Israel, entre la paranoia, la tradición y la modernidad

Javier es un gran amigo mío y un viejo conocido de este Blog. De hecho, a Javier lo conocí hace años ya gracias al Blog de Banderas en su lugar favorito en España, Lérida, de camino al Principado de Andorra… el primer viaje que hicimos juntos. Desde ahí, cada que yo organizo viaje a algún lugar ocurre una de dos cosas: 1. Él decide que quiere pegarse como ocurrió cuando recorrimos Rumania y Bulgaria con unas amigas, ó 2. Él no puede venir conmigo y me insulta durante meses por no haberlo llevado. Así funciona. Pero claro, cuando él viaja solo, no hay escándalo ni insulto que valga. Organiza todo con sus amigos españoles y a mí que me viole un mapache. Las injusticias de la vida señores, las injusticias de la vida.

En cualquier caso, uno de esos viajes que hizo solo fue a Israel, Palestina y Jordania… Y como siempre, yo le encargué una entrada para el Blog. Él suele ignorar todas mis solicitudes (sigo esperando sus entradas sobre Colombia, Luxemburgo, Lesotho, Swazilandia, Jordania, Palestina… y así) pero extrañamente esta vez dijo que escribiría y escribió. Y no sólo escribió sino que lleva 5 días tocándome los cojones (como dicen en España) porque no la he publicado.

Entonces, con el simple objetivo de que Javier deje de joder llamándome 18 veces al día, vamos con su entrada titulada “Israel, entre la paranoia, la tradición y la modernidad“. Como siempre, traigan café y acomódense que esto se pone bueno. Disfruten:


Unos soldados entran al autobús, arma larga cruzada en el brazo. Escudriñan cada rincón y a cada persona, cruzan miradas con otros soldados que viajan como pasajeros y salen tan serios como entraron. En un momento dado, cuento 10 fusiles dentro del bus. Todo el mundo parece tranquilo, pero una sensación de tensión, gravedad y hastío flota en el aire: vamos camino del Sinaí y estamos en Israel. Viajo por el país donde la seguridad es más que una cuestión nacional: es la cuestión nacional. Pasen y vean: esto es el avispero del Oriente Próximo.

Entrar en el avión desde Madrid es ya una odisea. Antes de facturar, el control es exhaustivo y roza lo paranoico. Me apartan de la fila, y con mal fingida amabilidad disparan preguntas a bocajarro. Somos de la seguridad de la compañía nacional israelí, y como sabrá, ha habido intentos de explosión de bombas en nuestros aviones. Asiento, incrédulo y resignado. Me preguntan de dónde vengo, a dónde voy y por qué. No se trata de un cuestionario filosófico sino de la cruda realidad de un país que debe defenderse con uñas y dientes de enemigos reales e imaginarios en su permanente afán de reivindicarse como dueño de una tierra que discutiblemente le pertenece. Cuánto tiempo va a estar allí. La cosa se alarga. El tipo toma mi pasaporte e intercambia unas palabras en hebreo con otra persona que interroga a una periodista que viaja por motivos profesionales a Tel Aviv. Vuelve y continúa disparando durante media hora más: dónde trabajo, quién hizo mi equipaje, con quién vivo. Me advierte de que una vez que me encuentre en la puerta de embarque me conducirán a una sala subterránea del aeropuerto a que me registren el equipaje de mano y el facturado.

Y así es. La espera es larga y tan seria como el rictus de la persona que minuciosamente revisa hasta el último rincón de mi mochila. Diez minutos antes de la salida programada del vuelo, me libera y me deja entrar al avión.

Salvo un retraso de una hora, el trayecto es confortable. El pasaje está compuesto en su mayoría por israelíes que han pasado sus vacaciones en España, como mi compañera de asiento. De Tel Aviv, unos 60 años, me cuenta que sus padres son judíos italianos que emigraron de su país natal tras la Segunda Guerra Mundial. Hace hincapié en la diversidad cultural que encontraré en Israel, con gentes venidas de infinidad de lugares a poblar el estado judío: polacos, etíopes, rusos, estadounidenses, italianos, alemanes… cada uno con su propia lengua y unidos por una religión. Lo de unidos por una religión, como comprobaría más adelante, no era tan exacto como ella decía.

Cinco horas después, se divisa Israel desde el aire. El color es el de la arena del desierto: un paisaje árido, plano y salpicado de edificios a orillas del mar. Es Tel Aviv desde lo alto: una ciudad moderna en un país antiquísimo, lleno de contradicciones, donde uno llega plagado de prejuicios.

Por fin llega al momento de entrar al país. Después de la experiencia pasada, lo que me encuentro en inmigración es ya pan comido: unas cuantas preguntas, una espera más larga de lo habitual para recoger las maletas y una cosa curiosa: no estampan sello de entrada al país, sino que el permiso de entrada supone llevar un papelito aparte que debes tener mucho cuidado en no perder. La situación del país, no reconocido por más de 30 Estados y odiado por varios de sus vecinos, desaconseja tener un sello israelí en el pasaporte (Nota del Blog de Banderas: Más información al respecto en la entrada titulada “Limitaciones internacionales al uso de los pasaportes y otras curiosidades“).

La fila para el taxi se presenta larga y aprovecho para echar un vistazo. El aeropuerto y la carretera que llega a él están engalanados con tantas banderas de Israel como de Estados Unidos: Donald Trump visitará Jerusalén dentro de 3 días, exactamente el mismo día que nosotros. Si la seguridad en Israel roza lo paranoico, ese día iba a ser la apoteosis.

Pese a ser viernes por la tarde, no encontramos mucho tráfico en el trayecto entre el aeropuerto y Tel Aviv. Me hospedo en Yafo, una de las zonas portuarias de la capital no oficial de Israel. La casa, un apartamento con sótano y un pequeño patio, parece haber sido construida al estilo estadounidense. La decrepitud de los edificios y el olor acre que desprenden las calles traen a mi memoria aquel otro avispero mediterráneo donde pasé unas horas: Chipre del Norte (Nota del Blog de Banderas: Y sobre ese viaje, Javier también escribió esta entrada: “Un viaje a un país que no existe: República Turca del Norte de Chipre“). Ésta no parece ser la ciudad moderna y cosmopolita de la que yo había oído hablar, pero agradezco la tranquilidad que se respira y el silencio que encuentro alrededor.

Deshago la maleta y me dirijo a la playa. Veo el Mediterráneo, algo poco exótico para un español, pero desde el otro lado. En su extremo más oriental, este mar, que tantas veces he visto (no en vano, vivo a 2 horas en coche de la playa mediterránea más cercana), se presenta ante mí revestido de mil detalles que le hacen parecer otro. Está atardeciendo, y el sol se pone por el horizonte, tras las nubes. En España, con su fachada mediterránea orientada hacia el este, es imposible ver una puesta de sol en este mar si no es en las Islas Baleares o en Ceuta o Melilla. A la izquierda, la ciudad vieja de Yafo, con sus callejas árabes. Frente a mí, una mujer cubierta de pies a cabeza pasea por la arena con su hijo en brazos. A la derecha, al norte, decenas de rascacielos se erigen como estandartes de la modernidad de la ciudad y del país y que, ahora sí, me evoca la imagen que me había formado de la ciudad.

Atardecer en el Mediterráneo
Atardecer sobre el Mediterráneo
El Mediterráneo al atardecer en Tel Aviv
Atardecer sobre el Mediterráneo
El Mediterráneo al atardecer en Tel Aviv (2)
Atardecer sobre el Mediterráneo
Playas de Tel Aviv con Yafo al fondo
Playas de Tel Aviv con Yafo al fondo

 

 

Es hora de cenar, y elijo uno de los dos restaurantes a pie de playa que veo en el paseo marítimo. De apariencia griega, no está lleno y una camarera me invita a pasar. Pido un par de platos y me pongo a hablar con ella. De padres rusos, vino a Israel con 5 años. Está contenta, le encanta vivir en Tel Aviv: practica el running y recorre cada mañana el trayecto entre Jaffa y el centro a través de esa Kaufmann Street, bautizada en nombre de Yehezkel Kaufmann, un filósofo judío israelí nacido en Ucrania.

Se llama Vanesa y habla español, pues tiene familiares en Argentina y los ve con relativa frecuencia.

Rusos, ucranianos, italianos… la diáspora que durante 2.000 años mantuvo a los judíos fuera de la tierra que según su tradición les pertenece ha creado una comunidad asentada en prácticamente todos los países del mundo, cada una con su propia lengua, pero unidas por una tradición oral que se transmite por vía materna y se materializa, entre otras cosas, en la lengua común de los judíos y del estado de Israel: el hebreo. Cualquier judío de cualquier país del mundo tiene derecho a asentarse en Israel por el mero hecho de ser judío.

Y así es Tel Aviv: vuelvo a cenar en la zona de restaurantes de la ciudad vieja y pienso que es difícil establecer un patrón físico de ciudadano. Los hay rubios, morenos, negros, altos, bajos y de todas las formas de vestir posibles.

Tel Aviv es un crisol de razas y de culturas: árabe, judía, modernidad y antigüedad. Una ciudad vibrante y abierta al mundo, que se ha especializado en empresas de tecnología y que le ha llevado a ser apodada “Silicon Wadi”. Pasear de noche por sus calles supone escuchar inglés con acento estadounidense con tanta frecuencia como el hebreo.

Tel Aviv
Tel Aviv
Costa de Tel Aviv
Tel Aviv
Tel Aviv de noche
Vista nocturna de Tel Aviv
Gigantesca bandera de Israel en Tel Aviv
Gigantesca bandera de Israel en Tel Aviv

Al día siguiente recorro la parte vieja de la ciudad de Yafo. Utilizada ya como puerto natural desde hace miles de años, su arquitectura, con callejuelas de estilo árabe, escaleras y muros fortificados, recuerda a la de cualquier ciudad del norte de África más que a una del Próximo Oriente. La temperatura es perfecta y los músicos en la calle, la brisa del mar y el olor a kebab alegran la mañana e invitan a seguir recorriendo este rincón del Mediterráneo. A lo largo de las calles, tiendas de artesanía y pinturas van apareciendo mientras un guía explica a un grupo de turistas católicos la importancia estratégica que tuvo esta ciudad en la época de las cruzadas como puerto de entrada a Jerusalén. En una pequeña plaza, un judío etíope, encaramado en lo alto de un monumento en forma de puerta, canta a los cuatro vientos, ojos cerrados y brazos extendidos, con el único propósito de alegrar su alma. Los falashas son unos 90.000 judíos de origen etíope que fueron reconocidos como descendientes de una de las tribus de Israel. No gozan de mucha reputación en el país, pero su presencia se hace notar, creando una pintoresca nota de color en sus calles. La suave brisa mediterránea mitiga el sol de mayo que, a pesar de ser primavera, cae a plomo en esta región desértica, y bajo de nuevo a la playa a descansar de la caminata.

Calles de Yafo (Tel Aviv) (2)
Calles de Yafo (Tel Aviv)
Calles de Yafo (Tel Aviv) (3)
Calles de Yafo (Tel Aviv)
Calles de Yafo (Tel Aviv)
Calles de Yafo (Tel Aviv)
Calles del Tel Aviv viejo
Calles de Yafo (Tel Aviv)
Falasha cantando en Tel Aviv (2)
Falasha cantando en Tel Aviv
Falasha cantando en Tel Aviv
Falasha cantando en Tel Aviv

Unas semanas antes de comenzar este viaje, trabé conversación con Noa, una chica que vive en Tel Aviv desde hace unos años. Nacida en Ramat Gan, una ciudad cercana a Tel Aviv, me contaba que es licenciada en economía, profesión que compartimos y sobre la que giró nuestra conversación al principio. Trabaja como directora financiera en una mediana empresa de esta ciudad y la coincidencia de sus estudios y los míos y la de su nombre con el de mi sobrina pequeña fue una buena excusa para invitarla a tomar una copa mi última noche en su ciudad. Le cuento que escribiré sobre ella en el blog, y, humilde, me dice que no tiene nada de extraordinario que decir.

Me lleva a la avenida Rotschild, una de las más exclusivas de la ciudad, que los sábados bulle de actividad con restaurantes, pubs y discotecas llenas de gente joven, en una imagen radicalmente distinta a la que un foráneo y sus prejuicios puede tener de Israel.

Me cuenta que sus abuelos maternos nacieron en Túnez y lucharon contra los Afrika Korps del general nazi Erwin Rommel, y que sus abuelos paternos, polacos, fueron capturados, confinados a Auschwitz y que lograron escapar una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial. Intento disimular lo mucho que estaba disfrutando la conversación, y le pregunto por qué me dice que su historia no tiene nada de extraordinario… y me responde que ella no es más que una más de muchas nietas de exiliados judíos que escaparon del holocausto. Just one among the crowd. Vivir en primera persona lo que has leído en decenas de libros es algo que no ocurre todos los días, y se lo hago saber. Seria y fría durante toda la noche, me sonríe esta vez y cambia de tema. No es su mejor noche, me dice. Termina su Coca-Cola, yo apuro mi gin-tonic y la acompaño a la parada del autobús. Son las 23:30 y es hora de volver a la casa.

Jerusalén es mi siguiente parada. Me despierto temprano, hago la maleta y disfruto de un desayuno a orillas de la playa, y observo por última vez la vibración de una ciudad como Tel Aviv una mañana cualquiera del mes de mayo: un grupo de musulmanes forma un círculo escuchando música árabe en estridentes altavoces; dos mujeres completamente tapadas por el velo integral islámico pasean por la playa: por sus gestos se adivina que están hablando, no así por sus bocas, que no se perciben; un grupo de estadounidenses juega a las palas en la arena, a orillas del mar; una chica sola, en bikini, lee un libro; una pareja se besa; tres ejecutivos discuten, papeles en mano, lo que parece ser una discrepancia en un negocio; unos cuantos judíos ortodoxos caminan por el paseo marítimo en silencio… Estoy en la otra punta del mar Mediterráneo y me deleito en la constatación de que esta ciudad mezcla como pocas diferentes culturas, hábitos, gentes y aficiones en un ejemplo de convivencia que no muy lejos de aquí resulta absolutamente impensable.

El taxista que me lleva a la estación de autobuses no difiere ni un ápice del resto de taxistas y de la mayoría de los israelíes en sus trabajos: impertérrito, serio y distante, cumple su carrera y me cobra 18 shekels (unos €4,5 o USD 5). La línea regular que cubre el trayecto Tel Aviv-Jerusalén es la 480 y hay autobuses prácticamente cada media hora.

Tomando el bus a Jerusalén desde Tel Aviv
Tomando el bus a Jerusalén desde Tel Aviv

En la cola, jóvenes militares armados con sus metralletas hacen fila junto a judíos ortodoxos, musulmanes y turistas. Le pregunto a uno de ellos a dónde van tantos. Me explica que el servicio militar es obligatorio durante 3 años para los hombres y casi 2 para las mujeres, y que en tiempos de revuelta, pueden ser llamados en cualquier momento. En este instante, hay movimiento en la frontera del Sinaí, cerca de Egipto, y se dirigen allá “a ver qué pasa”. Su tono es alegre y se le une un compañero para darle más detalles a un viajero español al que preguntan, cómo no, si soy del Madrid o del Barcelona.

El autobús, muy correcto, tarda poco más de 1 h en cubrir los 75 km que separan ambas ciudades.

La distancia es poca, pero la diferencia entre ambas ciudades es brutal. Es la modernidad frente a la tradición, el dinero frente a la religión, lo material frente a lo espiritual. Hordas de ortodoxos con sus levitas negras, sus sombreros y sus largas patillas se arremolinan en calles atestadas de coches que desobedecen cuanta norma de tráfico existe. La primavera y su cielo azul me reciben en Jerusalén. Es un día cualquiera de un año cualquiera en esta ciudad sagrada durante milenios y me dispongo a aprovechar el tiempo para pasear y sentir el pálpito de una ciudad cuyo nombre evoca espiritualidad, historia, solemnidad y que ha sido centro de disputas durante toda su existencia.

Además de la abundancia de judíos ortodoxos, lo primero que llama la atención es que la ciudad tiene un toque decadente y sucio que no se percibe en absoluto en Tel Aviv. Las calles son mucho más estrechas, el pavimento es vetusto y hay cuestas empinadas. Todo tiene sentido si tenemos en cuenta que Jerusalén es una de las ciudades más antiguas del mundo (hasta 5.000 años parece tener) y que se encuentra en los montes de Judea, de hasta 1.000 metros de altitud.

La idea es recorrer la ciudad vieja, adentrarme en Jerusalén este, ocupada por Israel y reclamada por Palestina, subir al monte de los Olivos, explorar la plaza de las mezquitas y visitar la iglesia de la Natividad y otros puntos sagrados. ¿Cuál es la probabilidad de hacer un viaje y realizar exactamente el mismo recorrido que el presidente de los Estados Unidos? No tengo ni la más remota idea, pero eso me ocurrió. La política del voluble presidente estadounidense es bien celebrada por estas tierras. Trump is a friend of Zion, rezan varias pancartas bien visibles a lo largo de la ciudad.

Carteles de apoyo a Trump
Carteles de bienvenida a Trump
Carteles en favor de Trump
Carteles de apoyo a Trump

Me alojo en un apartamento de un tranquilo barrio de Jerusalén, a aproximadamente 30 minutos andando de la que iba a ser mi primera visita: la explanada de las mezquitas.

Explanada de las mezquitas (2)
Explanada de las Mezquitas
Explanada de las mezquitas (3)
Explanada de las Mezquitas
Explanada de las mezquitas
Explanada de las Mezquitas

Caminar por el centro histórico de esta ciudad es sumergirse en Historia, con mayúsculas. La Ciudad Vieja es un entramado laberíntico y casi claustrofóbico de callejas repletas de comercios de todo tipo, que tuve la inmensa suerte de ver en su estado natural – repleto de gente – y de una manera absolutamente inusual: vacía y con los comercios cerrados. La visita de Donald Trump propició que, por estrictas razones de seguridad, se cerrase a cal y canto cualquier lugar donde se pudiese producir un atentado que habría resultado ser una masacre.

Puerta de entrada a la ciudad vieja de Jerusalén
Puerta de entrada a la Ciudad vieja de Jerusalén
Ciudad vieja de Jerusalén (2)
Ciudad vieja de Jerusalén
Ciudad vieja de Jerusalén (3)
Ciudad vieja de Jerusalén
Ciudad vieja de Jerusalén (4)
Ciudad vieja de Jerusalén
Ciudad vieja de Jerusalén (5)
Ciudad vieja de Jerusalén
Ciudad vieja de Jerusalén (6)
Ciudad vieja de Jerusalén
Ciudad vieja de Jerusalén
Ciudad vieja de Jerusalén
Vía Dolorosa, Jerusalén
Vía Dolorosa en la Ciudad vieja de Jerusalén

En Jerusalén coexisten algunos de los símbolos más sagrados de las religiones más importantes del planeta: el muro de las lamentaciones, el santo sepulcro, la cúpula de la roca y la mezquita de Al-Aqsa. Visitarlos es encontrarse en el epicentro de todas las disputas religiosas que históricamente han envenenado las relaciones entre países, culturas y gobiernos. Entenderlos es empaparse de espiritualidad. Admirarlos es darse cuenta de que lo que nos une es mucho más que lo que nos divide. Y eso que hay cosas que efectivamente nos dividen: fui testigo de cómo expulsaban de la explanada de las mezquitas a un grupo de filipinos que se hacían la típica foto saltando por transgredir la espiritualidad del momento; o cómo un guardián de incógnito reprendía a una pareja que simplemente se cogía de la cintura y del hombro para retratarse con la cúpula de la roca de fondo; o cómo había que pasar por un profuso control, incluido un arco de seguridad, antes de acceder al muro de las lamentaciones; o cómo las mujeres debían taparse las piernas a pesar del sol, que caía a plomo sobre las piedras… Y todo esto en un lapso de apenas 2 horas.

Y en ello pienso cuando camino hacia el muro de las lamentaciones. Con dos zonas separadas, una para hombres y otra para mujeres, el uso de la kipá o sombrero judío es obligatorio, lo que no supone ningún problema, pues hay un autoservicio a la entrada del complejo. Acariciar las milenarias piedras del que fue el templo del rey Salomón es toda una experiencia, y más cuando a mi alrededor observo a varios judíos ortodoxos balancearse y murmurar, con sus ojos cerrados y sin perspectiva alguna del paso del tiempo. Me detengo acariciando la suave rugosidad de esa mítica pared y cierro los ojos; súbitamente, el tiempo parece detenerse y transcurre un lapso de tiempo absorto en pensamientos que no acierto a recordar después, mientras me embarga una reconfortante sensación de paz; fruto de la sugestión, sí, pero real y absolutamente sorprendente.

Al pie del Muro de las Lamentaciones
Muro de las Lamentaciones
Cementerio judío a los pies del muro de las lamentaciones
Cementerio judío al pie del Muro de las Lamentaciones
Continuación del Muro de las Lamentaciones
Muro de las Lamentaciones
El Muro de las Lamentaciones
Muro de las Lamentaciones
Muro de las Lamentaciones (2)
Muro de las Lamentaciones
Muro de las Lamentaciones
Muro de las Lamentaciones
Alrededores del Templo de Salomón (2)
Alrededores del Templo de Salomón
Alrededores del Templo de Salomón
Alrededores del Templo de Salomón

Inicio entonces la subida al monte de los Olivos, el lugar donde, según la tradición cristiana, Jesucristo fue capturado, iniciándose el proceso que acabó con su crucifixión. El monte es el lugar de eterno descanso de miles de judíos que consideran que éste es el lugar desde el que ascender a los cielos.

La subida es empinada, pero merece la pena llegar hasta arriba: la vista desde la cima me recompensó con una de las experiencias más espectaculares que jamás he tenido. Ver la vieja ciudad de Jerusalén al atardecer es absolutamente inenarrable. La cúpula de la roca, desde donde según la tradición musulmana Mahoma ascendió a los cielos, luce majestuosa iluminada por el sol del atardecer de primavera. Las construcciones sencillas, cuadradas y planas de las casas no han variado en milenios y proyectan exactamente la imagen que uno espera al ver la ciudad desde lo alto: un caos urbanístico, una decadencia desértica, una melancolía hecha ciudad.

Cúpula de la Roca
Cúpula de la Roca
Atardecer desde el Monte de los Olivos (2)
Atardecer desde el Monte de los Olivos
Atardecer desde el Monte de los Olivos
Atardecer desde el Monte de los Olivos
Atardecer en Jerusalén desde el Monte de los Olivos
Atardecer desde el Monte de los Olivos
Atardecer sobre Jerusalén
Atardecer desde el Monte de los Olivos
Cementerio judío en el monte de los Olivos
Cementerio judío en el Monte de los Olivos
Huerto de Getsemaní
Huerto de Getsemaní
Jerusalén (2)
Jerusalén
Jerusalén y el monte de los Olivos
Jerusalén y el Monte de los Olivos
Jerusalén
Jerusalén
Monte de los Olivos
Monte de los Olivos
Tumba de Zacarías a los pies del Monte de los Olivos
Tumba de Zacarías a los pies del Monte de los Olivos

Al caer el sol, y mientras se observan calles, templos, mezquitas que han sido objeto de milenios de luchas, se alza la voz del almuecín que llama a la oración. A mi lado, una mujer católica rompe a llorar emocionada por el momento. De un autobús, poco antes, habían descendido docenas de judíos ortodoxos que se dirigían a visitar a sus muertos. El contraste entre estas tres religiones es conmovedor, y lo único que apetece es sentarse y observar, con la piel de gallina, cómo cae una noche más en este atormentado lugar.

Judíos ortodoxos van a visitar el cementerio
Judíos ortodoxos van a visitar el cementerio

Caminé después rodeado de soledad, de noche, por las calles por las que Jesús caminó cargando la cruz sobre su espalda. La iluminación de la ciudad vieja es tenue y mortecina, pero se ven las placas que marcan distintos hitos de la tradición evangélica: el lugar exacto donde se le colocó la corona de espinas, el Via Crucis, la iglesia del Santo Sepulcro… Fui educado según la tradición católica y, aunque no practico la religión en absoluto, el magnetismo y simbolismo de estas piedras, unido a la soledad y el silencio que a estas horas de la noche le acompañan, provoca un sentimiento de humildad y respeto difíciles de explicar.

Placa indicando el lugar donde Jesús fue capturado y flagelado
Placa indicando el lugar donde Jesús fue capturado y flagelado

Salgo de la ciudad vieja por la puerta Jaffa y, como amante de las fronteras, me pregunto cuál será exactamente el límite entre Jerusalén Este y Jerusalén Oeste. Según Google Maps, la Línea Verde pasa exactamente por la puerta. Esta Línea Verde se marcó en 1949 tras la Guerra Árabe-Israelí del año anterior y sirvió como frontera de facto entre las dos partes de la ciudad Posteriormente Israel invadió Jerusalén Este durante la Guerra de los Seis Días de 1967 contra la República Árabe Unida (Jordania, Iraq y Siria), que la había administrado durante los 18 años anteriores, y desde entonces, la ciudad se encuentra, según la ONU, en estado de ocupación. Evidentemente, no hay ningún marcador fronterizo ni ninguna señal que evidencie que ésta es una especie de frontera internacional, y mucho menos cuando los israelíes tratan de reivindicar con sus símbolos su posesión de la ciudad entera: se ven banderas de Israel en todas partes, y especialmente en las zonas ocupadas. No obstante, al salir de la puerta y adentrarme en las calles de Jerusalén Este, el contraste con la otra parte de la ciudad es notorio: se ven puestos de kebab callejeros, personas conversando en árabe y un ambiente mucho más sombrío, si cabe, que en Jerusalén Oeste. Compro un paquete de cigarrillos a un vendedor ambulante y la leyenda de “fumar mata” (o lo que quiera que diga el paquete) está escrito en árabe.

Intento entender ese contraste, esa peculiaridad maldita de esta ciudad disputada y rasgada y cosida tantas veces, pero me puede el hambre y el cansancio, y no tengo la cabeza para pensar.

Intento tomar un taxi, pero las calles están cortadas debido a la visita de Trump. Paseo, pues, hasta el apartamento, y me topo con un grupo de manifestantes que protestan frente a la embajada estadounidense: Trump, you’re not welcome. Está claro que el conflicto árabe-israelí está muy lejos de resolverse. Paso de largo, por si acaso, y duermo. Al día siguiente voy a visitar el Mar Muerto, Jericó, el río Jordán, Belén… Pero eso es historia de otro país que visitaría poco después: Palestina.

Protestas en contra de Estados Unidos
Protesta en contra de la visita de Trump

Volveré días más tarde a Israel tras pasar por Jordania y aún dormiré otra noche en Tel Aviv. Salgo a tomar una copa y pienso en el contraste entre esta ciudad, joven, cosmopolita y vibrante, y la tormentosa, sagrada y claustrofóbica Jerusalén. Separadas por apenas 75 km pero pertenecientes a mundos absolutamente distintos.

Salir del país no supone sufrir el mismo interrogatorio por el que pasé en Madrid, pero lo que en principio parecía ir bien, se tuerce cuando la empleada de la compañía aérea ve estampado en mi pasaporte el sello de Jordania. Qué ha hecho usted allí, cuánto tiempo pasó, dónde trabaja, qué ha venido a hacer a Israel… el interrogatorio es menos intenso, pero igualmente implacable.

Subo al avión y entablo conversación con mi compañera de asiento, que, junto con su hermana, le ha regalado a su madre un viaje a España como cumpleaños. Son 5 horas de vuelo y, cuando ya cogí confianza, le pregunto por el conflicto con Palestina. Equidistante, apaciguadora, no me ofrece el mismo argumento que se lee en todas partes (ellos matan más, ellos ocuparon nuestra tierra ancestral, no nos merecemos lo que están haciendo, que nos dejen vivir en paz…), sino que se muestra crítica con la política de asentamientos de Israel en territorio palestino, con la ocupación de Jerusalén y con el trato que se les da a los palestinos por parte del gobierno. Me insiste en que muchos israelíes están cansados de la situación y que no entiende por qué hay tanto recelo con su país en el resto del mundo. Le cuento los prejuicios que tanta gente tiene hacia Israel, y se sorprende. Ella vive su día a día en este país, tratando de trabajar, sacar a su familia adelante y viviendo lo mejor que puede sin hacer daño a nadie, y le duele que puedan a llegar a pensar de ella en términos de xenofobia, intolerancia o aislamiento: it’s just a political thing I’m not interested in.

Me adormilo y continúo con el pensamiento que me venía a la cabeza mientras paseaba la noche anterior por la playa: pienso en realidad en todos los contrastes que existen en el mundo, y en los prejuicios que mostramos ante ciertas personas por cosas que hemos leído o visto en televisión. Y en cómo estos nos impiden tantas veces visitar lugares que realmente merece la pena conocer, empatizar con el diferente y escuchar su punto de vista. Darse cuenta, en fin, de que a pesar de todas las tradiciones, culturas, idiomas y climas diferentes, todos buscamos lo mismo: la felicidad y la tranquilidad nuestra y de los nuestros. Y pienso, echando la vista atrás y constatando cuánta gente de bien vive en Israel, en Palestina y en Jordania, que ojalá lleguen esa felicidad y esa tranquilidad a este atormentado rincón a orillas de mi querido Mediterráneo.


Y hasta aquí llegamos con Javier y su entrada sobre Israel. Esta vez tuvo un tono bastante diferente pero tengo que confesarles que la disfruté bastante… Espero que ustedes también. Ahora, antes de irse, varias cosas. Primero, les dejo a continuación las demás entradas que ha escrito Javier aquí en el Blog por si les interesan:

Y dos, pásense por las redes sociales del blog y echamos chisme: Twitter / Instagram / Facebook / Youtube. Hasta la próxima entrada y, como siempre, ¡adiós pues!

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5 comentarios

  1. Que hermosa experiencia. A pesar de las cuestiones relacionadas a la seguridad, se ve a la clara como Israel es la única democracia del cercano oriente, dónde cada fe es profesada en libertad y su lugares santos son respetados como corresponde.

    Pensar que en algunos países árabes está prohibido pasear por la calle con un cruz (por mas pequeña que sea) o construir iglesias… en hora buena para el mundo libre y tolerante, tener un ejemplo como Israel.

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    • Debo confesar que Javier es uno de esos exquisitos narradores que tienen la habilidad de transportar al lector al lugar que describen. Es un relato ligero, agradable y digerible. Buena literatura y excelente Blog.

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  2. Leer esta entrada me trajo recuerdos; pues estuve allá precisamente en 2014, cuando Hamas estaba amenazando con bombardear la pista del aeropuerto de Tel Aviv! El título es más que justo: entre la paranoia, la antigüedad y la modernidad. Abrazo!

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