la postura de las piernas) tampoco salimos inmediatamente: faltaba llamar a los rezagados, pelearse por los asientos, cambiar de conductor, hacer alguna chapuza de última hora, echar gasolina y parar cada cinco metros sin causa aparente. La cosa no mejoró demasiado al salir de la ciudad: la carretera estaba cuajada de agujeros que había que esquivar, y en cada una de las aldeas que jalonaban el camino (chozas con tejado cónico de paja orientadas en torno a un patio, con ancianos indolentes sentados a la sombra y mujeres y niños que corrían a vendernos fruta y refrescos) parecía haber alguien a quien saludar o con quien discutir, un paquete que recoger o un recado que entregar.
    Así bordeamos el extremo oriental de Gambia, cruzamos el río homónimo y pasamos un mercado lleno de coches con matrícula guineana. Después de más de tres horas atravesando un terreno cubierto de árboles frondosos y hierba seca y salpicado de baobabs, termiteros gigantes y carteles de Cooperación Española llegamos por fin a Vélingara. En el minibús había una pareja de ingleses que también iba a Gambia. Los taxistas nos rodearon para llevarnos a la estación de donde salían los sept-place a Gambia, pero supimos que estaba cerca y fuimos andando. Mala suerte: había sólo un gambiano esperando, y según nos decían la frontera cerraba a partir de las diez. Nos sentamos a esperar que llegara alguien más, pero sin muchas esperanzas: a las 19:30, ya casi de noche, nos dimos por vencidos y pagamos todo el taxi entre los cuatro.
    El viaje fue accidentado desde el principio. Costó trabajo que encendieran los faros, y cuando lo conseguimos empezamos a recorrer una pista de tierra estrecha y llena de baches con maleza a ambos lados. Quién diría que estábamos recorriendo una carretera internacional… No tardamos mucho en llegar a la frontera, de puro estilo africano: una barrera manual, un par de puestos de comida y unos cuantos oficiales sentados a la puerta de una decrépita oficina. No había luz eléctrica: un policía entrado en años nos llevó a la oficina, encendió una vela, revisó nuestros pasaportes con la ayuda de una linterna y se hartó de reír al descubrir que era el cumpleaños de la inglesa. Cuando volvimos al coche descubrimos que no arrancaba. El taxista trataba de repararlo ante los chascarrillos de los policías y los vendedores, y a mí me encantaba el surrealismo de la situación. Finalmente logramos arrancar (empujando, como no), pero una vez pasada la barrera volvimos a parar porque no encendían los focos, imprescindibles en una carretera como ésa. Esa parada sí que fue larga: allí estábamos, en tierra de nadie, tratando de arreglar un coche destartalado bajo un espectacular cielo estrellado. De alguna manera las luces volvieron a funcionar, volvimos a empujar el coche y conseguimos llegar al puesto fronterizo gambiano, más moderno y con luz eléctrica. ¡Qué raro se me hizo pasar al inglés después de dos semanas hablando francés! A los ingleses les sellaron el pasaporte sin problemas, pero el policía no tenía muy claro si los españoles necesitábamos visado (y yo tampoco, puesto que he leído versiones contradictorias) y llamó a su superior a preguntarle qué hacer. Finalmente estampó mi pasaporte y me dejó pasar, con la condición de ir mañana a la oficina de inmigración a aclarar mi situación. Espero no tener que pagar un visado, pero de cualquier modo ya estoy dentro…
    [Al día siguiente fui] hasta una oficina donde varios empleados dormitaban. De vez en cuando uno cogía mi pasaporte, lo miraba durante un rato y llamaba a otro, repitiéndose el proceso. Finalmente uno de ellos mandó a alguien a buscar las llaves de un despacho, se tomó todo su tiempo para buscar el sello adecuado y ajustar la fecha y, por fin, estampó el visado en mi pasaporte. Lo raro es que, aunque en teoría necesitaba visado, en lugar de cobrármelo se conformó con aceptar 1.000 francos de propina.

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  16. Vunono dice:

    Mauritania-Sahara Occidental (5/3/2009)
    Ya eran las dos cuando por fin nos pusimos en marcha. Recorrimos en dirección norte la árida península sobre la que se asienta Nuadibú: a la derecha, las aguas turquesas de la Baie du Lévrier; a la izquierda, la vía del tren, la frontera minada y, en el horizonte, la línea azul del Océano Atlántico, ya en territorio marroquí.
    Tras un último control policial cruzamos la vía del tren y recorrimos los últimos kilómetros hasta el puesto mauritano. Los policías nos obsequiaron con una magnífica demostración de incompetencia fronteriza: en lugar de coger los pasaportes por orden empezaban por uno, lo dejaban a medias para mirar otro, se levantaban, volvían, discutían con alguien, volvían a coger el pasaporte que habían dejado, para volver a dejarlo sin recordar por dónde iban… Y, a todo esto, mi pasaporte y dos más habían quedado rezagados en una esquina de la mesa y nadie les prestaba atención, mientras observábamos angustiados y nos calcinábamos al sol.
    Cuando por fin me sellaron el pasaporte pasamos un último control y cruzamos la barrera que nos separaba de tierra de nadie… aunque tuvimos que levantarla a pulso, porque nadie acudía a abrirla. La tierra de nadie es tan salvaje como suena: un tramo de tres kilómetros de desierto sin carretera, minado y, según se dice, refugio de bandidos de ambos países. En el terreno pedregoso apenas se vislumbraban algunas rodadas, pero nuestro minibús no seguía ninguna… lo cual no era muy tranquilizador, teniendo en cuenta las decenas de carrocerías destrozadas, abandonadas, saqueadas y oxidadas que jalonaban la franja. ¿Víctimas de las minas o de los bandidos? Lo ignoro, pero sentí un gran alivio cuando cruzamos la alambrada y llegamos a un conjunto de edificios donde ondeaban numerosas banderas marroquíes.
    Me resultó muy extraño encontrarme de repente con banderas, uniformes y formularios conocidos. Aunque el procedimiento no fue tan sencillo como viniendo del norte… Rellené el formulario y dejé mi pasaporte en una oficina esperando que me llamaran, pero una chica gabonesa que estudia en Senegal y va a Casablanca a ver a su hermana no lo tuvo tan fácil: un policía de paisano con pinta de chulo le dijo que, aunque su visado estaba en regla, los gaboneses no pueden entrar por tierra, sólo por aire. De nada sirvieron sus súplicas, argumentos e intentos de soborno: mi compañera tuvo que volver a Nuadibú, y espero que pueda solucionar su problema en el consulado marroquí.
    Pasó mucho rato hasta que nos devolvieron los pasaportes a los demás. Antes de marcharnos registraron los equipajes, pero no salimos inmediatamente: como no habíamos perdido bastante tiempo todavía decidieron hacer una parada en el restaurante de la frontera. Ya eran las siete, y el sol se ponía, cuando por fin emprendimos camino: había pasado todo el día y aún estaba en la frontera.

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  17. Vunono dice:

    Kirguizistán-Tayikistán (6-8/10/2010)
    Antes de las nueve estábamos apostados con nuestro equipaje en la carretera esperando algún transporte que se dirigiera a Tayikistán. Estábamos en una intersección en Y: por la izquierda se iba a Osh, por la derecha a China, y por nuestro camino se iba a Tayikistán y, según supimos por los camioneros a los que preguntábamos, a una mina de carbón. De hecho todo el tráfico que había eran coches locales y camiones que se dirigían a las obras de la carretera, a China o a la dichosa mina. Tampoco es que hubiera mucho tráfico: podía pasar hasta media hora entre uno y otro, pero ninguno iba a Tayikistán.
    Ya eran sobre las dos o las tres (quién sabe, uno pierde la noción del tiempo cuando no hace otra cosa que esperar) cuando las chicas de la cafetería que teníamos a nuestra espalda nos recomendaron seguir varios cientos de metros hasta la bifurcación entre la carretera de Tayikistán y la de la mina. Echamos a andar y un camionero nos dejó en el cruce: nos sentamos resguardados del viento frío por unas viejas ruinas, frente al impresionante paisaje de la llanura reseca con las montañas nevadas de fondo. […] Por allí sólo pasaban vacas y burros que pacían despreocupados, y todos los coches que oíamos pasar a lo lejos iban en la otra dirección.
    Ya caía la tarde cuando, oh maravilla, un coche vino en nuestra dirección. Lo conducía un tipo que dijo que se dirigía a la frontera. Nosotros pensamos que, en ese caso, sería mejor quedarnos donde estábamos, pero él nos dijo que en la frontera había un hotel y que allí sería más fácil encontrar transporte. Como además no nos cobraba nada decidimos acompañarle. La carretera era bastante rectilínea, y en poco tiempo estuvimos en las montañas nevadas que habíamos visto a lo lejos. Primera sorpresa: lo que en el mapa aparecía como «Bor-Döbö» no era un pueblo, sino simplemente el puesto fronterizo kirguís, aunque todavía faltaban varios kilómetros para la verdadera frontera. Unos oficiales aburridos cogieron nuestros pasaportes y, con mucha parsimonia por su parte y bastante recelo por la nuestra, nos sellaron la salida: ese poco de tinta nos cortaba la retirada, eliminando la posibilidad de volver a Osh y tratar de cruzar a Uzbekistán. Además nuestro amigo no nos acompañaría más lejos: se limitó a indicarnos que el hotel estaba unos cientos de metros más allá.
    El «hotel» en cuestión era una casa aislada en mitad de la nada donde una taciturna familia formada por una madre y varios niños, desde un bebé hasta un par de adolescentes, nos hicieron pasar sin decir una palabra a una habitación con cojines en el suelo donde comimos de unos grandes platos con patatas, carne y tripas de gallina mientras veíamos dibujos de Goofy y documentales de la tele tayika. Intentamos esperar un rato más en la puerta por si aparecía algún coche, pero el frío nos hizo volver a la casa. […]
    Cuando creíamos que la situación no podía empeorar más, empeoró. Varias veces. […] poco antes del amanecer sentí náuseas y vomité bastante. Por suerte cuando amaneció ya me sentía mejor, y me abrigué para acechar la llegada de los coches con destino a Tayikistán mientras contemplaba el deshielo del arroyo.
    Pasaron tres o cuatro camiones y se pararon a tomar té o a perder el tiempo sin ningún motivo, pero ninguno tenía sitio para nosotros. Los que también aparecieron fueron los policías de la frontera: yo me alegré pensando que nos ayudarían, pero en lugar de eso nos dijeron que al habernos sellado ayer la salida de Kirguizistán ya no podíamos permanecer en el país, y que si mañana seguíamos allí tendrían que detenernos. ¡Pero bueno, si había sido idea suya que buscáramos transporte más allá del control! Pues bien, nos dijeron textualmente que ése era nuestro problema, no el suyo. ¡Estupendo, además de todo nos arriesgamos a ser detenidos!
    Pasamos varias horas sentados al borde del camino, leyendo y observando la carretera, pero no volvió a pasar ningún coche. Del lado de Tayikistán llegó un italiano que iba en moto de Italia a Nepal, y nos dijo que junto a la frontera tayika había otro pequeño hotel y se ofreció a llevarnos hasta allí con su moto. Bueno, así por lo menos sería más difícil que nos encontrara la policía… Habría que dar dos viajes, y se llevó primero a Ester con su equipaje. Yo me quedé esperando, y me preocupó que tardara tanto. ¿No eran seis kilómetros? Veinte, me dijeron los chavales del hotel, pero aun así… Cuando por fin apareció me dijo que la moto se le había parado mientras bajaba y que no podía arriesgarse a que le volviera a pasar subiéndome a mí también. ¡Mierda! Tampoco quise presionarle porque entendía que él también estaba en apuros, pero menuda putada para nosotros: los mismos problemas que antes, sólo que además separados y sin que Ester pudiera saber qué fue de mí.
    La única solución que se me ocurrió fue echar a andar, esperando que la estimación del italiano fuera más acertada que la de los chavales kirguises. Así pues me eché las mochilas a la espalda y comencé a caminar: al principio el camino era bastante llano, pero me torturaban el frío y el peso de las mochilas. Detrás de cada montículo esperaba ver aparecer el hotel, y confundía el sonido del viento o del agua con coches acercándose. Pero nada, ni en una ni en otra dirección, y el cansancio iba haciendo mella. Además el camino cada vez era más irregular y empinado, y cada vez pasaba más tiempo sentado recuperando el aliento. Creí que no lo conseguiría: o aparecía un coche y me acercaba al hotel o tendría que dormir al raso, sobre un terreno helado con manchas de nieve. Y, finalmente, cuando estaba a punto de rendirme, vi una casa al otro lado de una colina. ¡Por fin! Se me hizo larguísimo el trecho que me separaba de ella, y cuando salió Ester y me dio un abrazo tardé un buen rato en recuperar el aliento. La nota irónica la puso el coche que en ese momento (el primero en las varias horas que llevaba caminando) pasó en dirección a Tayikistán.
    El hotel era una casa particular como la otra, pero la familia era bastante más simpática: padre, madre y dos niños pequeños completamente cautivados por Ester. Cenamos unos grandes cuencos de arroz con leche y mantequilla, charlamos todo lo que mi ruso me permitió y Ester se hartó de jugar con los niños mientras los padres veían la tele y yo escribía esto, aunque no veo el momento de echarme a dormir y descansar de la paliza que le he dado a mis piernas y a mi espalda.
    […] Cuando desperté me dolía la cabeza, pero cuando salí a la calle se me pasó de golpe: todo lo que veía (la casa, la carretera, las montañas, las letrinas) estaba cubierto de nieve. ¡Qué bien…! Mierda, ¿y si no pasan coches? Por suerte era una capa fina y empezó a fundirse rápidamente en cuanto le dio el sol… pero seguía sin pasar un solo coche. Después del desayuno a base de leche de yak con té y mantequilla nos abrigamos y salimos a ver cómo las mujeres ordeñaban los yaks y los niños jugaban con el triciclo por la nieve, sin dejar en ningún momento de vigilar la carretera. […]
    Nos pasamos la mañana leyendo y mirándonos con cara de preocupación, alternando entre el frío del exterior y el calor del interior, donde temíamos no oír los coches. Ya era más de mediodía cuando pasó el primer coche, lleno hasta los topes, pero nos dijeron que detrás venía un camión con plazas libres. Procuramos acelerar el almuerzo para seguir vigilando la carretera, pero pasaba el tiempo y el camión no aparecía. Ya eran casi las cuatro cuando, por fin, llegaron dos camiones. En uno de ellos había sitio, y aunque al principio el conductor (un tipo grosero y bruto que me repelió desde el primer momento) nos pidió una cifra desorbitada finalmente accedió a llevarnos a Murgab por 100 somonis (unos 20 €). Apenas pude saborear el triunfo por el ajetreo de hacer el equipaje y pagarle al dueño de la casa: menudo lío con el cambio, entre los billetes grandes kirguises y la falta de somonis…
    Nevaba cuando por fin empezamos a subir el puerto de montaña que nos separaba del control tayiko, donde además nos entretuvieron cerca de una hora y media. ¡Por fin estábamos legalmente en un país!

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  18. Vunono dice:

    Uzbekistán-Kazajistán (20/10/2010)
    Íbamos algo asustados a la hora de pasar la aduana uzbeka: después del registro a fondo que nos hicieron a la entrada no dudamos en declarar, además de los euros, los tengues que acabábamos de cambiar. Allí empezaron los problemas: un agente me preguntó si los había cambiado en el banco o en el mercado negro, y como no tenía recibos que lo justificaran le dije que los llevaba ya desde Kazajistán. Él respondió que, dado que no los había declarado a la entrada, no podía dejarme pasar con ellos. Ya vi confiscados los casi 100 € en tengues que llevaba, y debí de poner tal cara que me dijo que rellenara de nuevo el formulario sin declararlos. Creí que nos habíamos librado, pero el agente encargado de registrarnos nos llevó a un cuarto aparte y, pasando del equipaje, nos dijo directamente que le enseñáramos el dinero. Volvió a decirnos que no podíamos pasar con el dinero, pero que si el otro agente había decidido hacernos el favor, pasarían la mano… pero que tendríamos que dejar allí algunos tengues. Empezó entonces un regateo del que salimos tras pagar 1.000 tengues, unos 5 €. Y barato nos salió, teniendo en cuenta que podrían habérnoslo confiscado todo…
    Respiramos aliviados cuando por fin salimos de Uzbekistán y del alcance de los aduaneros corruptos. Pasamos los controles kazajos rápidamente y sin incidentes, y al otro lado nos vimos rodeados de taxistas que nos ofrecían transporte a los lugares más dispares.

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  19. Daniel dice:

    Yo curiosamente he estado en quizá las dos fronteras más hóstiles pero paradójícamente, allí se han montado unos circos para los turistas y visitantes:

    La de India y Pakistán: http://www.viajesparatorpes.com/2014/04/escapadas-en-la-india-i-amritsar-1-parte.html

    La de las dos Coreas: http://www.viajesparatorpes.com/2015/12/viaje-seul-corea-del-sur-3-parte.html

    Tras estar ahí, me viene a la cabeza lo que dijo Albert Einstein: “Hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana. Y de la primera, no estoy tan seguro”. Saludos.

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  20. Jose Arias dice:

    Hola Mapache. Hace rato no leia tu blog. Estaba algo concentrado en el trabajo, pero bueno… hoy regresé y como siempre disfruté de su lectura.
    Yo quisiera compartirte sobre el puesto fronterizo entre Uruguay y Argentina, en la localidad uruguaya de Fray Bentos. Este paso es conocido porque es por donde se hace migración cuando se busca la via terrestre mas corta entre Montevideo y Buenos Aires.
    En este puesto fronterizo vi algo extraño, y quisiese preguntarte si lo has visto en alguna otra frontera. Viajabamos con mi esposa de Montevideo a Buenos Aires, despues de pasar una semana increible en Uruguay, pero nos habia dejado el barco (que habiamos programado para este recorrido) y al otro dia teniamos vuelo de Ezeiza a nuestra casa en Bucaramanga, lo que nos hizo decidir hacer el viaje en bus. Al llegar a migración del lado uruguayo, nos bajamos a sellar la salida en los pasaportes, y para sorpresa nuestra, alli mismo, en la misma oficina, en el escritorio de al lado, se sellaba la entrada a Argentina por oficiales de migracion argentinos… solo que aun estabamos en Uruguay…. me pareció muy práctico (a nadie le gusta que lo hagan bajar 2 veces, en una frontera a sellar entrada y salida de paises) y me surgió esa pregunta. En cuantos paises mas sucederá algo así? Que hagan control migratorio 2 paises en la misma oficina… gracias por tu respuesta

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  21. felipeortizl dice:

    Buen día estimado autor, soy paisano suyo y de la ciudad de Cúcuta. Dentro de mi curiosidad y deseo de conocer el mundo quisiera que usted me plasmara algunas ideas para poner en práctica, ya que si conozco san cristóbal en venezuela es mucho mundo por el momento, y sería de ayuda unos tips a saber qué países visitar siendo novato y con bajo presupuesto, el cómo podría entrar en éste estilo de vida que es muy interesante y por sobre todo el cómo hacerlo en solitario. Gracias y saludos!

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  22. Alex Racine dice:

    Buenas Tardes Sr Apache,

    Desde hace poco estoy siguiendo su blog y cada entrada tiene su encanto.

    Me parece muy chevere la forma en que habla de cada lugar, me gustaron mucho las entradas sobre Irán.

    Saludos desde Bogotá, no se si en este momento está de viaje 😉

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