Un viaje a un país que no existe: Abjasia

Y entonces Juan Carlos (y lo dejamos sin apellido para que no tenga problema con las autoridades de la zona) se fue desde España hasta Abjasia y nos mandó una crónica de su viaje con su esposa y su hijo pequeño (no sin antes producirle una envidia incalculable a este Mapache que no ha podido pasar por esas tierras). A Juan Carlos lo conocí hace años ya cuando coincidimos en un centro comercial de Johannesburgo. Él me había pedido las nuevas monedas que había emitido Colombia y yo, como iba a estar allá, serví de servicio de correos. Nos tomamos un café que resultó ser bastante rápido porque yo llegué tarde (gracias al tráfico fantástico de Pretoria a hora pico) y él tenía que tomar el último tren al centro. Aún así, fue un placer conocerlo… De hecho eso es lo que más me gusta del blog, que me permite conocer a disfuncionales de la geografía y los viajes como yo en cualquier lugar extraño del planeta.

Pero bueno, dejemos la introducción y démosle la palabra a Juan Carlos y su viaje a Abjasia. Traigan café, acomódense y espero que lo disfruten. Con ustedes:


Un viaje a un país que no existe: Abjasia

Desde que tengo uso de razón me ha llamado mucho la atención el mundo postsoviético: recuerdo perfectamente ser consciente a principios de los años noventa de que el enorme país que en los atlas ocupaba buena parte del este de Europa y el norte de Asia se había disgregado en múltiples repúblicas misteriosas. Pero antes de Internet y con las enciclopedias desfasadas sólo podía esperar a que alguna revista o periódico publicara algún mapa más o menos preciso y actualizado para enterarme de cuáles eran. Este interés me llevó años después a apuntarme a clases de ruso en la universidad: había que rellenar créditos con asignaturas optativas, y mientras que la mayoría de mis compañeros elegía inglés para conseguirlos sin mucho esfuerzo, yo decidí iniciarme en una lengua que esperaba que me resultara útil para viajar. Y tanto que lo fue: mi primer viaje a la antigua Unión Soviética fue en 2005, cuando recorrí los países bálticos, San Petersburgo, Moscú, Bielorrusia y otros países de Europa central y oriental. Pero cuando la lengua rusa me facilitó realmente la vida fue en 2010 cuando la que ahora es mi esposa y yo nos lanzamos a recorrer Asia Central. Pasamos por Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán y fue uno de los viajes más difíciles que hemos hecho, con poco alojamiento y aún menos transporte. La anécdota de viajes con la que más veces hemos aburrido a nuestros amigos es la de cuando nos quedamos atrapados durante tres días en el Pamir, alojados en casa de unos pastores de yaks en la frontera entre Kirguizistán y Tayikistán mientras esperábamos que alguno de los dos o tres camiones que pasaban al día tuviera sitio libre para sacarnos de allí.

Pero me voy por las ramas, yo había venido a hablar del Cáucaso. Concretamente del viaje que hicimos en junio de este año, esta vez acompañados por nuestro hijo, que aún no había cumplido los dos años. Georgia, Armenia y Azerbaiyán son países cómodos, seguros y baratos, y a diferencia de Asia Central, es fácil encontrar transporte, alojamiento y comida de estándares europeos.

El Cáucaso es una región compleja donde se entrelazan culturas, etnias y lenguas muy diversas, frecuentemente con una turbulenta historia de conflictos, guerras y rencores más o menos recientes. Además de las tres repúblicas internacionalmente reconocidas, existen otras tres con reconocimiento internacional muy limitado: la República de Artsaj (anteriormente conocida como Nagorno Karabaj, oficialmente parte de Azerbaiyán pero controlada por Armenia) y las Repúblicas de Osetia del Sur y de Abjasia (oficialmente parte de Georgia, pero controladas por Rusia). Un obseso de las fronteras, la geopolítica y las anomalías geográficas como yo no podía dejar pasar la oportunidad de visitar todas las que pudiera. Sobre Artsaj ya publicó una crónica el Mapache cuando la visitó hace unos años (y pueden leer la entrada haciendo click aquí), y si dijera que la he visitado tendría vetada cualquier futura visita a Azerbaiyán (no he dicho que haya ido, ¿verdad? Guiño, guiño). Osetia del Sur quedaba fuera de los límites: no es posible cruzar la frontera desde Georgia y al parecer hacerlo desde Rusia es un infierno burocrático, además de ilegal según la legislación georgiana. Pensé que con Abjasia pasaría lo mismo ya que su historia y su situación política son similares: ambos territorios eran entidades autónomas dentro de la República Socialista Soviética de Georgia, pero tras la disolución de la Unión Soviética se vieron envueltos en cruentas guerras por la independencia que terminaron venciendo los separatistas, aunque sin conseguir reconocimiento internacional generalizado. Tras la breve guerra de 2008 Rusia y, posteriormente, algunos países más reconocieron la independencia de ambos territorios, aunque la postura de las Naciones Unidas sigue siendo que legalmente forman parte de Georgia a pesar de que Tiflis no ejerce un control efectivo sobre ellos desde hace décadas.

Cuando empecé a informarme, descubrí que era posible visitar Abjasia desde Georgia, aunque para ello hay que solicitar con antelación un permiso al Ministerio de Asuntos Exteriores de Abjasia. Fue tan sencillo como rellenar un formulario en su página web sin necesidad de hacer ningún pago por adelantado, y en unos cuantos días recibí en mi correo electrónico un documento con el escudo de Abjasia y nuestros nombres en cirílico. ¡Qué ilusión me hizo ver mis datos en un documento oficial de un país no reconocido!

Así pues, tras un par de semanas recorriendo Georgia, Azerbaiyán y Armenia (y quizá esa otra república que no quiero dejar por escrito) cogimos el tren nocturno entre Tiflis y Zugdidi, la ciudad más próxima al único puesto fronterizo entre Georgia y Abjasia.

Llegamos a Zugdidi sobre las seis de la mañana, y mientras casi todos los turistas se subían a los minibuses que esperaban en la estación para llevarlos a la región de Svanetia nosotros pasamos de largo y recuperamos fuerzas en un puestecillo donde desayunamos café de máquina y unas magdalenas. Los taxistas no paraban de preguntarnos adónde íbamos, y expresaban sorpresa o directamente rechazo y disgusto cuando contestábamos que a Abjasia. Las heridas de la guerra siguen muy presentes en la región, tanto físicas como emocionales… Algunos taxistas trataron de convencernos de que no había transporte público a la frontera, pero les ignoramos y echamos a andar siguiendo las indicaciones de la guía que llevábamos. En el lugar que indicaba, junto a un puente en una zona llena de puestos que empezaban a animarse a pesar de lo temprano que era, encontramos un minibús que iba para allá, y en un rato nos dejó en el puesto de control georgiano.

Estábamos en una carretera rodeada de campos verdes y algo pantanosos donde pastaban las vacas, sin más construcciones a la vista que un par de edificios bajos donde vendían algo de comida, una parada de autobús y una garita con una bandera de Georgia y otra de la Unión Europea (Georgia no forma parte de la Unión, pero la bandera de las estrellas amarillas ondea en todos los edificios oficiales dejando constancia de sus aspiraciones). El policía miró nuestros pasaportes con suspicacia y nos dijo que teníamos que esperar a que viniera su jefe a las diez de la mañana. Eran las 7:30, y no tuvimos más remedio que sentarnos a la sombra de la parada de autobús a dejar que pasara el tiempo. De vez en cuando cruzaba algún coche con matrícula abjasia en una u otra dirección (no deja de sorprenderme que los georgianos permitan que circulen vehículos con matrícula de una región rebelde), aunque casi todo el tráfico lo conformaban vacas, perros y gallinas que entusiasmaron a mi hijo. Rompió un poco la monotonía la llegada de un mochilero australiano que hablaba español: le dijeron lo mismo que a nosotros, y estuvimos charlando con él sobre viajes hasta que poco antes de las diez los policías nos llamaron, nos devolvieron los pasaportes y nos dieron permiso para continuar.

Caminamos algunas decenas de metros por una carretera desierta y al doblar un recodo tuvimos ante nosotros una última garita con un policía georgiano armado y, más allá, el puente que cruza el río Enguri, que fluía ancho y dividido en varios brazos, por lo que no resultaba sencillo saber exactamente en qué momento cruzábamos la frontera. Al otro lado ondeaba la extraña bandera abjasia con su diseño de franjas verdes y blancas y cantón rojo con la palma de una mano extendida y varias estrellas: a medida que me acercaba iba sintiendo la emoción de aproximarme a un territorio en litigio donde ninguna embajada podría ayudarnos en caso de problemas.

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Entrada al puente sobre el río Enguri desde el lado georgiano
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Mi señora esposa cruzando la frontera sobre el río Enguri
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Final del puente sobre el río Enguri en el lado abjasio

Una vez en el lado abjasio tuvimos que detenernos de nuevo para enseñar los pasaportes y abrir las maletas para una inspección muy superficial. Unos policías muy jóvenes se llevaron nuestros pasaportes y permisos de entrada, y en varias ocasiones vinieron a preguntarnos algo y nos dijeron que siguiéramos esperando. Un rato después nos hicieron pasar a una oficina en un barracón prefabricado con una enorme bandera rusa que ocupaba toda la pared (ni siquiera se molestan en disimular quién manda allí), donde el que parecía el jefe, un chico de unos 25 años, nos entrevistó durante unos minutos y nos dijo que siguiéramos esperando.

Finalmente nos dieron permiso para seguir adelante. Al otro lado de las alambradas encontramos varios taxis y un microbús desvencijado que iba a Gali, la primera ciudad tras la frontera. Nuestro destino era Sujumi, la capital, pero no veíamos ningún otro transporte público y no estábamos dispuestos a pagar lo que nos pedían los taxistas privados. En Abjasia circula el rublo ruso (otro signo de quién manda allí realmente), pero no vimos ningún sitio donde cambiar dinero: por suerte nuestro compañero australiano nos hizo el favor de cambiarnos por laris georgianos los rublos necesarios para llegar hasta Sujumi.

En el microbús había una señora abjasia que también iba a Sujumi, así que nos dejamos guiar por ella. Sin embargo no nos salió demasiado bien: cuando llegamos a Gali (una ciudad que según la guía tenía fama de lugar sin ley, y que recomendaban evitar en la medida de lo posible) nos hicieron bajar en una especie de mercado donde nos aseguraron que podríamos encontrar transporte a Sujumi. Resultó que no era así y tuvimos que recorrer media ciudad bajo un sol abrasador detrás de la señora, que preguntaba a unos y a otros sin que nadie supiera darnos indicaciones precisas. En Gali tuvimos el primer contacto con la destrucción de la guerra: al parecer tras la victoria de los secesionistas, los abjasios de etnia georgiana abandonaron la región y la población de Abjasia se vio reducida a la mitad. Por toda la ciudad abundaban los edificios en ruinas engullidos por la vegetación alternándose con casas habitadas sin orden ni concierto, salpicados de vez en cuando por alguna ruina más grande de alguna fábrica o edificio oficial. La sensación era que durante todos estos años los abjasios han seguido habitando el paisaje en ruinas de un pasado mejor, sin llegar a restaurar ni a construir prácticamente nada.

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Ruinas en la ciudad de Gali
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Parque en ruinas en la ciudad de Gali

Después de caminar bastante llegamos a una rotonda con un par de tiendas y puestos de comida donde nos dijeron que pararía un minibús. Efectivamente, serían las 11:45 (una hora menos que en Georgia) cuando apareció uno, pero el conductor nos dijo que no saldría hasta la una. Así pues tuvimos que seguir esperando: estábamos muertos de sueño, hambre y sed (teníamos los rublos justos para el viaje, y la comida que teníamos la reservábamos para el niño), pero mi hijo estaba de buen humor y se hartó de perseguir perros y de corretear por la rotonda de hierba. El punto culminante de su viaje llegó cuando apareció una mujer con una caja de cartón llena de pollitos: creo que en las tres semanas que pasamos en el Cáucaso no le he visto mayor expresión de felicidad que en ese momento.

 

A la una y pico por fin nos pusimos en marcha, y aunque tenía muchas ganas de ver el paisaje de Abjasia no pude evitar dar cabezadas durante buena parte del trayecto. Tardamos como una hora en llegar a Sujumi, y nos bajamos en un barrio a la entrada de la ciudad donde al parecer se concentraban los alojamientos baratos. Estábamos buscando hoteles cuando se nos acercó un taxista y nos dijo que él conocía a unas señoras que alquilaban habitaciones. Nos guió durante un par de calles hasta una casa cuyo patio trasero albergaba una cocina y cuatro habitaciones con baño propio. Costaba solo 1.200 rublos la noche (unos 16 euros), y cuando le dijimos a la mujer que todavía no teníamos dinero nos respondió que por ser domingo no podríamos cambiar hasta el día siguiente y nos prestó 1.000 rublos para ir tirando. Esta amabilidad fue la tónica habitual durante los dos días que nos quedamos allí: tanto ella como sus vecinas nos trataron como si fuéramos de la familia, y nos sentimos tremendamente cómodos y bienvenidos a pesar de no poder mantener grandes conversaciones en mi limitado ruso.

Nuestra amable anfitriona nos llevó a casa de una vecina suya que tenía una столовая, una especie de restaurante informal típico de la antigua Unión Soviética. Tenía varias mesas instaladas en un amplio salón que daba a la calle, y una pizarra escrita a mano indicaba los precios. Nos pusimos hasta arriba de blinis de queso y pelmenis de carne por solo 300 rublos en total (unos cuatro euros), y como no tenía cambio nos dijo que le pagáramos al día siguiente. ¡Qué gozada, tanta amabilidad y confianza!

Cuando por fin salimos a conocer la ciudad nos metimos por la entrada monumental de un extenso parque que en realidad era un antiguo sanatorio para la élite soviética. La mayoría de sus edificios estaba en ruinas, pero la gente sigue paseando por el parque y usándolo para llegar a la playa. Nada más entrar nos encontramos un gran mosaico de Lenin, y vagamos entre antiguos palacetes en mayor o menor estado de abandono hasta desembocar en una playa de guijarros redondeados frente al mar Negro. El sol ya caía pero aún había bastantes turistas rusos disfrutando de la tarde: lo que para nosotros era una región exótica y desconocida marcada por la guerra, para los rusos es un destino de playa más barato que la cercana Sochi. De hecho por todas partes veíamos carteles anunciando transporte y excursiones a Sochi, que para nosotros era inalcanzable por dos motivos: primero, que no teníamos visado ruso; segundo, que si cruzábamos a Rusia y volvíamos a Abjasia estaríamos cometiendo un delito según la legislación georgiana al penetrar en lo que consideran su territorio nacional por un puesto fronterizo no controlado por su gobierno. Teniendo en cuenta que teníamos que volver a Georgia obligatoriamente porque nuestro vuelo de vuelta salía desde Tiflis, no era una idea muy recomendable.

Cuando se puso el sol volvimos a los terrenos del sanatorio abandonado, que me resultaba completamente fascinante. Rodeamos un polideportivo en ruinas y nos detuvimos en una antigua fuente repleta de enormes y ruidosas ranas, frente a la estatua de una idílica familia socialista y bajo la mole de un enorme bloque de pisos vacío. Era un escenario post apocalíptico digno de Chernóbil, pero sin radiación y con veraneantes rusos.

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Mosaico de Lenin en un antiguo sanatorio en Sujumi
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Antiguo sanatorio en Sujumi
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Antiguo sanatorio en Sujumi
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Playa en Sujumi
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Polideportivo en ruinas junto al mar en Sujumi
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El Mar Negro en Sujumi
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Edificio en ruinas en un antiguo sanatorio en Sujumi
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Edificio en ruinas en un antiguo sanatorio en Sujumi
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Fuente en ruinas en un antiguo sanatorio en Sujumi
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Mosaico de Lenin en un antiguo sanatorio en Sujumi
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Antiguo sanatorio en Sujumi

Cuando volvimos a casa descubrimos otra muestra de amabilidad de nuestra anfitriona: antes de salir habíamos puesto una lavadora, y al llegar encontramos nuestra ropa tendida en el patio. Y no solo eso, sino que cuando salimos de la habitación al día siguiente nos recibió con unos vasos de té y unos humeantes platos de gachas con mantequilla. Aún más detalles: su hija trabaja en un banco, y como sabía que teníamos que cambiar dinero nos escribió su nombre y la dirección de su oficina en un papel. Lo primero que hicimos al salir a la calle fue dirigirnos hacia allí: su hija nos estaba esperando, y le pidió a la cajera que nos aplicara una tasa mucho mejor que la que se anunciaba. Desde luego, conocer a esta señora fue de lo mejor de nuestra visita a Abjasia…

 

Aún había otra tarea administrativa que teníamos que hacer antes de lanzarnos a explorar la ciudad: el documento que habíamos conseguido por Internet era solo un permiso de entrada, pero para salir de Abjasia sin problemas teníamos antes que comprar un visado. Localizamos fácilmente la oficina del Ministerio de Asuntos Exteriores, situado en un palacete con jardín y una pancarta con la bandera de Abjasia y la de Siria a la entrada: unas semanas antes el gobierno sirio había reconocido a Abjasia como país independiente, así que supongo que sería por eso. Entramos en un pasillo estrecho, oscuro y medio desierto, preguntamos por el despacho donde se expedían los visados y esperamos hasta que nos atendió un tipo taciturno que escupía monosílabos y que parecía odiar profundamente su trabajo. No tardó nada en imprimir los tres visados en papeles separados del pasaporte: costaban 400 rublos cada uno (menos de seis euros), pero no tenía cambio y tuve que volver a salir para conseguir la cantidad exacta.

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Ministerio de Asuntos Exteriores de Abjasia en Sujumi
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Ministerio de Asuntos Exteriores de Abjasia en Sujumi
20 - Visado Abjasia
Visado de Abjasia

Una vez regularizada nuestra situación pudimos dedicarnos a recorrer la ciudad. A mitad de camino entre el banco y el Ministerio de Asuntos Exteriores dimos con una amplia plaza rodeada de jardines donde ondeaban las banderas de los países que reconocen la independencia de Abjasia (Rusia, Transnistria, Osetia del Sur, Venezuela, Nicaragua, Nauru, Vanuatu y Tuvalu; me pregunto si ya habrán añadido la de Siria) y dominada por el inmenso edificio de gobierno, un mamotreto soviético de muchas plantas completamente abandonado. ¿Cómo pueden permitir que el principal edificio de la ciudad esté destruido, lleno de matojos y con las puertas abiertas de par en par? En otra época no hubiera dudado en colarme en sus ruinas llenas de pintadas, basura y cristales rotos, pero no viajando con mi hijo pequeño… aunque una parte de mí lamenta no haberlo hecho, y sé que mi yo de hace quince años me miraría con desprecio si supiera que dejé pasar la oportunidad.

 

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Banderas de Abjasia, Rusia, Vanuatu, Nicaragua, Osetia del Sur, Nauru, Transnistria, Venezuela y Tuvalu
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Banderas de Transnistria, Osetia del Sur, Rusia y Abjasia
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Edificio de gobierno en ruinas en Sujumi
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Edificio de gobierno en ruinas en Sujumi
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Edificio de gobierno en ruinas en Sujumi

Casi todos los turistas se concentraban en el paseo marítimo, que comienza en el centro de la ciudad bordeado por un parque bastante descuidado y continúa con una sucesión de muelles de hormigón medio derruidos, aunque algunos aún albergan bares de copas a los que hay que llegar sorteando agujeros y hierros rotos. Finalmente llegamos a una larga playa de cantos rodados flanqueada por puestos de helados y de bebidas. Nos dimos un bañito en el mar Negro y descansamos un rato a la sombra de una estructura metálica oxidada, que para tostarnos al sol ya tenemos mejores playas en casa. Nos pasamos el resto del día paseando por las calles de la ciudad, que alternaban decrépitas construcciones en ruinas medio engullidas por la vegetación con edificios oficiales con banderas abjasias, locales para turistas rusos y alguna que otra reliquia de la época soviética, como estatuas o escudos con hoces y martillos. Lo bueno de viajar con un niño pequeño es que el ritmo más pausado permite detenerse a disfrutar de los mismos placeres sencillos que la población local: algo tan simple como sentarnos en un parque a tomar un helado mientras nuestro hijo trepa por los toboganes nos permite comprender que no hay abismo cultural que nos separe de las otras familias que también vigilan que sus hijos no se partan la crisma mientras disfrutan de una tarde soleada.

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Futbolista de estilo grecorromano en Sujumi
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Banderas abjasias en Sujumi
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Edificio con bandera abjasia en Sujumi
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Teatro en Sujumi
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Jardín botánico en Sujumi
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Muelle en Sujumi
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Muelle en Sujumi
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Muelle en Sujumi
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Muelle en Sujumi
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Edificio en Sujumi
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Edificio en Sujumi
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Edificio en Sujumi
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Hoz y martillo en Sujumi
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Cartel anunciando un congreso político en Sujumi
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Edificio de apartamentos en Sujumi
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Cartel militar en Sujumi
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Turistas en el paseo marítimo de Sujumi
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Edificio oficial en Sujumi

Me hubiera encantado tener más tiempo para explorar el resto de Abjasia, pero en unos días salía nuestro vuelo de vuelta y aún nos quedaban bastantes cosas por ver en Georgia. Al día siguiente nos despedimos de nuestras amabilísimas anfitrionas y preguntamos cómo llegar a la estación de autobuses: nos indicaron que cogiéramos un minibús, primero, y un autobús urbano, después, lo cual no fue cómodo con el calor, las maletas y el niño llorando. La estación de autobuses es en realidad una explanada delante de estación de trenes. Aún paran trenes en Sujumi, pero tan solo se utiliza un pequeño edificio auxiliar como estación mientras que el principal permanece en ruinas. Es verdaderamente monumental, pero como tantos otras construcciones de la ciudad está completamente abandonado: aunque tenía las entradas tapiadas se podía vislumbrar el interior, con lujosos mosaicos y molduras de escayola cayéndose a trozos, y lamenté no poder colarme a explorarlo.

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Estación de tren en ruinas en Sujumi
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Estación de tren en ruinas en Sujumi
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Estación de tren en ruinas en Sujumi
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Estación de tren en ruinas en Sujumi
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Estación de tren en ruinas en Sujumi
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Estación de tren en ruinas en Sujumi
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Estación de tren en ruinas en Sujumi
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Estación de tren en ruinas en Sujumi
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Estación de tren en ruinas en Sujumi

A diferencia de a la ida, a la vuelta todos los transportes se coordinaron uno tras otro con una precisión sorprendente. Nos montamos en un autobús que salió hacia Gali a las once, y esta vez sí fui contemplando el paisaje durante el camino: la vegetación exuberante engullía los numerosos edificios derruidos, que juraría que en algunos tramos eran más numerosos que los que estaban en uso. ¡Qué barbaridad! ¿Cómo será vivir así, sobre las ruinas de una época mejor que los más jóvenes ni siquiera llegaron a conocer?

En Gali encontramos un minibús a punto de salir hacia la frontera. Una vez allí tuvimos que esperar un rato bajo el sol a que nos miraran por encima las maletas y nos revisaran los pasaportes: nos los devolvieron sin los visados, pero no tuvieron problema en entregárnoslos cuando se los pedí para guardarlos de recuerdo. Eso sí, para evitar problemas con la policía georgiana los escondí entre mis papeles antes de cruzar, que nunca se sabe. Volvimos a recorrer el puente que nos separaba de la Georgia no disputada, y esta vez los policías georgianos apenas miraron nuestros pasaportes unos segundos antes de dejarnos pasar. También tuvimos mucha suerte con las conexiones de los transportes: pillamos un minibús a punto de salir para Zugdidi que nos dejó en la estación, donde enlazamos con otro que en quince minutos salió para Kutaisi.

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Mi señora esposa saliendo de Abjasia
54 - Sello de salida
Sello de salida en el dorso del visado

Hasta aquí mi crónica del viaje a Abjasia. En realidad he hecho una adaptación de mi diario de viaje, quitando algunas cosas y añadiendo otras. Ahora a ver si algún lector va a Osetia del Sur y completamos la república caucásica no reconocida que nos falta. ¡Saludos desde Ceuta, un cachito de España en el norte de África!


Y hasta aquí llegamos por hoy. Si alguno de los lectores ya fue a Osetia del Sur, se la recomiendo que es la única que nos falta. Y para que no digan que yo no colaboro, ya está en proceso la de Somalilandia (al menos los trámites para ir) que llegará después de las vacaciones de diciembre. Pendientes. Por ahora, pásense por las redes del Blog y le dan click en “seguir”: Twitter / Instagram / Facebook / Youtube. Hasta una próxima oportunidad y, como siempre, ¡adiós pues!

 

 

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9 comentarios

  1. Hola. Que consejos me puedes dar para mi hija que quiere viajar sola a Egipto. Hemos notado que hacen un recargo de casi el 100% de más en los tours por el hecho de viajar sola. Se podría hacer las reservas de los hoteles y una vez allí hacer los tours con las empresas operadoras.?

    Es para el otro año, tenemos tiempo de ayudarle a organizar a ella las cosas, pero como papá ando medio preocupado. Gracias

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    ________________________________

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    • Aunque no tenga que ver con el tema, resulta que viví un mes en El Cairo y recorrí bastante el país por mi cuenta. Mi consejo es que no hay que reservar nada con antelación, ni alojamiento ni mucho menos viajes organizados (si acaso las primeras noches de hotel en El Cairo, para que no llegue muy perdida). En las ciudades turísticas de Egipto hay muchísimos hoteles baratos en cada esquina, todos más o menos iguales, y no cuesta nada encontrar alojamiento. En los mismos hoteles ofrecen recorridos de varios días por los lugares de interés del país, por una mínima fracción de lo que costaría reservarlos desde el extranjero. Yo hice un recorrido de varios días por el Nilo desde Asuán hasta Abu Simbel y después hasta Luxor que me costó (en 2006) 36 euros. Por eso mismo en El Cairo pedían 200, y en España 600. En resumen, organizarlo una vez en el lugar es muy fácil e infinitamente más barato.

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  2. Diego.

    Siempre viajo por mi cuenta, pues los viajes enlatados no me gustan, y no reservo más que el hotel de la primera noche y a veces ni eso. No solamente es infinitamente más gratificante sino que, además, resulta mucho más económico. Pero he visto en algunas páginas que el viajar por libre lo desaconsejan totalmente para Egipto, sobre todo porque someten al turista a un acoso continuo. Pero dices haberlo hecho por libre y no cuentas haber tenido ningún problema, ¿lo tuviste?

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    • Como he dicho yo viví un mes en El Cairo y recorrí el país durante dos semanas más, y nunca tuve ningún problema de inseguridad. La impresión que me dio es que trataban de asustar al turista para evitar que se moviera por su cuenta y poder inflarle los precios sin que se diera cuenta de lo que costaban las cosas en realidad. Es verdad que hay muchos pesados, sobre todo en las zonas más turísticas, que se te arriman para decirte tres obviedades sobre lo que estás viendo y pedirte dinero a cambio (yo los llamaba “señalapatos”, porque a veces se limitaban a enseñarte un jeroglífico con un pato, decir “duck” y extender la mano), pero nada comparado con otros países como la India. De todas formas de esto hace ya doce años y han pasado muchas cosas en el país desde entonces, así que intenta consultar otras fuentes más recientes 😉

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