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28 horas en Nairobi, Kenya

Y entonces yo tenía el Blog levemente abandonado. No me regañen, yo sé, pero es que la vida me patea y así las cosas son complicadas. En cualquier caso, More me había enviado esta entrada hace por lo menos un año y yo la tenía por allá en el cajón del olvido. Ya la pobre tenía telarañas encima… todo mal. Pero como uno no planea las cosas, de la nada nos llegó la cuarentena y el Mapache finalmente tiene tiempo de esculcar el baúl del olvido y sacar entradas que tenía pendientes.

Entonces esto va a funcionar así: Voy a tratar de hacer entradas diarias mientras dura la cuarentena… o al menos cada 2 días. Así que relájense que si andan en sus casas aburridos, aquí tendrán una cosita más que hacer.

Pero bueno, vamos a lo que nos concierne. ¿Se acuerdan del viaje que hicimos con More hace unos años al Índico africano? Ustedes ya leyeron las entradas sobre Madagascar, Seychelles y Comoras. Pues faltaba la de Nairobi y hoy finalmente se las traemos. A esta entrada no le metí la mano porque tiene esa redacción característica de More que viene desde su entraña… ella escribe como habla y eso no se puede alterar. Entonces, sin más preámbulos, traigan café y acomódense que los dejo con More y sus 28 horas en Nairobi, Kenya:


28 horas en Nairobi, Kenya

Ésta es la historia de cómo caí profundamente enamorada de África cuando por fin pude reconciliar el África de mi imaginario con el África continental al conocer un pedacito – diminuto por demás – de Kenya. Gracias a unos cambios de itinerario de vuelo que nos avisaron con suficiente tiempo, tuvimos la oportunidad de aprovechar una jornada maratónica de unas 28 horas en Nairobi, la capital de Kenya. Un día fue más que suficiente para que yo cayera rendida ante el encanto y el sabor africano, del África de verdad verdad.

Un mes antes nos habían notificado el cambio de horario del vuelo a Comoras. Inicialmente estábamos programados para pasar la noche en Nairobi y viajar temprano hacia ese infierno maravilloso que es Moroni – y aquí pueden leer sobre “Comoras: El país del que Dios se olvidó” -, así que teníamos una reserva en un hotel pegado al aeropuerto. Con el cambio, el Mapache reservó un hotel en el corazón de la ciudad, de manera que yo pudiera conocer y vivir “el caos que es ese lugar”. Eso dijo él, con esas palabras exactas. Lo recuerdo bien pues mi experiencia no fue de mucho caos que digamos. Me dijo que también mirara qué otra cosa me gustaría hacer para armar con tiempo el listado de actividades. Yo por supuesto quería ir a alguno de los parques naturales, intentar hacer un mini safari o algo, ver a los Masái y conocer toda la ciudad. Básicamente 3 días de actividades que requieren luz de día, en menos de 24 horas. Intensa la muchachita.

Por supuesto, en Nairobi se encuentra el famosísimo Giraffe Manor, esa casona que queda al pie del Parque Nacional NairobiParque Nacional Nairobi donde las jirafas van a desayunar y se asoman por las ventanas de la habitación. Yo por supuesto vivía fascinada con el lugar desde hace algún tiempo y sabía que tenía que ir a tomar el té con las jirafas. Cuando fui a concretar ese asunto, me respondieron amablemente que no era posible, que era temporada alta y por tanto la actividad estaba limitada únicamente a huéspedes (Nota del Mapache: En realidad lo que le dijeron, en términos bastante sutiles, es que era muy pobre para pasar una noche allá y que si no dormía con las jirafas, pues no había té). Una noche ahí costaba lo mismo que un tramo completo del viaje. Así que tocaba encontrar otra solución. Y así, fui organizando la porción de Nairobi en el Excel de viaje con todo lo que yo quería hacer y tales. El asunto para mí era de tal importancia que la única prenda de vestir que yo había seleccionado con total y absoluta intencionalidad era el vestido veranero para ir a ver a las jirafas en su hábitat natural (es cierto que ya había visto jirafas en zoológicos, pero como dicen: una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa).

Así las cosas, embarcamos desde Seychelles un jueves en la tarde. El vuelo fue movido y teníamos una vecina de puesto que era de Johannesburgo pero que vivía en Victoria y que le fastidiaba profundamente Seychelles. Todo le parecía un hueso y tenía mucho que opinar sobre cada cosa, pero era divertida y me hacía reír mucho. Cuando le contamos el viaje que estábamos haciendo y de dónde veníamos quedó perpleja. Ella no entendía por qué me habían llevado por allá en lugar de llevarme a Sudáfrica, a un safari, a un lugar sensato del continente africano donde uno pudiera divertirse. Porque claro, desde la óptica de ella, no podía ser que yo voluntariamente hubiera decidido ir a los destinos que habíamos seleccionado. Claramente ella creía que yo estaba desquiciada y que no sabía lo que era bueno en la vida. Y así me lo dijo. Con todo eso, le caí en gracia y me hacía la charla mientras el Mapache procuraba dormir.

Este vuelo fue acontecido. El Mapache durmió buena parte del trayecto, o lo que le permitimos, porque yo estaba inquietísima. Gracias a la turbulencia, a una azafata hosca y por supuesto a mi torpeza, regué un café sobre el bello durmiente y sobre mí (Aclaración del Mapache: Una cosa es “regué el café sobre el bello durmiente” y otra muy distinta es “le quemé las partes nobles al pobre Mapache mientras dormía con el café y lo levanté mientras su entrepierna ardía de calor cafetero”… Hay aclaraciones que son importantes). Trauma y tragedia infinita. Madrazos iban y venían, yo tenía el ojo aguado del susto y la vergüenza, acompañada de mi risa nerviosa, y nuestra vecina destornillada de la risa con toda la situación. El Mapache energúmeno. Tuvo un viaje atroz en todos los frentes. Viajó por supuesto en el pasillo (lo que quiere decir que yo me sacrifiqué y fui en la mitad, que es algo que no me gusta para nada), y como les dije, teníamos la azafata más torpe y guache del planeta, que le pegaba cada vez que pasaba y con cuanto artefacto tuviera en la mano. Y encima lo regañaba cada que él reclamaba. A pesar del impase, yo era la dicha en pasta. No solo iba para Kenya, ahora sí iba a pasear en el continente africano, no en sus islas. Por fin iba a estar (no de paso) en África (the mainland), de verdad verdad. No perdí el tiempo, y durante el vuelo probé la cerveza Tusker (porque borracha siempre ha sido), repasé mi itinerario de actividades kenyanas y flipaba de la emoción.

La vista por la ventana era de muerte lenta, ver cómo nos acercábamos al continente y ya cuando volábamos sobre Kenya, y entrábamos al espacio aéreo de Nairobi, podía ver las grandes áreas de los parques nacionales que estaban ahí, pegados a la ciudad. Yo sólo podía pensar en todos los animalitos que iba a ver. Y vimos caer la tarde. Así fuera mi segunda vez aterrizando en Nairobi, por primera vez salía de ese no-lugar que es el aeropuerto y además del sello en el pasaporte, venía la oportunidad de conocer algo de ese hermoso país.

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Saliendo de Victoria, Seychelles
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Llegando al Aeropuerto en Nairobi

Nos bajamos del avión y pasamos por migración. La señora que me revisó el pasaporte se burló de mí porque yo había sacado una visa normal, en lugar de una de tránsito (es en serio que del afán no queda sino el cansancio) y que tan boba que me hubiera podido ahorrar 20 dólares. Adivinen quién no hizo más que burlarse de mí. Adivinen también quién no me advirtió cuando hice el trámite en línea. Me importó un pepino y me reí, porque ya qué.

Con pasaportes sellados, tomamos un Uber (las maravillas de la tecnología), y yo idiotizada miraba por las ventanas disfrutando la vespertina y el anochecer africano. Llegamos al hotel, nos instalamos, nos reportamos sanos y salvos con el planeta entero y nos fuimos a cenar al famoso Carnivore.

Aparentemente Carnivore es un nombre muy popular para los rodizios en África. Ya habíamos ido a uno en Antananarivo. Sin embargo, no eran lo mismo. Este Carnivore, el de Nairobi, es un famoso rodizio estilo africano, donde se suponía que probaría por primera vez el antílope. Luego de la llegada al lugar, la bienvenida de los meseros, nuestros cappuccinos enormes de rigor y mi botellón de cerveza local, ya estábamos listos. Nos tocaron varias sorpresas muy agradables. Presenciamos una celebración de cumpleaños con todo el canto en swahili que me había descrestado ya en Tana, sólo que aquí era con un grupo más grande de personas y más emocionadas. Por si fuera poco, el canto y la celebración resultaron con pedida de mano, así que todo el restaurante participó del asunto y fue muy emotivo. Ver esas cosas mantienen mi fe en la humanidad. Por unos instantes muchas personas, tanto conocidas como desconocidas, se alegran sinceramente por las cosas de los demás. Y es lindo ver cómo esas reacciones, tan innatas al ser humano, son tan similares en todas partes del planeta. Vuelve y juega ese asunto que todos tan diferentes, pero al final, tan iguales. Me paso de romántica seguro, pero es lindo que tengamos tantos lugares comunes los seres humanos.

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Entrada al Restaurante Carnivore

Celebración de los recién comprometidos

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Los recién comprometidos
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Una de las múltiples montañas de cerveza que se tomó la alcohólica del grupo

Se llegó la hora de la comida y no hubo antílope pues las normas frente a la caza han cambiado significativamente en Kenya, qué lástima. Seguiré en la búsqueda (siempre dentro de lo que las normas permitan). Nos dieron de entrada una sopa increíble de zanahoria y remolacha con no sé qué hierbas y especies locales. Una cosa alucinante que aún no he logrado recrear. Por supuesto, como el nombre del restaurante lo indica, y como buenos carnívoros, pasamos por todo tipo de carnes incluyendo avestruz y cocodrilo, que estuvo muy bien, porque yo hasta ese momento solo había probado caimán (y quizás babilla). En realidad, el cocodrilo sabe mejor que el caimán, un poco menos almizclado y un poco más grasoso. En un rodizio uno tiende a hacer el recuento de todas las carnes que ha probado en su vida. Y para el horror de mis queridos amigos vegetarianos, yo sí he probado mucho animalito en esta vida (y lo que me falta). Aún no estoy lista para dejar de probar cosas, siempre y cuando estén en temporada y sea legal hacerlo y no me produzca impresión. Dicho eso, uno procura ser consciente en su consumo de carnes y en que lo que uno consuma venga de procesos ganaderos sostenibles y viables (cosa difícil).

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El Rodizio africano en Carnivore
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Restaurante Carnivore
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Ahí en algún lugar estaba el avestruz y el cocodrilo

Ahora bien, la preparación del avestruz africano me pareció mucho mejor que el que yo había probado en Villa de Leyva (Colombia), así que estaba feliz. Sin embargo, lo mejor, mejor que la carne, mejor el café (que era un placer para los sentidos después de tantos días de cafés que ni siquiera clasificaban como aceptables), mejor que la Tusker, fueron las salsas. Había una salsa como de menta y albahaca verdaderamente alucinante, de verdad. Me la acabé. Las salsas picantes también me encantaron. Ese fue el abrebocas perfecto para mi llegada a Nairobi. Ahora bien, la sorpresa más grata fue al momento de la cuenta. Todo me pareció muy económico, y no era por el simple hecho de haber salido de Seychelles. No. Incluso en comparación con Bogotá (que es bastante costosa y distorsionada). Pronto descubriría que Nairobi en general era muy costo-eficiente. Maravilloso.

Al día siguiente yo madrugue mucho para ver el amanecer africano porque me hacía demasiada ilusión. Estábamos en un piso alto del hotel y sobre una colina, de manera que veía desde arriba el parque Uhuru (Uhuru en swahili es libertad, cosa poética esa). Al haber revisado la hora estimada del amanecer, me levanté unos minutos antes y lo vi en todo su esplendor, desde la comodidad de la habitación. Aunque amaneció medianamente nublado, ni eso afectó la belleza del amanecer. Me recordó un amanecer nublado que me tocó una vez en Carimagua, en la Orinoquía colombiana. Ambos impactantes, pero este último era mi momento Rey León, un verdadero amanecer africano. Y era increíble, alucinante, conmovedor. Todo lo que yo me había imaginado desde que era una niña de 6 años, todo lo que había leído y visto durante todos los años de mi vida, era todo lo bonito y lo triste y lo imponente y lo exótico a la vez. África amanecía nublada frente a mí y era más alucinante de lo que jamás hubiera podido imaginar. Porque sí, Comoras se abrió un lugar especial en mi corazón, pero la felicidad pura que yo irradiaba en Nairobi fue única.

Saqué mi ajuar para Nairobi (tenía pinta prevista para ver a las jirafas, definida con casi 2 meses de antelación) y me organicé. El día estaba programado para ser muy soleado y sabía que había que aprovecharlo completico. Además, mis dos exigencias grandes de este viaje era que tenía que ver baobabs y jirafas en sus hábitats naturales. Este era mi día, mi día keniano. No había ni un segundo para perder. Desayunamos, definimos el orden del itinerario y salimos. El objetivo era ir al centro de las jirafas, bordear uno de los parques naturales, pasar por un refugio de elefantes y luego conocer de cabo a rabo el centro de la ciudad. Eso incluía comer platillos típicos, tomar café, explorar múltiples sitios de interés y hacer algunas compras. Así que yo tenía unos tiempos estrictamente establecidos para alcanzar a hacer todo eso.

Mi emoción por ir al Giraffe Centre no era normal. Ya había visto jirafas en muchos lugares del mundo, siempre en cautiverio nunca de cerca ni en su hábitat natural. Y pues es que iba a ver a las jirafas en su tierrita. Y eso hacía toda la diferencia. Cuando llegamos al centro, estaba casi desocupado, pagué las entradas y me adelanté, mientras el Mapache iba a su paso. A él le daba igual, las había tenido en el campus de la Universidad los últimos años. Y quedé privada. Primero como que las miraba tímidamente y las admiraba desde una distancia prudencial. Veía como la gente las alimentaba y cómo las jirafas les llenaban de babas el rostro y las manos, y se paseaban por ahí libremente con unos pumbas (que digo, jabalíes) que había en el lugar. Todos muy parchados, tomando el sol. Y allá en la distancia, al fondo, se observaba el Giraffe Manor. Tuve que darme unos minutos para asimilar e interiorizar que realmente yo estaba ahí y me tuvieron que preguntar dos veces si estaba lista para alimentar a las jirafas. Y como una niña emocionada, contemplé la pregunta por un espacio de tiempo y luego logré musitar un tímido sí. El Mapache me miraba entre sorprendido (por mi ausencia de palabras) y destornillado de la risa y me preguntaba si estaba feliz. Y sí que lo estaba. El Mapache en cambio, pasó más feliz de lo que él pensaba, pues inicialmente había ido a regañadientes a ver las jirafas porque le daba pesar mandarme sola. La verdad, les voy a confesar. Ese man sí tiene alma, y primera vez en muchísimo tiempo estaba entre criaturas de su misma estatura. No solo eso, podía compartir con ellos en su entorno natural. Así que éramos carcajada va y carcajada viene.

Todas las jirafas que vimos, bebés y adultas, eran una cosa divina. Cada una con su personalidad y sus manchas particulares. La coquetería en pasta. Son súper tragonas y súper interesadas. Mientras tengas comida en la mano te aman, te dan besos, se te acercan, te juegan, te lamen, todo. Son como cachorros. Yo veía como algunas personas osadas se ponían comida entre los labios y les daban a las jirafas y las jirafas las llenaban de babas y les daban tremendos lengüetazos con sus lenguas negras infinitas. Eso me dio impresión y tenía las manos llenas de baba de jirafa, me había tenido que ir a lavar las manos múltiples veces. Pero, finalmente llegó a mí una jirafita joven y simpática, ni muy grande ni muy chica. La ricitos de oro de las jirafas. Esta no baboseaba a la gente, así me armé de valor y fui y me di besos con esa jirafa. Son suavecitas, muy lindas. Para la gente que tiene mascotas y que cogen a sus gatos o perros a besos, las jirafas son más suavecitas. Yo no lo podía creer. Y por supuesto, luego de todo el show y todo, había que hacer el respectivo foto estudio, así que luego de 5 mil fotos, hasta obtener la toma perfecta, repetimos la operación una y otra vez y posamos con las jirafas y los jabalíes y toda la parafernalia. Porque era lo mínimo. Posiblemente mis mejores risas, sonrisas y carcajadas, que es mucho decir, porque es lo que me caracteriza. Y luego de toda esa emoción, yo no me pensaba quedar con el clavo del tema aquel del té. Así que, nos tomamos un café con las jirafas ahí. Claro, no había el glamour del Giraffe Manor, pero antes muerta que sencilla. Me tomé mi latte y me comí unas galletas, con jirafas, mapache y jabalí abordo. Siempre regia, nunca inregia. Les dije que no me iba a dejar y no me dejé. Eran poco más de las 10 de la mañana en Nairobi y yo ya levitaba de felicidad.

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Una de esas señales de tránsito que sólo se ven en África
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Jirafas en el Giraffe Centre de Nairobi
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Jirafas en el Giraffe Centre de Nairobi
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La niña More feliz con sus jirafas
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Casi no la deja ir… le dio comida como 2 horas seguidas para poderla consentir
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Jirafas en el Giraffe Centre de Nairobi
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Jirafas en el Giraffe Centre de Nairobi
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Y hasta que terminó en actividades lésbicas inter-especies
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Jabalíes en el Giraffe Centre de Nairobi
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Jirafas en el Giraffe Centre de Nairobi
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Jirafas en el Giraffe Centre de Nairobi
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Jirafas en el Giraffe Centre de Nairobi

Media mañana y había todavía múltiples paradas por realizar. Con la ayuda de una guardia grandota y armada hasta los dientes, pero también muy seria y muy amable, conseguimos nuestro carruaje – o sea un Uber – para ir a ver elefantes bebés en el parque nacional. Fuimos a un famoso refugio donde rehabilitan a elefantes huérfanos y rescatados para luego retornarnos al parque. Aunque fue absolutamente hermoso, había dos variables complejas. Por un lado, había demasiado tumulto y eso arruina un poco la emoción del momento. Por otro lado, en el espacio habilitado para las visitas, aprovechan para contarle a uno todas las historias terribles sobre lo que tuvieron que sobrevivir esas pobres criaturas antes de ser rescatadas. Le dan a uno ganas de llorar de lo horrible que podemos ser los seres humanos, con nuestra misma especie y con las demás. En todo caso, el día estaba muy soleado, así que los elefantes bebés andaban refrescándose en un señor barrial. Fue lindo verlos en su entorno natural, así estuvieran todos en proceso de recuperación. Son tan tiernos esos gigantones que uno no entiende como unos animales así, tan imponentes, tan majestuosos hacen que uno sienta tanta ternura y solo quiera abrazarlos. Cómo es que hay gente que los caza, no lo entiendo. Y sí, reconozco la contradicción en esta apreciación y mis comentarios sobre todos los animales de caza que he degustado. Uno tiene sus defectos. Mi conclusión sobre estos grandes animales es que verlos en el lugar al que realmente pertenecen lo es todo.

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Elefantes bebé en el refugio
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Elefantes bebé en el refugio
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Elefantes bebé en el refugio

En medio de estas visitas, había algo que me causaba curiosidad e intriga, porque no lo entendía. Los guardaparques todos estaban armados como para una guerra, con fusiles y tal. El Mapache me tuvo que explicar, y resulta que más allá del hecho de proteger a la gente en los parques y proteger a los animales, se trata de la protección del rinoceronte negro, habitante del lugar y presa de la caza ilegal. Es un asunto que se toman muy en serio en todo el continente. Cosa que me alegra y me duele un poco.

Ya nuestro tour de naturaleza terminaba, pues había que conocer la ciudad y alimentarse. Pero saliendo del parque, vimos un montón de babuinos correteando por ahí, al lado de los carros, por toda parte, ya completamente familiarizados y tranquilos con la presencia de personas, y moviéndose entre el tráfico, esculcando basuras y tales. Yo estaba encantada, porque había visto muchos animalitos, y es que, con el fin de maximizar mi día, había tenido que sacrificar el plan del safari.

Así que pasamos al turismo de ciudad y de conocer la vida de los locales. Lo lindo de Nairobi es que si bien te sientes en una ciudad capital tienes mucho del sabor africano tanto urbano como rural. Cuenta con buena infraestructura, todo tipo de comodidades y facilidades y casi que, sin salir de la ciudad, tienes tremendos parques naturales donde están los animales más espectaculares del mundo. Espectacular. Los animalitos y la vida salvaje están a 20 minutos del centro de la capital, con todo y tráfico. Yo todavía no entendía por qué el Mapache me había anunciado un “caos de ciudad”, no lo estaba viendo (Nota del Mapache: Ella a uno no le cree nada… ya se daría cuenta de qué le hablaba más tarde).

En esta segunda sección de nuestro día agitado en Nairobi, la primera parada de rigor, como ya sabrán, era el café. Llegamos a un Java que quedaba en el corazón político y administrativo de la ciudad. Con sendos cafés en la mano (como la gente normal), salimos a caminar la ciudad. Afortunadamente, ésta práctica era un lugar común que tanto el Mapache como yo compartíamos. Vas andando, tomando café, conversando, conociendo. Delicioso. Y luego repites la operación tantas veces se requiera.

Llegamos al parlamento, recorrimos los alrededores, tomamos fotos de lo que estaba permitido, y luego nos fuimos acercando a la plaza y al Kenyatta International Conference Centre. Parte de este complejo parecía una nave salida de la serie Viaje a las Estrellas (Star Trek). De hecho, a mí me hizo pensar en el Enterprise de Star Trek Next Generation (porque geek). El caso es que ahí funcionaban oficinas administrativas oficiales y también el centro internacional de convenciones. Es famoso por ser uno de los edificios más altos de la ciudad, por su mirador y por el hecho de fusionar estilos africanos tradicionales y modernos. Pues allá nos subimos y con la guía de unos soldados que custodiaban el lugar y te acompañaban hasta el helipuerto y te supervisaban desde una distancia prudente (y hasta te toman fotos si requieres). Pudimos ver a la ciudad en todo su esplendor. Y déjenme decirles que la vista de 360 grados era fantástica. Por un lado, se veía el parque Uhuru, el centro, la mezquita, la torre del reloj del parlamento, las oficinas administrativas y políticas, los juzgados y a lo lejos el parque nacional Nairobi. Desde otros lados la visita te hacía sentir que podías estar en cualquier capital del mundo. Un efecto más de la dupla globalización-glocalización, así como la proliferación de los no lugares y todas esas cosas que nosotros los ñoños analizamos.

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Alcaldía de Nairobi
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Alcaldía de Nairobi
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Corte Suprema de Kenya
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Centro de Nairobi
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Centro Internacional de Convenciones de Nairobi
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La Alcaldía de Nairobi al fondo
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El centro de Nairobi desde las alturas
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El centro de Nairobi desde las alturas
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El centro de Nairobi desde las alturas
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El Parlamento de Kenya desde las alturas
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Mausoleo de Jomo Kenyatta
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El centro de Nairobi desde las alturas
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Uhuru Park en el centro de Nairobi
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El centro de Nairobi desde las alturas
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El centro de Nairobi desde las alturas
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El centro de Nairobi desde las alturas
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El centro de Nairobi desde las alturas
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El centro de Nairobi desde las alturas

En cualquier caso, el centro de Nairobi desde arriba era absolutamente hermoso y yo seguía encantada. La verdad sea dicha, en Nairobi, desde que me desperté, me sentía en un lugar familiar y acogedor, un sitio que uno siente podría ser su casa. De alguna especial manera, la ciudad y yo parecíamos entendernos perfectamente.

De regreso al mundanal ruido, volvimos a recorrer ese camino flanqueado por las ondulantes banderas de Kenya y que daban al Town Hall y a un escudo enorme de Kenya que es maravilloso. Pasamos por un pequeñísimo monumento donado por la comunidad hindú de Kenya que decía en muchos idiomas, incluyendo español “que la paz prevalezca en la tierra”, y yo, profundamente conmovida, obvio. Además, estábamos en plena época de cabañuelas, y para mí auguraba avances importantes en materia de paz en Colombia. Pero eso es otra historia.

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Saliendo del Centro de Convenciones
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Alcaldía de Nairobi
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Monumento a la Paz

A medida que andábamos el centro de la ciudad, nos encontrábamos con el diario vivir, el bullicio y la gente de cualquier día de semana en cualquier ciudad del mundo. Y como uno va de paseo, va a otro ritmo y se percata de un sinnúmero de detalles. La ropa de la gente, los colores de las telas, los almacenes que encuentras en el centro de toda ciudad. Me parecían fascinantes los nombres de las calles, y había detalles coquetos arquitectónicos donde quiera que mirara. De pronto frente a mí, apareció la biblioteca pública que me encantó y me recordó un poco a la biblioteca pública de Nueva York con sus columnas y su león. Las comparaciones son odiosas, lo sé, es sólo que como que en una cuadra me sentía en un lugar del mundo y de repente en la siguiente cuadra me sentía en otro lugar. No sé explicarlo. Justo después se nos apareció la mezquita. Era viernes y, cuando pasamos frente a ella, tuve que verla apenas por el rabillo del ojo de manera que pudiera apreciar todo el movimiento y la gente rezando sin que me llamaran la atención. Esa mezquita era enorme y hermosa. Estaba llena de vida y de todo tipo de actividades. Por ser viernes, no podía entrar a conocer, pero solo pasar al pie y ver ese movimiento resultaba fascinante, me abría una visión que yo no había tenido el privilegio de tener, sobre el culto musulmán en plena acción. Cero intimidante a pesar de que no había una sola mujer a la vista.

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Centro de Nairobi
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Centro de Nairobi
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Biblioteca pública de Nairobi
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Mezquita de Nairobi
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Mezquita de Nairobi

La ciudad también jugaba como los tiempos. Como que a ratos te hacía sentir en pleno 2018, y media cuadra después estabas en los setentas, para luego estrellarte con los años cincuenta. Cuando menos pensamos, nos encontramos con un almacén de Whirlpool que parecía sacado de otro mundo. Estaba intacto, pero tenía un enorme aviso que decía “el paraíso de las amas de casa” (decía Housewife’s Heaven). La verdad soltamos la carcajada, reconociendo tanto lo divertido del asunto como el hecho que era tajante y categóricamente mal.

Caminando el centro, empecé a vislumbrar eso del caos de Nairobi del que hablaba el Mapache y estaba encantada, feliz. Nairobi en todo su esplendor y en todo su caos, era un hit. Lo dije ese día muchas veces, y de hecho lo sostengo “yo podría vivir aquí”. Aún a pesar de las miradas incrédulas del Mapache.

Tuvimos un par de historias coquetas durante nuestra caminata por el centro. La primera fue un encuentro furtivo en la calle con un joven local que estaba por ahí charlando en la calle con gente y él tenía puesta una camiseta de la selección Colombia. Quién dijo miedo, nosotros le hicimos señas, le sonreímos, y desde la distancia le hicimos varios gestos de felicidad y complicidad. Discutimos sobre si acercarnos a saludarlo y tomarnos una foto, pero lo dejamos ir. Los idiomas universales: las señas, las sonrisas y el fútbol. La camiseta, además, era la más reciente de la selección (la del mundial). Un lindo momento patriótico.

El otro suceso fue camino al parque Uhuru, que seguía en nuestro itinerario. Mientras nos aproximábamos, un señor se nos acercó a contarnos sus tragedias y a pedirnos que le colaboráramos con cualquier cosita. Veníamos hablando en inglés y como que cuando le dijimos que éramos colombianos nos habló nuevamente de fútbol, pero de la selección de los noventas. Y nos dijo algo que me tomó por sorpresa. Nos llamó blancos. Yo reviré inmediatamente y le dije que no, que no éramos blancos. El señor como que quedó: “¿Ah no? ¿Y entonces qué son?” Yo le dije que éramos latinos y que había una gran diferencia. Al fin y al cabo ya le habíamos dicho que veníamos de Colombia, pero pues ni eso había servido. A pesar de la doble nacionalidad, yo no soy blanca. Soy mestiza, de tez clara (y de bloqueador diario), pero mestiza de cabo a rabo. Y el Mapache ese, por estatura y tez también puede parecer importado, tampoco lo es. Nos reímos demasiado. Tener que explicar eso que para ti es obvio a otra persona, no es tan sencillo, pero el señor entendió, reconoció la gran diferencia y mencionó que tampoco la teníamos fácil los latinos. Igual nos pidió plata y nos refunfuñó cuando le dijimos que no teníamos efectivo. Y seguimos nuestros caminos como si nada.

Ya en el enorme parque me di cuenta de que Uhuru, tal como la libertad, tenía todo tipo de contradicciones. Mugre y abandono en unas partes, árboles y flores hermosas en otras, gente por ahí echada, gente protestando, haciendo respetuoso uso del espacio público. Había de todo. También había un lindo y diminuto laguito lleno de flores de loto (creo) y otro ya más grande con barquitos de los de pedalear. Vimos también unos juegos mecánicos que habían visto tiempos mejores y unas intervenciones más recientes al parque. En fin. Todo. Nos caminamos ese parque bajo el sol inclemente y salimos hacia una loma donde había todo tipo de edificio oficial, ministerios, embajadas y hoteles. Pero sufríamos, no encontrábamos ningún lugar a la vista para tomar café.

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Parque Uhuru en el centro de Nairobi
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Parque Uhuru en el centro de Nairobi
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Parque Uhuru en el centro de Nairobi
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Parque Uhuru en el centro de Nairobi

Caminamos un rato más hasta conseguir un taxi y nos fuimos a buscar almuerzo y las compritas locales. Llegamos a un centro comercial que no era muy turístico y nos metimos a un restaurante. El almuerzo fue algo típico compuesto de pollo con una salsa a base de tomates y pimentones y otras especies, un arroz perfumado y algo que tenía un nombre que prometí recordar y ya no recuerdo, eran como unas arepas gorditas antioqueñas. Con eso quiero decir que eran unas masitas de maíz blanco medio insípidas con las cuales recoger la salsa que venía con todo el resto de la comida, por lo cual se convertía en un complemento perfecto a la comida que estaba llena de sabores y que tenía un levísimo y exquisito picante. Claro que podría vivir ahí, la comida y el café son una delicia y una maravilla.

Así las cosas y ya con almuerzo y café, nos encontramos con una tienda preciosa llena de perfectos y diminutos regalos. Así que compré ahí un par de cosas y me antojé de mil más y el Mapache me convenció de comprarme una cartera hecha de fibra de baobab. Yo estaba feliz con mis compritas, que no eran muchas, pero eran sustanciosas, pues todo el viaje lo hice con una maleta de mano y ahí tenía que caber todo. Entre chiste y chanza nuestro paseo por la ciudad y sus sitios emblemáticos nos había copado prácticamente el día y nos faltaba una parada, que definitivamente fue la campeona.

Resulta que el Mapache tiene amigos en todas partes y tenía una compañerita de estudios que vivía en Nairobi. La señora nos había invitado a su casa porque nos quería preparar una cena típica. Ustedes no saben. Eso fue otro nivel. Comí lo que era el comfort food africano. Arroces, verduras, pollo, pescado. Todo muy de la casa, con una sazón única e irrepetible. Cargado además de ese ingrediente secreto que hace que toda comida hecha en casa sepa a gloria: amor puro. Sí, soy una cursi, pero es que hay algo muy especial en el hecho que un desconocido te abra las puertas de su casa y te alimente como si fueras un miembro más de la familia y encima te haga sus platos típicos. Eso requiere tiempo, esfuerzo y una calidez que no tiene nombre. Además, la señora tenía un hijito hermoso y amable y conversador, era un tierno.

La amiga del Mapache cual madre nos llevó al aeropuerto, donde compramos café rwandés (cosa estupenda esa) y nos tomamos todo el café que nos cabía anticipándonos al hecho que nuestro siguiente destino posiblemente no tuviera buen café como había ocurrido en Madagascar.

Cuando lo pongo en blanco y negro, mi día en Nairobi fue algo alucinante y a la vez cotidiano. Fue un revuelto de cosas y sin embargo todavía hoy el Mapache me dice “¿su lugar favorito fue Nairobi, cierto?”. Tengo perfectamente claro que mi cara me delata, porque sí, así fue. Aún cuando haya amado profundamente mi primer acercamiento presencial al continente africano.

Reflexionando sobre diferentes viajes y sobre nuestras entradas a cuatro manos y tres ojos, lo que uno escribe y cómo lo escribe, lo pone a uno en evidencia, frente a qué le gustó, y qué no. Al final del día encuentro que no se trata del lujo o de la incomodidad ni de las actividades, las comidas o las bebidas. Al final del día, se trata de cómo te hace sentir uno u otro lugar. Si bien que cada destino resulta único e irrepetible a su manera, los sitios favoritos son una cosa muy personal. Si tuviera que sugerirle a la gente a donde ir y a dónde no, sería muy complejo para mí. No existe a hoy, un lugar al que yo haya ido y no quiera regresar (independiente de lo que entradas pasadas y futuras puedan sugerir). Cada sitio al que voy me marca de alguna manera. África me tomó por sorpresa en muchos niveles, y eso que yo sabía de entrada que sería así.

Debo cerrar diciendo que Nairobi es Nairobi y me tocó una fibra especial. Me hizo añorar un lugar que no conocía y simultáneamente me hizo sentir que de alguna manera yo pertenecía ahí. Hay lugares que te marcan, que te cambian que hacen que todo lo demás tenga sentido. Nairobi para mí es un lugar lleno de intangibles maravillosos, tiene un je ne sais quoi que me hace sentir que puedo vivir ahí y al que tarde o temprano tendré que regresar. Y con esto terminan nuestras romerías por el Océano Índico, lleno de amor swahili.


Y si ya se les olvidaron las demás entradas de nuestro viaje con Morelca por el Índico africano, aquí se las dejo para que pasen y las lean:

Y con esto terminamos nuestra entrada de hoy. Espero que les haya gustado y les prometo que mañana viene otra (ya está lista, pero hay que dosificarlas). Que la cuarentena al menos nos sirva para retomar el Blog de Banderas que ya estaba moribundo pero que, como les había prometido, no se deja morir. Como decimos aquí en Colombia: “Se le tiene, pero se le demora”. Nos vemos mañana por acá. ¡Adiós pues!

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